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AL PASO

La batalla de Madrid

Juan José Solozábal
martes 27 de abril de 2021, 20:45h

No pensaba que mi comentario sobre la campaña electoral tendría que ir precedido con una advertencia sobre la incompatibilidad absoluta de la violencia y la democracia. Es obvia. Ni la democracia como forma política es posible, pues la idea misma del Estado parte de la segregación de la violencia en las manos públicas, que asumen su uso exclusivo, además de acuerdo con la ley. Ni cabe participación política con miedo, dejando la disputa a favor de los que amedrantan con sus amenazas o comportamientos. La violencia niega la igualdad entre las fuerzas políticas que compiten electoralmente e impide la libertad en la discusión sobre las opciones abiertas a quienes han de votar. Hay que recordar que precisamente para garantizar la paz en la escena pública nuestra Constitución exige a quienes se reúnen o manifiestan lo hagan en disposición pacífica, y que están prohibidas las asociaciones ilícitas, esto es la que persigan fines o utilicen medios prohibidos penalmente, además de las paramilitares y secretas.

Dicho esto, quisiera añadir que he visto con disgusto dos enfoques de las elecciones que considero harto discutibles. En primer lugar su polarización, o contraposición excesiva entre las ofertas electorales. Pediría continencia, primero por razones estéticas o de respeto intelectual. No estamos en los años veinte del siglo XX y la convocatoria a un enfrentamiento radical, casi existencial, entre el progreso y la reacción, la democracia o el fascismo, o la libertad y sus enemigos no se sostiene. Pero si se va más allá de la teatralidad, que hasta cierto punto es explicable en los tiempos electorales, hay que reivindicar por razones conceptuales, un poco de frialdad en el debate, rebajando su visceralidad. La referencia intelectual de la democracia aparece ayuna de dogmatismo político. La disposición de las mismas oportunidades de gobierno para todas las fuerzas políticas que compiten descansa en la asunción de la sustancial igualdad de la capacidad de las mismas para establecer lo que le conviene a la comunidad. Así la democracia no diferencia cualitativamente unas opciones políticas de otras ni estimula por tanto el fervor en relación con alguna de ellas. La democracia no necesita de salvadores ni puede acoger las pretensiones de infalibilidad. Por ello la democracia reposa sobre un cierto escepticismo. El acierto no deja de establecerse de modo provisional, pues no hay otra verdad en democracia que la que vienen determinando como tal la representación de la comunidad en las instituciones políticas de la misma. Es mucho más lo que une a los contrincantes, esto es, su aceptación de las reglas de juego, su disposición al debate, su conformidad con lo que decidan los votantes, que lo que les separa, esto es, una saludable discrepancia sobre la orientación política de cada fuerza política.

En segundo lugar estamos ante unas elecciones autonómicas. Hay algunas actitudes de nuestra cultura política, que vienen de atrás y que se conforman a un cierto esquema centralista, que deberían ser superadas. Madrid no lo es todo. Madrid es la capital del Estado, donde residen las principales instituciones del mismo, y más aun, Madrid es el escenario en que se muestra, de manera admirable y generosa, la pluralidad de España. Pero tiene sus problemas específicos. Ahora es precisamente la ocasión de discutirlos, de analizarlos ante los ciudadanos, por respeto a los madrileños a los que les llega la ocasión, y al resto de los españoles, que no deben verse concernidos en exceso por un debate político en el que, de verdad, no participan. De modo que las elecciones de Madrid no son la primera vuelta de las generales, ni una ocasión de hacer valer la responsabilidad de Pedro Sánchez, sino más bien la del gobierno de la señora Díaz Ayuso. Claro que esto no significa ignorar la trascendencia nacional de las elecciones autonómicas, en términos políticos. Quienes piensan que el sistema autonómico ha estimulado la fragmentación hasta extremos indeseables, aquí tienen una prueba de que el escenario político nacional no ha desaparecido, pues aun las elecciones autonómicas se siguen planteando de manera general, como una réplica o anticipación a lo que puede o debe pasar en las elecciones nacionales. Y en algo esa dimensión nacional podría ser objeto de debate en las elecciones autonómicas. Se trataría de ver, como ha sugerido Soledad Gallego, si el engarce de la Comunidad Autónoma con la política del Estado se ha producido en términos satisfactorios. Por ejemplo en relación con la sanidad. Al Gobierno central le corresponde la coordinación al respecto que se ejerce según indicaciones del Consejo Nacional de Salud. ¿Cuál es la experiencia del gobierno de la Comunidad. ¿Ha recibido el apoyo en el ejercicio de sus atribuciones del Gobierno central? Sus demandas en este campo de la sanidad ¿se mueven en el ámbito de la participación o de la autonomía?

Ojalá que el debate político se estableciese en este marco de moderación y sobre todo de pragmatismo, y se redujese su retórica y efectismo. Bien inútiles y perturbadores.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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