Los triunfos de un atleta negro, el estadounidense Jesse Owens, acapararon la atención de los
Juegos de Berlín y desbarataron los planes del canciller alemán Adolf Hitler, que trató de utilizar la competición como elemento de propaganda nazi.
El clima prebélico que crearon las intenciones expansionistas alemanas hizo que muchas naciones se planteasen el boicot. Sin embargo, al final participaron 49 países con 3.963 deportistas en 19 disciplinas.
Se lograron grandes éxitos deportivos en un acontecimiento que por vez primera tenía un espectador de excepción, la televisión.
Se batieron todas las plusmarcas de atletismo establecidas hasta el momento. Debutaron en el programa olímpico el baloncesto, el balonmano y el piragüismo, mientras que el polo se despidió de los
Juegos.
El país anfitrión se adjudicó 33 medallas de oro y mostró su supremacía en las pruebas de remo, gimnasia e hípica. Estados Unidos acumuló 24 medallas de oro y destacó en atletismo.
Hitler había planteado la competición como una reafirmación de su teoría de la superioridad de la raza aria, pero se encontró con un enemigo inesperado, Jesse Owens, ganador de cuatro oros en 100 metros, 200 metros, relevos 4 por 100 metros y salto de longitud.
La final de longitud acaparó la máxima expectación. La prueba se presentaba como un duelo entre Owens y el alemán Luz Long, un atleta rubio y fuerte, destinado a refrendar las teorías raciales nazis.
Tras hacer el estadounidense su salto ganador de 8,06, el primero en felicitarle, a la vista de Hitler, fue Luz Long.
Como protesta a la celebración de los
juegos en Alemania, algunos países propugnaron la disputa de unos
Juegos Populares paralelos, que debían disputarse en Barcelona en 1936 y que no pudieron hacerse realidad al estallar la Guerra Civil española.