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TRIBUNA

Cambiar de sexo

Juan José Vijuesca
miércoles 30 de junio de 2021, 20:12h

Hay días en que uno se levanta de la cama y no solo desconoces la realidad del momento, sino que también acusas el haber dejado tu sueño a la deriva. No hay nada peor para tu propio cuerpo que despertarte sin haber visto el final de lo que estabas soñando. A un viejo amigo le sucedió que al levantarse aún adormecido acertó a meter los pies en el orinal y se sintió aliviado porque pensó que aún estaba visitando Venecia. Me confesó que ese fue uno de sus mejores sueños porque le hizo recordar tiempos de juventud y amoríos.

Los sueños, sueños son, que dijera Calderón; ahora bien, lo peor es que un buen día te levantes de la cama medio somnoliento y compruebas que has cambiado de sexo sin exigencias de informes médicos ni testigos legales, ni siquiera hormonación alguna por culpa de las alucinaciones de la señora Irene Montero y su Ley Trans. Bastará un solo funcionario del Registro Civil detrás de un mostrador poniendo sellos para cambiar de género. Así, sin más.

La señora Montero, responsable del Ministerio de Igualdad ha dispuesto que dicha ley sirva para cambiar de condición sexual cada poco tiempo según dicte la propia naturaleza de cada cual. El papeleo es ágil y sencillo, basta con rellenar un formulario para que alguien deje de ser quien es y pase a ser otra u otro según demanda. Todo un logro funcionarial para normalizar una situación que la sociedad precisa con el rigor del respeto hacia propios y ajenos. Ahora bien, si conseguirlo era una asignatura de cultura general, más bien la forma tan atropellada de hacerlo parece más una sobredosis de fantasías oníricas de doña Irene.

Entre los casi 500 millones de euros contemplados en los Presupuestos de los que puede disponer la signataria aludida a modo discrecional, se incluyen 13,8 millones destinados a publicidad institucional para que doña Irene riegue los medios de comunicación con sus filfas postineras. Como dato comparativo les diré que el Ministerio de Sanidad cuenta con 14,4 millones para su publicidad sobre algo mucho más serio como lo es la salud pública, que en estos momentos se antoja de prioridad absoluta. Poco más que añadir.

La tendencia sexual de cada cual merece mi respeto más absoluto porque la libertad bien entendida guarda vínculo con la buena educación; ahora bien, la cuestión de fondo es que a la naturaleza humana no hay que demonizarla ni deconstruirla por la obsesión de una señora ministra. Resulta muy fácil remar a favor de corriente cuando en una democracia constitucional como la nuestra cualquiera puede sacar pecho –con perdón- y ganar rédito. Lo importante es abanderar estas justas reivindicaciones en territorio hostil, justo en el mismo país en donde la homosexualidad se castiga con la muerte, dada la importante globalización que a todos nos afecta e intesa.

Y ahora las feministas se rebelan contra esta Ley Trans de Irene Montero acusándola de retroceder en los derechos conquistados hasta la fecha y que tanto esfuerzo y sacrificio ha representado. “Es una ley que traiciona a las mujeres, que viola todos nuestros derechos, que supone un retroceso de décadas, por no decir de siglos, y que, además, no incluye verdaderamente ningún derecho para las personas transexuales más allá de la libre autodeterminación de género” Así lo denuncia Sonia Gómez, portavoz de la Confluencia Movimiento Feminista.

A juicio de dicha portavoz, a partir de ahora cualquier hombre sin cambio físico, sin necesidad de cambiar de nombre y sin ningún tipo de informe médico puede ir al registro y decir que se siente una mujer. Y digo yo que con estas alforjas mal viaje echamos cuando un hombre llamado por el sentido contrario comparta aquellas zonas protegidas para uso de niñas y mujeres de género palmario, por no hablar de las disciplinas deportivas cuyas competiciones están separadas por cuestiones biológicas más que evidentes. Y como esto otras tantas razones que se antojan de extremado conflicto en nada que tengamos capacidad de raciocinio para poner orden a tanto fraude de juicio común. Que cada cual sea libre con su cuerpo y su sexualidad, faltaría más, pero estas leyes a quemarropa parecen formar parte del justiprecio hipotecado por este Gobierno con sus socios de festejos.

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