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TRIBUNA

El show televisivo

Juan José Vijuesca
miércoles 31 de marzo de 2021, 20:14h

Confieso que de un tiempo a esta parte veo muy poca televisión. Me he vuelto muy exigente, tanto que me he enganchado a Bob Esponja y poco más. Del resto de la programación si veo algo es por amortizar lo que me costó el televisor. Hoy en día son aparatos de alta resolución, aunque con peor sonido que los de antes, pero lo más importante es que mi tele ocupa el espacio Schengen de mi casa para impedir el paso a cualquier programación de baja estofa.

Procedo del blanco y negro y de la carta de ajuste, de manera que a partir de ahí acepto lo de ver en color como rebañan unas hienas los restos de una cebra previamente degustada por un grupo de leones y leonas. Hay cosas más interesantes que ver, no lo voy a negar, pero con el reino animal me identifico muy bien. Si para ellos después de mover mandíbulas lo es la sabana, para mí lo es la butaca de los sueños cimeros cuando la siesta se convierte en un placentero paseo por el exterior de la Estación Espacial Internacional; siempre y cuando no te llamen los de Vodafone.

La televisión en España ha ido mutando hasta convertirse en un contenedor de basura llena de residuos morales y éticos de difícil reciclaje. Está seriamente contaminada, peor que nuestros mares, bosques e incluso que el propio espacio sideral; lugar éste, por cierto, que ya comienza a convertirse en basurero cósmico. Pero volvamos al show. Uno tiene la certeza de que el negocio televisivo ha desembocado en una obligación de servicios al mejor postor. Da igual quien o quienes manejen los hilos de la propaganda, pero una cosa si es cierta, que la mayoría de cadenas de televisión nos venden la mercancía según sea el importe del cheque que reciben.

Con la edad uno va simplificando las cosas, se trata de contextualizar cuando se quiere hacer un juicio de un determinado hecho o evento. En este caso, el proceso debe considerar las circunstancias que rodearon a dicho evento para comprenderlo cabalmente. Y he aquí que hoy la mayoría de los platós de televisión se conviertan en tribunales de justicia sin apreciar la causa. Tan solo la audiencia les conmueve. Las productoras hacen su agosto, los presentadores y colaboradores nunca se sacian lo suficiente y la “víctima” se presta a una cirugía de cuerpo entero para sacar rédito a su particular modelo de vida. Es decir, admitida a trámite la intimidad de una persona para que un jurado popular de esa España sedada hasta las trancas, dictamine sentencia en pescaderías, fruterías o juntas de accionistas, que también. De tal manera que el medio concebido para el entretenimiento y la docencia se ha convertido en una bacanal de simples vocingleros.

Como no pertenezco al departamento de Cotilleos, área llena de espías y de agentes dobles de los que gustan a muchos y a muchas, es mi canal auditivo quien asume la captación de cuanto se deshilacha por la calle, tiendas y terrazas. La mayor parte de los tertulianos de este país son miembros del plató de la vía pública y son ellos/ellas los encargados de activar el pulsómetro del veredicto final. Mientras tanto la guillotina popular espera a que los parámetros de audiencia hayan calado lo suficiente en el bulbo raquídeo de los teleadictos para ajusticiar al personaje estrella del show televisivo, eso sí, previamente diseccionado por los expertos en chismes del colorín.

Lo cierto es que en este tipo de programas se alternan emociones contrapuestas entre los telespectadores. En medio de tanta necrosis existencial hay suculentas ofertas dinerarias para quien tenga la fortuna de resultar agraciado por una simple llamada de teléfono. La decadencia televisiva, salvo excepciones, ha llegado a límites extremos y nada de raro tiene encontrarse en medio de un zapping con personajes rebozándose en lo más soez con tal de socavar lo más sórdido del ser humano y al mismo tiempo repartir premios. ¡Ah, vanitas vanitatum, cuanto poder tiene un ego televisado!

Y en este juego de canales que nos brinda el mando a distancia, por cierto, objeto de deseo doméstico y mejor invento imposible, se refuerza la importancia de salir a tiempo pulsando el botón rojo del off para no caer en la trama esa de inocular a la población mediante sainetes torticeros y de falsedades o medias verdades. Contra más opio, más voluntades expropio. Por eso prefiero a Bob Esponja y a sus amigos, por lo menos estos personajes imaginarios saben mezclar la comedia y la animación con un humor negro al alcance de muy pocos mortales.

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