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TRIBUNA

El diputado Mussolini (mayo de 1921)

Alejandro San Francisco
domingo 30 de mayo de 2021, 19:46h

Hay sucesos históricos que, cuando ocurren, no despiertan mayor interés o parecen no significar un cambio relevante hacia el futuro. Sin embargo, mirados retrospectivamente, con el conocimiento más completo de la evolución de los acontecimientos –con historias conocidas o terminadas– nos permiten comprender su verdadera dimensión y significado.

Algo así fuer lo que ocurrió hace un siglo, en mayo de 1921, cuando Benito Mussolini fue elegido como diputado en el Parlamento de Italia. Hasta entonces el líder de los fasci di combattimento solo parecía representar un liderazgo marginal, incluso ridículo, que muchos lamentarían no haber tomado en serio. Sin embargo, la situación en la que había quedado el país después de la Primera Guerra Mundial permitía una amplia y diversificada participación política, así como una crítica interna dentro del mismo régimen parlamentario, que se mostraba particularmente débil para enfrentar a un adversario decidido e incluso dispuesto a utilizar la violencia para destruir la propia democracia.

Como suele ocurrir, muchos infravaloraron al fascismo y a su líder: sus candidatos “harán mucho ruido, pero detrás no dejarán nada salvo humo”, llegó a señalar el primer ministro Giovanni Giolitti (que pronto debería dejar su cargo), en una clara muestra de incapacidad para comprender el fenómeno. En las elecciones del 15 de mayo de 1921 los fascistas lograron obtener 35 diputados, dentro del Bloque Nacional que llegó al 19,1%, con 105 diputados. La Cámara contaba con 535 escaños: los partidos mayoritarios eran el Socialista (123 diputados) y el Popular (de inspiración católica, que llegó a los 108 asientos). Los restantes escaños eran ocupados por figuras de diferentes partidos –desde comunistas a liberales– en una fragmentación que sería autodestructivas para la democracia italiana.

Los fascistas ingresaron al Parlamento “haciendo alarde de su falta de respeto”, aunque pronto adoptaron una postura que mostraba mayor moderación y disposición para los acuerdos, como narra Donald Sasson en su excelente libro Mussolini y el ascenso del fascismo (Barcelona, Crítica, 2008). El historiador agrega que el líder del movimiento, “hasta ese momento un personaje insignificante en el teatro de la política italiana de posguerra, se encontró como pez en el agua” en ese nuevo escenario. Después de todo, el viejo socialista había ido evolucionando hacia un nacionalismo que mantendría en las décadas siguientes, pero su agrupación todavía no era un partido estructurado ni tenía una doctrina precisa, aunque sí había comenzado a definir su estilo. Era necesario completar el trabajo de organización partidista.

Uno de los aspectos más notorios del fascismo inicial era su determinación y su voluntad de acción, incluso para ocupar la violencia si así lo consideraban necesario. “Nosotros no hacemos de la violencia una escuela, un sistema, ni mucho menos una estética. Somos violentos cuando hay que serlo”, expresó Mussolini en Bolonia el 3 de abril de 1921, casi cuarenta días antes de las elecciones. Ya en la Cámara, reivindicó la misma idea el 21 de junio, inmediatamente después de asumir en el cargo: “La violencia no es para nosotros un sistema, no es un esteticismo, ni menos aún un deporte, es una necesidad a la cual nos hemos sometido” (ambas referencias en Benito Mussolini, El espíritu de la revolución fascista, Buenos Aires, Editorial Temas Contemporáneos, 1984).

Sin perjuicio de ello, como precisa Sassoon, pronto asumió la tendencia a la moderación y se sumó al pacto de pacificación, del 3 de agosto de 1921, lo que llevó a su agrupación a renunciar al uso de la violencia. Era una manifestación de “flexibilidad táctica” de Mussolini, más que un cambio de convicciones o una nueva forma de comprender la política italiana. De hecho, muy pronto decidió darle una forma más orgánica al fascismo, como partido y no solo como movimiento, que debía pasar a tener un programa y también ser capaz de transformarse en un ejército, dispuesto a utilizar la violencia defensiva u ofensiva. En otra manifestación de su evolución –que seguiría experimentando cambios en el futuro– estuvo abierto a ciertas ideas del liberalismo económico, que se combinarían con las nuevas fuerzas del trabajo. En cualquier caso, rechazaba cualquier calificativo que no fuera simplemente el de fascista, símbolo de su fuerza en un momento de definiciones.

Habiendo nacido en 1883, Benito Mussolini llegó a la Cámara de Diputados a los 37 años. En un momento de vacilaciones, cobardías y debilidad del régimen político italiano, el líder fascista mostraba una decisión y voluntad de poder que sería determinante al año siguiente, para acometer la lucha por el poder y la destrucción de la democracia. Si en una primera etapa se sintió menospreciado y ridiculizado por sus adversarios, con el paso de los meses la situación iría cambiando progresivamente, y lo mostraría cada vez con más claridad a medida que avanzó hacia la conquista del poder total. Quizá nadie lo imaginó hace cien años, en mayo de 1921, y sin duda muchos lamentaron esa ceguera inicial.

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