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TRIBUNA

Aquellos paseos entre la colina y el monte del olvido

martes 01 de junio de 2021, 19:50h

A mis diecisiete años yo pintaba cada noche bajo el influjo de El loco de la colina, aquel trance radiofónico de Jesús Quintero en la emisora Ser, Radio Sevilla. Estudiaba de día y pintaba de noche. Jamás me anestesiaba: nunca fumé yerba alguna. Mi estimulante era mi propio hábito de vida: amar, estudiar, pintar… Los fines de semana salía a contemplar en las iglesias de Sevilla los crucificados barrocos sobre calvarios de sangre florecida, y seguía con la poesía. Entresemana, después de estudiar, subía religiosamente a la colina del Quintero hasta bien tarde, mientras pintaba a luz de un flexo.

Andaba yo a punto de entrar en la Facultad de Bellas Artes, donde conocería a don Amalio, el pintor de los gitanos, el catedrático de dibujo granadino afincado entre Sevilla y Madrid que se permitió una bigamia muy particular. Estaba casado con doña Marina Mora, granaína dulce e inteligente que, amén de riquísimas gachas, hacía sus nada desdeñables pinitos pictóricos: abstracciones expresionistas sobre cartones pequeños; más tarde, llegaría la peculiar bigamia referida, cuando don Amalio se casó también con la Giralda, a la que hizo su odalisca pictórica. Le puso una casa entera en la plaza Doña Elvira de Sevilla para poder contemplarla a placer. Fue en “el barrio de las marías”, ligado a ese “monte del olvido” que es calvario de los amantes fracasados en el sentimiento de José Feliciano.

Don Amalio y Jesús Quintero vivían en aquel barrio de Santa Cruz, uno de los más bellos del mundo. Dice Jesús que su paranoia de aquellos años le enajenaba la brújula no pocas veces cuando volvía a su casa por las noches tras hacer el programa. Para mí fueron años de esos en los que uno nota que se forja el futuro a cada hora del presente, porque muchas cosas nuevas se despiertan y le arrasan a uno el alma con aromas inéditos y sensaciones casi milagrosas que nunca esperaba encontrar. Aquel barrio es un laberinto del que nunca me hubiese gustado salir.

Un día que estaba especialmente expresivo, don Amalio nos enseñó a Ignacio Cascales y a mí algunos de sus mejores cuadros ––pienso en Sevilla güena o el retrato de su hermano dominico–– y nos regaló sus libros de poesía, entre ellos La mano florecida. En una y otra disciplina había una gran cantidad de talento invertido por quien, a la postre, sería orgullosamente defendido por sus hijos al reclamar un reconocimiento justo para el arte de su padre. Éste es un destino afortunado en medio de un sistema miope.

Con motivo del VIII aniversario de la fundación de la Giralda, Amalio García del Moral, don Amalio, había entregado a Jesús Quintero toda una tesis sobre el Reino sevillano de Al-Andalus y la historia de la “torre enjaezada” ––así llamó Federico a la Giralda––, desde que fuese erigida como alminar de la Mezquita Aljama hasta su transformación, en el XVI, en torre de la Santa Iglesia Catedral hispalense, coronada con campanario y veleta. Don Amalio pretendía que Quintero leyese el texto desgajado en cuñas radiofónicas, pero aquello debió clavarse también en el pedernal del olvido. El pintor debió morir con la espina clavada; algo así me consta. El brujo onubense de la radio, ese pachuco abombachado con chaleco nart ––de aquel reportero don Javier–– ha hecho siempre lo que le ha salido del alma, como todo genio.

Desde la azotea del estudio de don Amalio y desde las altas ventanas se veía ––todo eso pervive––, el apabullante desnudo analítico de la Giralda en carnes de barro cocido. Lo vi muchas veces mientras se filtraban coplas o canciones de Triana o Kiko Veneno por las rendijas de las persianas. Llegaban desde el patio de Banderas los agridulces aromas del albero mojado y los naranjos en flor, rematando el embrujo. Otras guirnaldas más que olerse, podían oirse: las del agua tintineando frágilmente en los surtidores del barrio en las mañanas de primavera y luego, de nuevo, cada madrugada, en la colina de Quintero: sonorosas guirnaldas como un mantra de paz interior. “Agua eterna...” ––como la glosara José Hierro––, “que se agita, que corre de la piedra a la estrella, de la estrella a la piedra...”.

La voz de Jesús Quintero era un susurro de cipreses apenas mecidos bajo la luna; el lánguido gemido de un laud vidriado al que rozara la brisa; o una cítara que los diestros dedos de una voz tañían solo para tu alma, para la mía, para la de cada hombre al otro lado de la celosía de las ondas. Músicas como telones escénicos; suspiros; risas desvergonzadas como geranios; confidencias vendidas al mismísimo diablo; órdagos y orgasmos; orgía de versos y cascada de confesiones… La colina, cuando no era confesionario descapotado para paranoicos, era yasnaia polyana donde arar los surcos del pueblo. Daba gracias a la vida Mercedes Sosa; detonaba ceros el comandante.

Una colina para subir y un calvario para bajar cada madrugada, cuando el programa acababa y uno tenía que seguir pintando su cuadro en medio de la nada, lejos del climax al que Jesús te convidaba noche tras noche, como si de un rito astronómico se tratase… Cónclave de expertos lectores del firmamento que llegasen en caravana ertziana desde Bagdad al Alcázar de Sevilla… Cenáculo de sabios y creadores; sin faltar vividores, trasnochadas celebridades, vivos sabuesos, resabiados salvapatrias y, sobre todo, por encima de todo, mucha lírica ritual: almíbar de palmeras azules goteando en las aguas del Río Grande.

Un día que me crucé con Quintero por una calle bulliciosa de Sevilla, uno de aquellos días de colina y rosas, recuerdo que lo vi tan grácil como la giralda misma, con su bufanda de lirios morados y sus rizos de pescador de oídos noctámbulos… Bajo la parihuela de sus hombros jóvenes se guarecía una mujer igualmente joven y hermosa a la que parecía colar una confesión inabarcable en la oreja, mínima caracola de nácar rosado. Allí estaba enroscado el misterio de Jesús.

En verdad, éramos jóvenes todos, también don Amalio y su esposa Doña Marina, que pintaba, como Cy Towmbly, dueña de la libertad; ¡Cuánto daría yo...!, decía humildemente su marido. Tal vez, la juventud eterna sea la única edad del paraíso.

Nos sentíamos livianos como atletas de algodón ––“atletas como bellos meteoros”, escribió Dámaso Alonso––, y los jardines sevillanos, siempre jóvenes, chorreaban azúcar grana… Como hoy... Como mañana. Los días trepaban al monte del olvido, y Rosa y yo salíamos a pasear en pleno agosto a la hora de los locos… De los locos de la colina.

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