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TRIBUNA

Fronteras de cautividad

Juan José Vijuesca
miércoles 26 de mayo de 2021, 20:12h

El problema no es levantar muros ni poner alambradas, el muro de Berlín fue derribado y anexionó a personas haciéndolas libres e iguales. Ahora bien, no conviene confundir lo que está injustificado con la legalidad del procedimiento. Cada país tiene su propio status, su cultura, sus costumbres, sus religiones y su ordenamiento jurídico y social; de manera que es innegable el acatar todo aquello que el país de acogida brinda al recién llegado. Tan impropio puede resultar el mirar hacia otro lado como el abrir las puertas de la tolerancia y convertir un país en un coladero fuera de la razonable hospitalidad y ayuda humanitaria.

Para todo esto hay procedimientos, alianzas e incluso voluntad de actuar si las circunstancias benefactoras así lo requieren; ahora bien, cuando interactúan las mafias o aquellos poderes que mueven los hilos del negocio para traficar con las vidas humanas, ya sea por intereses políticos o por réditos económicos, o simplemente por adueñarse de lo que no es suyo, entonces no cabe otra que la firmeza ante el drama. Por encima de todo está la dignidad y el derecho que tiene cada persona a ser respetada dentro de su propio país de origen y eso, en prioridad absoluta, es lo que debe prevalecer frente al éxodo humano incontrolado.

Al margen de la raza o cualquier otro aspecto que todo ser tiene otorgado por el hecho de nacer, nadie puede arrogarse el poder de adueñarse de otro semejante por causa de ostentar corona, bastón de mando o simplemente codicia. Resulta terrible contemplar como niños corren asustados en busca de una caridad que llega en forma de primeros auxilios. Jóvenes exhaustos, yacentes en brazos de voluntarios de la Cruz Roja o del buen hacer de los miembros de seguridad del Estado dando lo mejor de sí con tal de mitigar tanta deshonra pública en pleno siglo XXI. Se podrán cuestionar muchas cosas ante esta deriva de desolación y martirio humano, pero la solución para acabar con esta vergonzosa y canallesca situación pasa por la reprobación mundial hacia quienes gobiernan esos países dedicados a la contemplación de los ricos a costa del pueblo cada vez más pobre y desangelado.

Uno se cuestiona el hasta donde y el hasta cuándo. Uno se pregunta si la condición humana es mejorable o hemos llegado a depender del simple destino por nacer en lugar de suerte o por desventura hacerlo en esa falta de fortuna. Los derechos humanos deberían tener justa reciprocidad y más cuando menores migrantes no acompañados sortean fronteras y los angustiados padres pierden la pista de sus propios hijos. Por supuesto que se les debe protección y ayuda, pero ¿hasta dónde un gobierno, sea cual sea, tiene el derecho de arrogarse la patria potestad de todos esos menores huidos del engaño y la miseria?

Si el orgullo humanitario es haber “adoptado” a miles de niños sin el consentimiento de sus padres a lo mejor deberíamos plantearnos si nuestra función es tan benefactora como parece o se trata de un simple postureo geopolítico. Por encima de todo hay que valorar el arraigo familiar para no desestructurar las emociones de unos niños aturdidos y despojados de su progenitura mediante el engaño de ser llevados a Ceuta de excursión escolar diciéndoles que iban a ver jugar a Cristiano Ronaldo y a Messi. A partir de ahí el mundo oscuro. De acuerdo, abrazos y atenciones sanitarias; pero a fin de cuentas hablamos de niños y también de unos padres y madres que, dicho sea, casi nadie echa cuentas de su angustiosa preocupación al desconocer el paradero de sus hijos.

Y he aquí que la gravedad de la situación parece no afectarnos desde el momento en que la solución más cómoda ha sido la de repartir a los menores entre las diferentes comunidades autónomas según la renta per cápita de cada una de estas entidades territoriales como si los niños fueran cuotas de mercado. De ahí lo del postureo al que me referí, y es que lejos de toda obligación que nos involucra como a semejantes bien nacidos dispuestos a ayudar, faltaría más tratándose de niños, el problema que tenemos en este país es que una gran parte de su actual clase política odia España y claro, esto lo saben apreciar desde fuera, porque un país que no sabe coordinar ni el orden ni el mando, se convierte en un mirlo blanco para cualquiera, sobre todo para Marruecos que se mueve con mejor estrategia que la nuestra.

En fin, mientras el poder de la gobernanza de unos y otros no dispongan lo mejor para esos pueblos zaheridos en su dignidad más profunda, nuestras fronteras seguirán siendo barreras ante la cautividad, a menos que esto sea el principio de un pase sin llamar y sírvase usted mismo.

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