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TRIBUNA

Los Picón Moreno, una bellísima familia de "personas"

martes 27 de julio de 2021, 20:47h
Sevilla tiene una calle cuyo nombre le viene que ni tatuado; Sol se llama. Mi corazón tiene su parte en el fideicomiso sentimental de esa calle.

Hay calles que son más nuestras que otras; algunas son muy nuestras, al margen de aquellas en que vivimos; son hogares de paso para caminantes bajo el sol o las estrellas. Nuestro espíritu empieza a estirar sus alas nada más enfilar las esquinas donde arrancan esas calles; revolotea a placer; está en su casa; conoce cada baranda.

La calle Sol penetra un costado de Sevilla desde la Ronda de Capuchinos abriéndose paso hacia sus entrañas históricas. En una plaza donde la arteria urbana se dilata, como a la mitad de su medida, vivió mucho tiempo el Cristo de los Gitanos, antes de mudarse a un templo nuevo. Allí en esa plaza se ofició hace poco la misa de réquiem por una amiga queridísima.

Previamente a cualquier experiencia humana, la famosa calle siempre constituyó un buen atajo entre mi hogar familiar y el centro de la ciudad. Durante los cinco años de mi periplo en la Facultad de Bellas Artes, fue uno de los tres largos tramos que conformaban mi recorrido diario a pie, de ida y vuelta.

En esa calle siempre hallé fortuna; me vinieron tempranísirmos encargos profesionales por parte de amigos míos y amigos de mi familia y, un buen día, sucedió un hecho azaroso que determinó mi visión de las cosas en una edad difícil. Digo mi visión de las cosas sintiendo que me cubro de prosaísmo, pero en verdad fue un trance cultural para lidiar con mi vida y que me pemitió abordar decisiones sobre experiencias trascendentales para mí como la filosofía y el arte, que hoy día agonizan socialmente en extremo.

Muchos temores sombríos se me fueron desleiendo a raíz de aquel hecho humano luminoso que me aconteció en esa calle; “las cosas al sol consuelan” escribió Fernando Pessoa.

Allí se forjó mi amistad con los hermanos Picón Moreno que ha durado hasta que despedimos a Carmen en san Román, antigua Iglesia de los Gitanos. Sólo yo puedo saber qué trascendencia tuvo para mí la forja de esta amistad en mi primera juventud y lo que supuso más allá. Con este escrito sólo pretendo compartirles la atención y el amor que ellos me dedicaron.

El mítico Dalí había atravesado medio mundo para conocer a los hermanos Marx entre otros personajes, legendarios ya en propia vida. Este servidor de usted —pintor que gusta de escribir— , iba de regreso a casa, un día más, cargado de lienzos y bártulos del oficio, cuando Lary Picón, que no les sonará de nada, tras bajar como una centella la escalera de su vivienda, se plantó frente a mí como un defensa central —era maciza como un miliar romano— espetándome de un tirón: “muchacho eres pintor te he visto desde el balcón mañana llega desde París mi hermano Paco también pintor para pintar y exponer y se quedará en Sevilla un par de meses y yo quiero que tú seas su alumno y su amigo... ¿Qué te parece, eh...? ¡Dime tú!”. Yo, a bote pronto, pensé que se trataba de una estafa… O, tal vez, de un concurso de retahílas a lo Groucho, si bien Lary tenía más la sonrisa de Harpo.

Aquella amistad sería una larga velada que cubriría mi alma de adornos valiosos, como un árbol de Navidad en el que cuelgas los mejores dibujos, acuarelas, casidas, sonetos, sonatas, madrigales, fandangos, fulgores del intelecto… Abrazos; me colmaron el alma de dádivas; fuimos cómplices.

Sé que se trata de un hecho sin trascendencia pública y, sin embargo, es un hito de buena voluntad en esa intrahistoria en la que todos tenemos nuestro papel y nuestra leyenda propia. Y aun siendo una leyenda para mí, es una leyenda blanca, luminosa.

Hoy, ausentes los hermanos, estos “muertos que me amaron en la infancia”, que escribiera Pessoa, me hacen “llorar como un mendigo el silencio cerrado de todas las puertas”. A mí, concretamente las suyas.

Estos días en que acaba de fallecer mi queridísima Carmen, última superviviente del trío, la leyenda intrahistórica de mi amistad con ellos se me está cerrando mal, como una herida que cicatriza de forma irregular, curada en falso. Imagino que todo se debe a lo peculiar del tiempo que vivimos, de lejanías y ausencias. Cariño y honestidad creo yo que nos profesamos sin límite, pero han quedado cosas fundamentales que preguntar y que no se resolvieron a causa del respeto a la intimidad y la precaución que la amistad exige. La llaga seguirá entreabierta por mucho tiempo en mi alma.

¡Qué distintos fueron los tres hermanos —pienso— siendo tan iguales en el tallo medular de su personalidad! Serían casi idénticos allí donde se advirtiera la herencia de sus padres, de cuyo vestigio humano siempre presumieron. No en balde, su padre, maestro de escuela, poseyó una gran formación humanista y cultural, celebrado siempre en aquellos lugares donde se prodigó, hasta el punto de dar su nombre a una vía pública en Villalón. Su huella parece haber sido profunda y duradera como han sido las de sus hijos en mi memoria.

Aquellos chiquillos debieron sufrir lo suyo por razones del tiempo que les tocó: la España de la guerra y la posguerra. De adultas, las chicas habrían llevado también sus heridas propias entreabiertas y, aun así, en el fondo de su miradas resilientes no se hallaba el más mínimo rencor vital.

Ambas, al confiarme sus intimidades, me hicieron sentir en la sangre el carrusel de gozos y silencios que toda una vida arrastra en torno de sí misma y no sólo por causa propia. Nuestra comunicación fue una artesa honda donde fuimos capaces de amasar pan con la emoción y el llanto vertidos en nombre de la amistad: ¡Carmen…! ¡Carmen…! Mujer de cera blanca colmada de abejas celestiales.

Parece mentira cómo unen las lágrimas a personas que un buen día se encuentran bajo el sol de una calle cualquiera que, en lo sucesivo, ya no será cualquier calle. La risa, en cambio, se refleja con la misma inmediatez que el bostezo, para borrarse fácilmente. Pero las lágrimas, aun secándose, nunca se borran.

Francisco Picón Moreno, el varón del trío, tuvo el “privilegio” de defender su elección de vida con uñas y dientes: sería pintor, ni más ni menos. Un salesiano alemán afincado en Sevilla se colocó de su lado. La familia, originaria de La Carolina, había llegado a la capital andaluza tras deambular por poblados mineros y aldeas de Jaén y Córdoba, donde el padre, Diego, iba de escuela en escuela sembrando más que conocimiento. “Ser maestro es algo grande”, dice Miguel Oliver Román en una de sus oraciones. Ese ansia de conocimiento lo heredaron los hijos.

Tras ganar la batalla al padre, un jovencísimo Paco entraría en la Escuela de artes aplicadas donde forjaría una camaradería con futuras grandes personalidades de la escena artística sevillana como Bernardo Víctor Carande, Francisco Cortijo, Paco Cuadrado, Santiago del Campo, José Luis Mauri o Juan Romero.

Superviviente ejemplar, Lary marchó a París a trabajar como servidora doméstica dentro de aquel plan tácito de emigración entre Francia y el gobierno franquista entrada ya la década de 1950. Casi a la vez que De Gaulle promulgaba la Constitución de la Quinta República, llegaba Paco a París, jaleado por Lary, quien le aventuraba un plan mucho mejor que el previsible en el sur de España. Pronto casó con Michèle, joven violinista parisina.

Cuando vine a conocerle, a mediados de la década de 1980, para Paco la meca empezaba a ser el regreso a sus orígenes, como para cada hombre y mujer que llega a su propia cima y averigua el misterio reversible de la vida.

No me importa en absoluto lo que de mordacidad se arroje sobre mi insistente pretensión de situar a mi amigo el pintor Francisco Picón Moreno en algún mapa de la memoria humana. He llegado a escribir al mismísimo director de Le Monde con la intención de publicar su obituario, por lo cual ya nada me hace perder el pulso; tampoco, el norte.

Sabemos que en el arte actual la vara de medir el éxito es telescópica, es decir que se estira a placer, y de Picasso para abajo casi todo parece discutible. Es el mal del siglo XXI que se ha desnortado. Pero esto no sólo sucede en París, en Londres o en Berlín. En todo el mundo jamás ha habido, como ahora, tantos otros mundos que también están en éste.

La obra de Francisco Picón tuvo su vitrina mejor, su techo, en el Salon d’Automne del Grand Palais parisino, donde fue expuesta durante más de quince años, antes de marcharse a Bretaña. Pude verla allí, muy cerca de las obras de Yáñez-Polo y de Ortiz Lara. Me consta que con esto, entre otros éxitos, se sintió más que recompensado.

Eso sí, me sigue doliendo muchísimo que Paco tuviese que marcharse de este mundo —6 de enero de 2016— sin ver realizado su deseo de donar una de sus obras al Museo Provincial de Jaén, cosa que solicitó en la década de 1980 personalmente, junto con su esposa, profesional de la gestión cultural. Durante varios años, ella, la hermana Carmen, las hijas de ésta y yo mismo hemos continuado su propuesta y esperado en vano una respuesta de la institución, cuya sede fue objeto de una reciente remodelación inaugurada por sus majestades los reyes de España. Hemos oído claramente el silencio del sistema, que no es precisamente el de los Hijos de la era silenciosa, esa joya de David Bowie de espíritu lorquiano que espiritualizó Philip Glass.

Para mayor fracaso también se ha marchado Carmen sin ver la consumación de lo que ya podría empezar a tener tintes milagrosos, hablo de la donación de la obra de su hermano al museo jienense.

Con el gusto aún amargo, regreso a los hermanos Picón Moreno de los que guardo tesoros imponderables. De Lary, memoria de su valioso estímulo para llevar mis cuadros a Francia, además de su ayuda práctica en aquellas empresas. Conservo una Biblia suya, profusamente anotada en los márgenes, de su puño y letra. No fueron pocos los años que estuvo luchando para hacerme Testigo de Jehová. Para librarme de aquel bautizo por inmersión que me proponía sin descanso -dicho con todo respeto- tuve que desarrollar más mano izquierda que Antoñete; le decía que sentía pavor a las profundidades. Lary sabía reírse, quería reírse siempre conmigo. Mis recortes y naturales por el asunto de la inmersión no espantaron el inmenso cariño que nos teníamos.

De Paco guardo mucha cultura adelantada a aquella edad mía —libros de arte y música clásica en casetes— y toda una enciclopedia de sabios consejos que aún me sirven. También una tinta china original suya que me regaló en París, una mañana que desayunamos en Palais-Royal, perfumados por el espíritu del neoclasicismo —Paco adoraba a Molière—, y nos fuimos de ronda contemporánea, comenzando con Daniel Buren, siguiendo con Tinguely y Dubuffet y terminando en el Museo Picasso. En el aperitivo se habló de Sevilla, de Braque y de Mozart, algunas de sus grandes pasiones.

Por último, Carmen, cuyo calor humano siento vivo y poético como un fractal incandescente, gracias a la cual tuve acceso a una colección valiosísima de fotos de la familia gracias a la cual pude terminar el retrato de Paco que está en Francia; también tengo un ramillete de sus más tiernos versos, más libros de arte… Y las legendarias cartas de Vincent van Gogh a su hermano Theo, con una dedicatoria de ella en portadilla donde remarca su deseo de que seamos siempre personas en medio de un mundo tan instintivamente primario y reacio.


¡Que descansen juntos, padre nuestro, en la falda de tu montaña azul!

“Espíritus fraternos, luminosas almas...”
Cito esta expresión insuperable de Rubén Darío para terminar.
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