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TRIBUNA

El pulpo, animal de compañía

sábado 04 de septiembre de 2021, 18:39h

Estos días he leído en la prensa esta noticia que, como dicen ahora, “se ha hecho viral” o “se ha puesto en valor”, y que es la siguiente: “Los perros son bienvenidos en este hotel. Nunca tuvimos perros que fumaran en la cama quemando las sábanas. Nunca un perro nos robó las toallas o puso la televisión a todo volumen o se peleó con su compañero de habitación. Nunca tuvimos perros borrachos que rompieran los muebles. Por eso, si su perro responde por usted, usted también es bienvenido”.

Perfecto. Esto no debería impedir que quienes razonan habitualmente “en modo contraconcepto”, es decir, a la contra, reconozcan también que los animales no humanos, como los caninos por ejemplo, tienen unos colmillos con los cuales roen los muebles, se cagan con orden o no en hábitats inexplorados por ellos, ponen sus sucias patas sobre Mozart o en la pared que desean, llenan las habitaciones de pelos que a veces resultan incómodos, especialmente para los alérgicos, y no se ahorran los rastros de babas cuando necesitan abrirse paso entre ellas. Son animales, y nadie podría reprochárselo. Por estas razones que no pretenden en absoluto ser un memorial de agravios, y por otras que el lector sensato podrá comprender, debería exigirse que todos los establecimientos hoteleros tuvieran lugares específicos adecuados para sus perros, sus gatos, o sus mascotas preferidas.

Sin embargo, el pulpo no es un animal de compañía; los animales no son benefactores de la humanidad, pues su necesaria supervivencia está marcada por la evitación de las dentelladas de los colmillos de sus rivales, al propio tiempo ritos ecológicos. Para la vida humana resultan indeseables bichitos como los del Covid, y supongo que si existen personas covidófilas no serán laureados, sino declarados personas non gratas por el resto de la humanidad.

La filosofía animalista hace bien en rescatar la dignidad de los animales, el cuidado y el cariño que podemos llegar a tener hacia ellos, sobre todo cuando la convivencia con los mismos se ha vuelto más grata que la habida con los humanos, por aquello de sir Winston Churchill, “cuanto más conozco a los seres humanos, tanto más amo a mi perro”. Hay quienes tratan a los perros como personas, y a las personas como perros, aunque tampoco pueda negarse que muchos perros dan más cariño a sus cuidadores que algunos seres humanos a sus congéneres. El oso panda, el buitre leonado, o la foca monje (supongo que esto último no será por falta de vocaciones) reciben más atenciones que los niños y niñas abandonados, o que trabajan como esclavos, o en la prostitución.

Hoy el bienestar de muchos humanos que hasta hace poco tiempo fueran pobres ha permitido el cuidado y hasta la exaltación de los animales, algunos de los cuales reciben atenciones en perfumerías, peluquerías, o modisterías de alto standing, y eso por no hablar de la posibilidad legal que ya tienen de recibir herencias millonarias. No sé si estoy exagerando demasiado, pero en cualquier caso solamente oso preguntarme si todo ese dispendio es prioritario al gasto en salud, nutrición, escolarización y amorosa relación con tantos y tantos ancianos, disminuidos, pobres, etc, a quienes no se les saca a la calle ni para mear. Dicho lo cual, que cada perro se lama su hueso.

Hace más de medio siglo visité las Hurdes, tierra sin tierra, donde aquellos jurdanos de mi juventud convivían con sus cerdos apenas sin solución de continuidad en una especie de Babel-Animalandia sin la menor higiene, un formato estabulario tan paupérrimo, que uno no sabía donde acababan los humanos y comenzaban los animales, y a la inversa.

Sea como fuere, la inhumanidad de los humanos, que a veces alcanza formas patéticas, no justifica en absoluto ni el mal trato de los animales, ni los espectáculos donde éstos sufren para solaz de los tendidos de sol y sombra. Quien maltrata a un perro es un perro.

Pero la elevación de los animales hasta equipararlos con las personas es un acto de desesperación antropológica. Tener mucho amor a los animales no debe conllevar el desprecio de ciertos humanos (a los que en otras ocasiones me he permitido denominar huminumanos), pero las personas no juegan en la misma liga.

Seguramente es que no lo comprendo por ser un carca premoderno irredento. Un paso más, y tendremos que sustituir los doctorados por los dogtorados.

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