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TRIBUNA

El síndrome de Otelo

Juan José Vijuesca
miércoles 16 de junio de 2021, 20:05h

Resulta difícil escribir sobre papel mojado. Las palabras se confunden y llora el dolor de las letras. Es la rebeldía de la semántica sorteando renglones cada vez más cimbreados por el discurrir de la impotencia. En un papel arrugado todo se retuerce, incluso los versos de amor languidecen de dolor. Aun así debo hacerlo y lo hago a instancias de mi sentido de la denuncia.

Nadie es de nadie. Ni siquiera los hijos son moneda de cambio ante nuestros sufrimientos. Quienes pretendan arrogarse la vida de ellos solo conseguirán arrebatarles el anhelo de su propia existencia. Nuestros hijos han de ser nuestro alivio, nuestro amor, nuestra naturaleza, pero sin apropiarnos de su propio diario. Nuestro odio nunca ha de ser causa de odio en ellos. Nuestras maldades serán las nuestras, porque los hijos, y más siendo niños, siempre buscarán los brazos de un amor incondicional. Cuando un padre o una madre son capaces de matar a sus hijos, el otro cordón umbilical, el del universo de la vida, se convierte en el feroz y permanente látigo de castigo para el ejecutor de la perversión. Ni la locura servirá de remedio. Nada podrá atemperar las consecuencias ni físicas ni mentales.

Más cuando la locura se torna en deleite cabe diferenciar distintas clases de demencia y los aspectos que en ella se asocian. La furia vengadora que expele el corazón del ser humano es, sin duda, la mayor representación de la maldad del sujeto. El ardor de la guerra, la codicia, los amores aborrecibles y criminales, los abusos a menores, el parricidio, el incesto, el síndrome de Otelo, o la venganza, son algunas de las principales causas de perversión; ahora bien, nada más monstruoso como el matar a los propios hijos con la única intención de infringir dolor de perpetuidad a la madre o al padre.

En el caso de las niñas de Tenerife, como en tantos otros casos similares, cuando uno de los progenitores tiende al extravío de la razón raro es que en el elemento dominante de uno sobre el otro no intervenga causa por celos, infidelidad, autoritarismo o simple conducta narcisista. El síndrome de Otelo, que toma el nombre de la conocida obra de Shakespeare, lo es porque Otelo mata a Desdémona poseído por unos celos enfermizos. Es un delirio por el cual la persona que lo sufre está firmemente convencida de que su pareja le es infiel. Un diario británico publicó que la mujer más celosa de Reino Unido se casó con su novio al que solía someter a un detector de mentiras cuando llegaba a casa. Esto, que a simple vista puede resultar hasta jocoso, también puede mostrar la peor cara de la violencia, pues la persona que padece el trastorno puede llegar a matar al objeto de sus celos.

Olivia, Anna y Tomás Gimeno, hijas y padre han secuenciado uno de esos capítulos que nos conducen a la muerte más canalla de dos niñas, -al menos confirmado a día de hoy solo lo referido a Olivia-, que conmociona en lo más profundo. Lo peor es la sensación de orfandad ante un delirio irreversible cuya única respuesta ha sido someter a la otra persona, en este caso a la madre de las niñas, a un sufrimiento inhumano de por vida. Malo será para ella si aparece el cuerpo sin vida de la pequeña Anna, pero aún peor si la dieran por desaparecida. Al igual respecto del padre de las niñas y presunto parricida ¿pueden imaginar por un instante las dudas permanentes sin constancia de su fallecimiento? Estamos ante uno de esos dramas en donde la fatal conjunción de las dos fuerzas oscuras estrechan sus lazos: el crimen y el castigo. Lo que sucede es que la expiación del homicidio va con cargo a la parte más inocente, quizás por culpa de una justicia preventiva de la cual carecemos.

Hoy que los medios de difusión, así como las redes sociales visibilizan a las víctimas, resulta tan obvio como necesario reencontrarse con la conciencia y la responsabilidad que tenemos como parte de la sociedad que nos brinda hospedaje. El hacerlo no es tener que ejercer como verdugos frente a los “malos”, ni tan siquiera con la intención de exculparlos o redimirlos, sino asumir la parte de compromiso que a cada cual nos toca en suerte para saber enfrentarnos a los monstruos que cohabitan en nosotros mismos. De lo contrario, siempre será tarde.

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