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TRIBUNA

Nicaragua y la dictadura de Daniel Ortega

Alejandro San Francisco
lunes 21 de junio de 2021, 20:13h

La generación nacida en torno al cambio de siglo seguramente mira sin mayores conocimientos al gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua. Sin embargo, para los mayores, la situación es distinta, por cuanto en la segunda mitad del siglo XX ese sufrido país experimentó una larga influencia de la dictadura de Anastasio Somoza y de su familia, frente a la cual irrumpió precisamente el actual gobernante centroamericano.

En 1979, tras la caída de Somoza, se inició el régimen del izquierdista Frente Sandinista de Liberación Nacional, que tuvo como figura dominante precisamente a Daniel Ortega, primero como miembro de la Junta Revolucionaria de Reconstrucción Nacional y luego como Presidente. Con ello se iniciaba la última revolución socialista en el continente, al ritmo de lo que habían sido los años 60, pero en plena época de cambios en el mundo y en América Latina. En aquellos años el país también se sumió en una guerra civil que enfrentó al gobierno y a los Contra, en el contexto de la Guerra Fría y en la disputa entre el comunismo y el anticomunismo.

Nicaragua transitó a la democracia durante el gobierno de Violeta Chamorro (1990-1997), esposa del periodista Pedro Joaquín Chamorro, periodista director del diario La Prensa, asesinado hacia fines del régimen de Somoza. Sin embargo, la débil y corta democracia del país centroamericano sufrió una dura prueba tras el retorno al poder de Daniel Ortega el 2007, en un doble contexto que ha tenido repercusiones hasta hoy: en el plano latinoamericano, por el desarrollo del Socialismo del siglo XXI impulsado por Hugo Chávez; en la propia Nicaragua, por la creciente y renovada vocación dictatorial del líder sandinista.

Ortega había postulado en las elecciones presidenciales de 1996 y de 2001, pero en ambas resultó derrotado. Sin embargo, su persistencia le permitió obtener finalmente una victoria el 2006, tras lo cual volvió al gobierno el 10 de enero de 2007: hasta hoy sigue dominando en el país centroamericano. Bajo este segundo periodo sandinista, el país se ha visto sumido en un deterioro creciente de su régimen político, con una decadencia de las instituciones democráticas y la pérdida de las libertades civiles de una manera que se ha ido agudizando en el último tiempo. No está de más recordar que la vicepresidenta de Nicaragua es Rosario Murillo, la esposa de Ortega, lo que muestra claramente la existencia de un régimen personalista y familiar.

Con ocasión de las elecciones presidenciales de este 2021 –Ortega se impuso el 2011 y el 2016– el régimen ha consolidado su vocación dictatorial y la voluntad de conservar el poder. Esta tendencia ya se había manifestado bajo diversas formas en los últimos años, como ha sido denunciado por personas y organismos de la oposición, así como por la comunidad internacional. Es interesante constatar que los opositores a Ortega no son solamente figuras de la derecha o grupos centristas, sino que existe un amplio abanico de antiguos sandinistas que ha denunciado la personalización y carácter despótico del régimen actual, lo cual los llevó a distanciarse de aquel amor político de juventud.

¿Qué ha ocurrido este 2021? Nicaragua tiene previstas elecciones para el 7 de noviembre, pero ese mismo contexto que podría ser democratizador es el que ha llevado a Daniel Ortega a extremar sus ataques contra la oposición, la represión y persecución contra los opositores y la furia oficialista contra las libertades personales y públicas. El objetivo parece ser conservar el poder a cualquier precio.

Durante junio han sido detenidas algunas figuras políticas relevantes, de filiación sandinista en el pasado y compañeros de armas de Ortega, como son los casos de Dora Téllez, Víctor Hugo Tinoco y Hugo Torres. Este último ha declarado: “Tengo 73 años y nunca nunca (sic) pensé que en esta etapa de mi vida iba a estar luchando de forma cívica y pacífica contra una nueva dictadura. Somoza no logró encarcelarme”. La detención de los antiguos aliados ha sido calificada como “el golpe más simbólico de Daniel Ortega” (El País, 14 de junio de 2021).

En el plano estrictamente electoral, los candidatos que se han propuesto desafiar a Daniel Ortega también han sido detenidos, como es el caso de Cristiana Chamorro –hija de Pedro Joaquín y de Violeta–, la principal alternativa opositora. A ella se han sumado las detenciones de empresarios, dirigentes juveniles y otras figuras de la sociedad civil, que buscan amedrentar a quienes representan una visión alternativa al sandinismo.

Nicaragua es un país pequeño, que apenas supera los seis millones y medio de habitantes. Esto mismo permite que la situación que vive en la actualidad tenga menor repercusión de lo que sería necesario. Sin perjuicio de ello, ya es posible apreciar denuncias de la Organización de Estados Americanos (OEA), algunos países de la Unión Europea, parlamentos de América Latina y organizaciones de derechos humanos. Después de todo, Nicaragua está a las puertas de que se inicie un cuarto gobierno de Daniel Ortega, en una peligrosa consolidación dictatorial y dinástica, que se inscribe dentro de una secuencia de largo plazo iniciada en 1959 por el régimen de Fidel Castro en Cuba y continuada por Hugo Chávez y el Socialismo del siglo XXI. De esta manera, es posible inscribir el problema de Nicaragua dentro del contexto general de crisis de la democracia en América Latina, con regresiones que podrían tener consecuencias graves en otros países en el mediano plazo.

En 1999, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez publicó Adiós muchachos, que lleva por subtítulo Una memoria de la revolución sandinista. En 2007 apareció una nueva edición publicada por la editorial Alfaguara, con un valioso prólogo titulado “La sombra del caudillo”. Ahí planteaba en forma premonitoria, cuando comenzaba la segunda era de Ortega: “Otra vez, entonces, la historia de Nicaragua entra en una encrucijada decisiva. Tocará usar de todos los recursos de la conciencia democrática para resguardarnos de cualquier proyecto de autoritarismo. Una lucha tenaz deberá librarse por preservar el carácter constitucional de las fuerzas armadas y de seguridad, por rescatar la independencia del sistema judicial, por impedir el continuismo, las reelecciones o la sucesión familiar. En fin, por apartar de las instituciones la sombra del caudillo”. Como ya sabemos, la historia no transcurrió como hubiera querido Ramírez, autor de un gran libro autobiográfico, que deseaba evitar un nuevo dolor a su patria.

Este 2021 Nicaragua vive nuevamente “una encrucijada decisiva”, para usar la fórmula del autor de Adiós muchachos. En gran medida el éxito o el fracaso del país en su trabajo por la libertad, la democracia y el derecho estarán determinados por la acción de la comunidad internacional y de la lucha del propio pueblo que hoy sufre la violencia y la represión.

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