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AL PASO

La Ilustración española en sus márgenes

Juan José Solozábal
martes 08 de junio de 2021, 20:22h

1-Antonio Elorza presenta su nuevo libro Ilustración y liberalismo en España como “una reestructuración en profundidad” de su La ideología liberal en la Ilustración española, publicado hace cincuenta años y que quedaba a la altura de los libros clásicos sobre nuestro Dieciocho de Jean Sarrailh o Richard Herr.

Lo que el libro de Elorza mostraba eran las insuficiencias del pensamiento ilustrado español, que tenían que ver con su incoherencia, de modo que las propuestas de racionalización no podían detenerse, como pretendían nuestros ilustrados, ante las mismas bases del sistema, esto es la monarquía y la iglesia; y su inoperancia, pues los agentes de la mejora del aparato del Estado en realidad no tenía verdadero interés en las reformas -y por eso no salían adelante, así en el caso de la Reforma Agraria-, como integrantes de las mismas clases privilegiadas como eran. Nada de extraño que ante esta situación, especialmente después de la muerte de Carlos III, muchos autores pensasen en una alternativa, la del liberalismo, más o menos radical o revolucionario,- los Foronda , Manuel Aguirre, Larraquíbar, León de Arroyal-, a la moderación de las luces, hablemos del régimen monárquico paternal o renovado.

Ahora su Ilustración y liberalismo en España, además de reforzar el soporte bibliográfico de la monografía originaria, aporta algunos añadidos, que me llaman la atención y sobre los que me quedo cuando intervengo en la presentación reciente del libro en Marcial Pons junto a Berna Gonzalez Harbour, que glosa estupendamente el capítulo sobre Goya, o José Luis Gómez Urdáñez, que coloca con acierto la aportación de Elorza en el panorama revisor de la Ilustración española.

Mi contribución se ocupa centralmente de referir la idea ilustrada de Constitución, que yo sitúo en el contexto de lo que llama Linda Coley la época de las revoluciones. La Constitución del 12 es también hija de la catástrofe en la crisis bélica, evidentemente el momento de rehacer el Estado. Hace acto de presencia la soberanía nacional, que fuera de su afirmación expulsando al francés, dotará a España de una Constitución. Se impone de este modo la idea ilustrada de la Norma Fundamental -en paralelo con lo que ha ocurrido en Francia y antes en los Estados Unidos, - frente a la vieja constitución de los diversos códigos y también desechando el modelo historicista de Jovellanos o Martínez Marina. La demanda de una Constitución aparece entonces como la culminación ilustrada de la racionalización de la planta política, llegando al nivel de la elementalidad y claridad que la eficiencia y la seguridad exigen.

2-Pero en mi intervención presto brevemente también atención a dos cuestiones, marginales si se quiere, que son el objeto preferente de este recuadro. Se trata, en primer lugar, del capítulo dedicado a la ilustración vasca sobre el que puede hacerse algún apunte. Primero, se destaca la condición como ideología nacional vasca de la foralidad, en una versión sublimada y un tanto mitificada. Elorza recuerda la dificultad con que se encontraba Foronda para aplicar la racionalidad a aspectos que rozasen la foralidad, “pues la voz de los fueros es tan bonita que se arroban al pronunciarla”. Elorza, además, ve indicios de protonacionalismo cuando los caballeritos, por ejemplo el Conde de Peñaflorida, se refieran como País o Patria siempre al País Vascongado y no a España o la Nación común. Diría que en el pensamiento foralista la inmediatez de la vinculación territorial o patriotismo no prevalece frente al sentimiento superior, pero construido, y menos natural, desde esta perspectiva, de lealtad a la Nación superior, que es ciertamente más lejana, de España. Otra cosa algo sorprendente, en tercer término, es la nota aducida de Miguel Artola sobre el funcionamiento de las provincias, casi exentas del XIX, según un esquema descompensado a favor de los territorios que haría las delicias de los foralistas de fin del siglo XIX, pero que no se adecuaba, creo yo, exactamente a la realidad: un régimen, el foral, de autogobierno administrativo o interior sin base constitucional, limitado, y mas bien precario y con fuerte dependencia de la Administración común. Una observación, en fin, sobre la españolidad del régimen foral, verdaderamente no puesto en cuestión durante la guerra de la Convención. Como advirtiese el delegado real don Juan Mariño a Godoy, con ocasión de la convocatoria de unas Juntas Generales en Guernica: “Una cosa era el apego a las instituciones forales, del que pudieran derivarse una menor obediencia y una menor subordinación, por parte de unas « provincias libres », y otra la adhesión« al sistema de los republicanos franceses, a cuya nación (los vascos) aborrecen muy de veras”.

3-En segundo lugar, encuentro en este libro del mayor interés la relación que el profesor Elorza establece entre la idea de nación y el patriotismo, entendiendo este concepto fuera de su acepción común como afecto por la propia tierra. Elorza vincula el nacionalismo español con la crisis bélica, no tanto por dar ocasión a la actuación constituyente, suponiendo entonces la maduración o toma de conciencia de la nación española, pues solo quien es nación verdadera o soberana decide sobre su forma política, sino porque representa el momento de la plenitud nacional, cuando la nación, recaba con éxito la lealtad del patriotismo, esto es, la lealtad incondicional, primera e ilimitada de los españoles. Hay un contraste entre la nación, como precipitado identitario, o dato objetivo; y el patriotismo como vínculo político esencial y primero. Aquella se produce en el ámbito de la realidad; este en el terreno del sentimiento y la voluntad.

En efecto, viene a decir Antonio Elorza, la nación es un concepto objetivo referente a una realidad natural que integra una identidad de cultura, territorio e historia cuyo potencial político, pasando de ser destinatario del Estado a sujeto político, se efectúa en el momento de la guerra, cuando se convierte en patria, tras interpelar con éxito a los ciudadanos. En el momento agónico de la invasión francesa la nación se dirigirá a los ciudadanos que la integran y los convocará para que activen la religación con ese referente social al que pertenecen, asumiendo de este modo su condición esencial de Patria. Estos, como por lo demás queda reflejado en una obra literaria testimonial y ejemplarizante, en autores como Jovellanos, Cadalso, o sobre todo Quintana, acuden sin dudar a la llamada. Queda bien patente, concluye Elorza, que la nación es aquella entidad que encarna la existencia secular de España, que así asume la condición de sujeto político al defender la independencia y luchar por ella ante los franceses.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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