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DESDE ULTRAMAR

Napoleón Bonaparte: Bicentenario luctuoso

jueves 06 de mayo de 2021, 20:05h

El 5 de mayo de 1821 Napoleón Bonaparte murió en la isla de Santa Elena, en el Atlántico Sur en torno al África ecuatorial –tan distante de Europa, tan aparentemente perfecta por recóndita para recluir a alguien– siendo desterrado, aprisionado por los británicos que lo hostigaron hasta el final. Su bicentenario es ocasión para reflexionarlo, porque hay muchos Napoleones y no en todas partes es execrado o admirado. Destaco que el diario El País dice que no se celebrará, la BBC llama insufrible a su familia. No esperaba aplausos de ambos medios. Esos planteamientos son la muestra de que traspasa las generaciones, no pierde su halo, aun deconstruido o revisada su epopeya. Es un mito de múltiples variables: exaltación, enaltecimiento, demonización y de eterno estudio de un lado y otro. Las causas de su deceso se debaten hasta nuestros días y me muestro cauto.

Sucede que el atronador nombre de Napoleón, el hombre trepidante que, siempre inquieto, fue depositado recubriéndolo seis féretros, pisó tres continentes y casó dos veces, concita dicotomías, evoca expresiones tales como Revolución, Trafalgar, un código civil, el 2 de Mayo, una era, un estilo, Josefina, autocoronación, Elba, el General Invierno, el Directorio, Amiens, la moda Imperio, Arapiles, un bicornio, Austerlitz, Goya, Waterloo, Bayona, una estrategia castrense, el Consulado, la huida de la corte portuguesa a Brasil, la Obertura 1812, Tolón, Coalición, la venta de la Luisiana, una Fundación, el tipo napoleónico, Zaragoza, Desiré, el Arco del Triunfo, los mamelucos, la demolición del Sacro Imperio, Bernadotte, un brandy, Champollion, unas guerras continentales europeas, Godoy, una nueva dinastía imperial, Basilea, Haití, La Grande Armée, La Legión de Honor, “Pepe Botella”, Los Inválidos, Córcega, la Heroica de Beethoven, el rey de Roma, Wellington, el Congreso de Viena, la Restauración y hasta la Santa Alianza. Una leyenda en toda regla que no mancillaron ni animadversiones ni enemigos. Y sigue vigente, apabullante, incombustible.

Es de esos personajes que te atrapan a la primera. Seductores. Al menos en México es de los más taquilleros, hasta ser invocado en la enseñanza militar. Llamativo como Colón, Cortés, Benito Juárez. Es atrayente, genera comentarios diversos –los más, positivos– y goza de buen cartel. Sí, porque no invadió México sino a otros, a España, claro, y tal fue el detonante de las independencias hispanoamericanas, y de rebote la brasileña, ya que la invasión napoleónica a la Península Ibérica, que entretuvo a España en su sangrienta Guerra de la Independencia, alebrestó a las ya inquietas posesiones americanas que vieron la esperada oportunidad de desprenderse de la metrópoli, como lo hicieron; pese a que el ataque artero de 1808 despertó en ultramar al inicio, un desprecio y la lealtad y solidaridad hacia España repudiando al “Diablo Napoleón”, al serlo con el Papa preso, el divorcio instaurado en Francia, con libertad religiosa y de imprenta ¡qué horror! Hidalgo temía como pago de la derrota española, la cesión de Nueva España al usurpador universal y eso resultaba intolerable a los novohispanos.

Luego, como Francia en Hispanoamérica se convirtió en el faro de luz y guía en el siglo XIX –Amado Nervo la denominó cerebro de Europa y del mundo– siendo vista como la antípoda de la España borbónica de la que se huía, eso puede explicar porqué se consolidó el buen nombre del Gran Corso como aquí lo llaman, al otro lado del Atlántico. De pocos personajes históricos pueda ser que deriven tantos vocablos en adjetivación alusiva a un nombre completo: napoleónico, bonapartismo, bonapartista o napoleón. Sume usted el “complejo de Napoleón”.

Tengo el enorme honor de incluir una palabras de mi amiga Gevy Baudry, a quien agradezco de todo corazón su disposición a unirse a este bicentenario: “Me resulta difícil ser objetiva ante la figura de Napoleón I. No sé si me cae bien realmente, pero no deja de fascinarme, la verdad. La Revolución, con el consiguiente derrumbe del poder y del orden establecido, sumergía a Francia en el caos más absoluto. Pero de las ruinas surgía una evidencia: todo era posible y todo estaba por hacer. Napoleón vio su oportunidad de reorganizar Francia sobre nuevas bases y devolverle su brío. Dejando aparte sus batallas y conquistas territoriales, son sus dotes de liderazgo, su arte de controlar, reconstruir y reordenar el país, las que merecen mi interés. Y su carisma: comía poco y rápido, bebía vino mezclado con agua, le gustaba la sencillez (por muy emperador que fuera) y sabía entusiasmar a sus tropas. Debo reconocer que me vendieron en el colegio una imagen bastante positiva del emperador. Somos todos hijos de la Revolución: él con su afán de poder, orden y control, y nosotros con tantas generaciones de diferencia, seguimos siendo herederos de sus hazañas y derrotas. La República actual no reniega de su paso por el Imperio. Fue, en definitiva, nuestro trampolín hacia el estado moderno. Toda Francia recibe actualmente (me comentan los que allí viven) un bombardeo de programas, libros y debates sobre Napoleón: no hay dudas de que fue un gobernante atípico de Francia, importante e interesante. Lo homenajearán con orgullo, a lo grande, con todos los honores, como a un héroe.”

Me decía un amigo que Napoleón dejó a Europa oliendo a muerto. Ocupa con Hitler un referente arrasador del viejo continente y su figura es determinante. Y al mismo tiempo evoca el cambio, la ruptura y la transformación heredable. Abrió el estudio de la egiptología ¿Hay una visión romantizada, idealizada al mismo tiempo que reclamante, con su inconfundible figura ligada además, a La Marsellesa? Sin duda que sí. Su obra inconclusa lo es como la saga fílmica iniciada en 1927 por Abel Gance. Y sus retratos son soberbios. A mí me agrada el cuadro Napoleón en su gabinete de trabajo de Jacques-Louis David. Y hay otros, desde luego.

En Moscú, los rusos me dijeron muy orondos: “aquí no pudo, tenemos dos arcos del triunfo, no uno, contra Napoleón”. Mas su mito fue recompuesto después de su muerte y hasta Castells y Roca describen como se armó la admiración que pueda haber por él en España, utilizada en su día contra la España borbónica, naturalmente. El sujeto que a trompicones pasó de la batalla de las Pirámides –me agrada su arenga de ¡40 siglos os contemplan!– a la batalla de las Naciones pasando por la de los 3 Emperadores, que nos dejara a rumiar el “todo mundo tiene su Waterloo” son aún hoy onmipresentes. Su última morada en París (desde el 2 de abril de 1861), es su epitafio, un canto a la grandeur de Francia, tan contrastante con la fosa nada tropical de Santa Elena. Es un excelso mausoleo que lo contiene en un sarcófago y donde también yace su hijo, el rey de Roma, El Aguilucho, trasladado a allí por la Francia de Vichy durante la II Guerra Mundial.

Estas dos centurias transcurridas trasminan la perdurabilidad de la dinastía Bonaparte. Ahí siguen, apareciendo en el Hola. No están a la sombra. Ahí anda la venta de unas joyas ligadas al apellido Beauharnais. Es que siguen presentes y dando la nota. Me resulta llamativo como la frase atribuida al multicitado, si fuera de la autoría del Ogro de Ajaccio: “China es un gigante dormido. Déjalo dormir, porque cuando despierte, moverá el mundo”. Será por no haber otro Napoleón frente a ella. Si tenía clara la importancia de la India, cuantimás de China.

Termino: Leo frecuentemente de España que hay una sentida queja en su contra. Y sí, las tropas napoleónicas mortíferas destruyeron mucho. Y se lo reclaman. Es válido. Acaso esa queja viva sirva para mirarse en un espejo, el de México, que por las mismas razones reclama la conquista cortesiana. Son sentimientos muy similares, argumentos paralelos en su quintaesencia, lecciones que no hay que desestimar, entendiéndolas mejor y comprendiendo sus razones. No se trata de otra cosa.

Rinconete: el desplome de la trabe (ballena) en el metro de Ciudad de México merece un espacio. Lo espero a usted a revisarlo la semana entrante.

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