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DESDE ULTRAMAR

Viernes Santo

jueves 01 de abril de 2021, 19:57h

Procedo a pergeñar ideas bosquejando cuajar intentos reflexivos cual suma de pensamientos dispersos, entrelazándolos a la Semana Santa de 2021, que es tan atípica como lo fuera la de 2020, viviéndola en medio de una pandemia que con su propia dinámica trastoca a la aludido semanario. Este año destaca con esperanzas renovadas en las vacunas que abonan a prevenir o ya siquiera, a paliar esta hecatombe que añade gente cercana, cuya ausencia entristece esta primavera, lamentablemente.

Si la comparo a esta Semana Mayor con la del año pasado, cada cual se parece y a su vez, son diferentes al unísono en su discurrir. Su atipicidad campea y su significado no mengua. Y eso que acaso nos alejamos de costumbres tales como las de vestir de riguroso luto colectivo o de solo escuchar música clásica, cuando cabía como dispensa extraordinaria. Ya no le digo del desapego a usanzas tales como las de no guisar por abocarse a atender los oficios religiosos –que son de una duración excepcionalmente prolongada– y apelar a una comida frugal para el Jueves y Viernes Santo, como antaño. ¡Qué va! y no digo que no haya quien a todo eso lo siga a rajatabla, desde luego, más no parece ser lo que impera. De eso a mí ya no me tocó mayor cosa, sino de oídas, salvo el cierre del comercio al completo, que era puntual y absoluto. Cuánto han cambiado las cosas. Y si no se vacaciona tanto, será por la pandemia, pero hasta ahí.

E independientemente de que, al igual que todos los años, desde las distintas denominaciones cristianas más acendradas se ponga el acento remarcando que lo importante de la Semana Mayor es no olvidarse, no desdeñar ni trivializar su significación religiosa tocada de misticismo ­–de indubitable naturaleza, justificación y trascendencia– que siempre aguarda en sus entresijos a sus momentos fulgurantes y emotivos, que conmueven y carcomen las entrañas y atisban el espíritu.

Así, lo mismo sucede la falta de la descontinuada Misa de Tinieblas del Miércoles Santo, cuyo tenebrario como pieza clave yace en desuso arrumbado desde el Concilio Vaticano II y que todavía algunos de tales instrumentos peculiares y de tamaño prominente puede uno admirar como me ha sucedido en la gigantesca Santa Iglesia Catedral de Sevilla o en la muy barroca parroquia de Santa Prisca de Taxco o en la magnificente Catedral Metropolitana de Morelia y que pasan tan inadvertidos para tantos. Prevalece en cambio, esa sucesión de momentos significativos que transcurren del Jueves Santo conmemorando la Última Cena a la Crucifixión.

En lo personal no deja de llamarme poderosamente la atención el nublamiento característico de la tarde del Viernes Santo que pudo iniciar soleada y se torna plomiza, que suele suceder salvo alguna extraña excepción, a eso de las 3 de la tarde aun siendo movible la Semana Santa y que por lo tanto, uno supondría que no está sujeta a las veleidades climáticas definitorias de una determinada temporada fija, y que por lo tanto no tendría porqué ocurrir tan puntual oscurecimiento como acontece. Y tanto o más me resulta interesante como la consigna de que quien fallece en tan señalada fecha parte al Cielo ipso facto. Y Los resplandores de su tarde con los últimos fulgores de Sol, una vez pasada la hora del trance en que Cristo tremoló en la Santa Cruz, me parecen peculiares. Y como sea, suele ser una jornada tan tristona como sublime poseedora de una luz excepcional.

La Semana Santa nos deja en México las jacarandas rebosantes de su florescencia violácea. Qué pena que las procesiones de la Semana Mayor no se pudieran verificar. La representación de Iztapalapa se ha efectuado sin aglomeraciones, como la pandemia desaconseja cumplir la tradición de la llamada “Visita de las 7 casas”, un peregrinar por siete templos que culmine en el más importante de la localidad. Siempre queda el México profundo que lo hará. Celebro las distintas iniciativas impulsadas en Sevilla o en Huelva para marcar estos días privadas de sus manifestaciones colectivas de devoción popular. Recién decía a un amigo de la capital onubense que ponderaran la riqueza que poseen en tallas, pasos, palios y canastillas ornamentadas de forma soberbia. Son de un valor añadido inconmensurable. Y sus marchas….

Ya la Pascua de Resurrección, una de las cuatro en la tradición católica junto con la Navidad, la Epifanía y Pentecostés, llega recubierta de luminosidad que contrasta con las afligidas y solemnísimas jornadas previas.

Desde hace ya un cuarto de siglo para el Domingo de Resurrección a mí me gusta agasajar en plan festivo y reparador a mis allegados con huevos de Pascua de delicioso e irresistible chocolate, con envoltura de papel oro en llamativos colores que coruscan atrayentes a sus destinatarios. Antes los escondía fiel a la tradición, para ser hallados con deleite por los menores. Hoy los obsequio con la misma alegría. Me parece una práctica simpática que merece perdurar. Como otra curiosísima costumbre que desconocía y no es de las más referidas cuando se trata de la ciudad de los rascacielos. Me la mostró un amigo residente en Nueva York en fotografías: el paseo que por la Quinta Avenida suelen hacer los neoyorquinos justo el aludido domingo enalteciendo la Pascua. Sobre todo ellas, ataviadas con lucidores sombreros de infinitos diseños y motivos. Varios muy originales, otros hermosos y encantadores, algunos singularísimos y estilosos y no faltan los estrambóticos. Amerita enunciarse a juzgar por los vistosos ejemplares que se prodigan cada año en la afamada arteria.

No menos cierto es que considero muy peculiar esa tradición inglesa referida a que la brisa matinal del Domingo de Resurrección es purificadora, de ahí la conseja de abrir las ventanas para que se introduzca en las casas en tan luminosa mañana. Pueda ser que sea vivificadora como la paz inherente del Domingo de Pascua Florida –bonita y lustrosa denominación ¿a que sí?– cifrada en el regocijo por la resurrección de Jesucristo y la consiguiente esperanza de la resurrección de la carne, como reza ahora la liturgia católica, la cual percibo que hogaño pone mucha más atención en el Cristo triunfante, resucitado, tanto o más que el que murió en la Cruz. Me parece. Como hacen los ortodoxos.

Para esta Semana Santa el fallecimiento de personas cercanas me advierte de nuevo de la frugalidad de la vida, de no olvidarnos de lo verdaderamente importante que el día a día sepulta y distrae por la monotonía de la rutina. Conmina a ser agradecidos. Deseo para usted que este Domingo de Resurrección sea revitalizador. Desconozco si estamos al inicio de un cambio contundente de era, mutando valores o replanteándolos. Y no me refiero a si ya nos adentramos plenamente en la era digital, sino a una revolución de las ideas y de los valores mismos. Si es así, deseo que seamos más tolerantes, laxos donde cabe, en actitudes y en forma de vida, evolucionando y no involucionando, identificando qué es lo importante de aquello que no lo es. Dejándonos de encorsetamientos y poses, acartonamientos y trasnochadas posturas, fatuas e impostadas. Bienvenido sea como el bienaventurado Domingo de Pascua Florida oreado de hondura espiritual. Así sea.

Rinconete: agradezco profundamente a todos los amigos lectores en ambas orillas del Atlántico…y de Pacífico, su fidelidad a esta su columna intitulada “Desde ultramar”, agradecimiento extensivo a su directiva. Son ya 12 años de colaborar con El Imparcial de Madrid apostando a una aguda mirada de los acontecimientos mundiales palpados “desde ultramar”. Vamos por más.

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