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TRIBUNA

Democracia y juegos de mesa malabares

martes 21 de septiembre de 2021, 20:10h

Escribió Bobbio en El futuro de la democracia que, «desde la célebre descripción platónica del advenimiento del tirano a causa de la disolución de la polis provocada por la democracia «licenciosa» (el epíteto es de Maquiavelo), la tiranía como forma de gobierno corrompida ha estado ligada mucho más a la democracia que a la monarquía».

Esta afirmación universal válida está más que confirmada en 2021 y es un hecho que, en España, las personas corrientes la hemos asumido, como una bruma que estrangula la vida política nacional, a partir del estilo gubernamental de laminación de la oposición política en plan schmittiano (vulgo: «al enemigo, ni agua») y, en particular, del falso cierre o ‘solución tiránica-mesiánica’ puesta en práctica por los gobiernos central del PSOE-UP y autonómico de ERC, Junts y CUP, y sus apoyos parlamentarios y extraparlamentarios, nacionales y regionales, en su gran mayoría antisistema o devenidos tales, para el abortado golpe de Estado e intento de secesión, organizado y ejecutado por las instituciones autonómicas y elementos de la sociedad catalanas en 2017.

La doctrina de la vida cívica libre, cuya implantación solo es posible pretenderla en el Estado constitucional, entre otras cosas indeclinables, exige que el pueblo o nación sea el titular del máximo poder político reconocido por las ciencias política y jurídica o poder soberano. En un Estado, ningún otro poder se le iguala, y hacia fuera, implica su independencia. Pero el pueblo, para asegurar la libertad y los derechos de los ciudadanos y los individuos, en lugar de ejercer de forma directa tal poder, se autolimita en la Constitución, norma suprema y jurídica. De suerte que no hay normalmente ningún poder en el Estado constitucional al margen o por encima de la Constitución. Ni siquiera el del parlamento. Menos aún el del gobierno, no digamos si es regional.

Porque, también, un Estado constitucional exige la institución de un parlamento, elegido democrática y libremente por los electores, para ser la expresión de la voluntad nacional y elaborar las leyes que obligarán a todos. Un parlamento, centro de gravedad de la vida democrática, que adquiere un significado completamente novedoso. Pedro de Vega, citando a Lorenzo von Stein («el Parlamento es el órgano mediante el cual la sociedad domina al Estado»), escribe que «el giro copernicano de las revoluciones burguesas vendrá determinado por el hecho de que el Parlamento deja de concebirse como un órgano del Estado, para pasar a entenderse como un órgano de la sociedad».

Para que lo anterior funcione, esto es, para que no se rompa la conexión entre los elegidos y los electores, la actuación de aquellos no puede ser solo el resultado de la lógica de la mayoría, ni puede ser secreta con carácter general. Por lo primero, los representantes no pueden desenvolverse como sectarios, sino que han de ser el cauce de la opinión pública, libre, racional y general, que es el sentir de los ciudadanos sobre los asuntos que atañen a la esfera pública. Sentir adquirido con libertad de información y medios, usando la razón y deseada su aplicación de forma que contenga ninguna o la menor cantidad de excepciones posible. Por lo segundo, las cuestiones que se traigan al parlamento deben tratarse en sesiones abiertas al público (el famoso y expresivo «luz y taquígrafos» de Maura) presente o por los medios de comunicación, y ser publicadas.

Según Esmein, para los revolucionarios franceses de 1789, «el principio de publicidad constituye una garantía esencial para la libertad política». Y Bentham, en su Ensayo sobre tácticas políticas, afirma que la publicidad, la «vigilancia del público» es el «modo más constante y universal» de contener a los políticos, siempre sometidos a tentaciones por su poder, y de asegurar la confianza del pueblo y su consentimiento a las leyes; mientras que, con el secreto, «anda siempre la sospecha»; pues, si lo propio de la bajeza es rodearse de tinieblas y cuantas más, mejor, lo propio de la inocencia es «caminar a la vista de todos, para no caer en poder de su contraria». Y es exactamente así.

El fin de todo lo anterior es que la libertad no perezca bajo el siempre caprichoso gobierno de los hombres, como ya escribiera Juan de Salisbury, a mediados del siglo XII, en su amplio, diverso y desbordante Policraticus, culminando de forma expresiva una línea de pensamiento defensora del gobierno de las leyes, que partía de Platón y sumó tan grandes genios de la política y el alma como Aristóteles, Cicerón, san Agustín, san Isidoro, Bracton, y, tras él, a Maquiavelo, Hamilton, Tocqueville o Kelsen.

La profesora Freixes —quien recibirá el próximo viernes el primer Premio Muñoz‑Torrero «a los valores democráticos y constitucionales»— ha descrito certeramente, en «La mesa de tres patas: ¿diálogo, negociación y acuerdo?», los riesgos, incongruencias y amenazas del penúltimo acto de ese camino (¿real?, ¿teatral?) de la ‘solución tiránica‑mesiánica’ de los gobiernos central y autonómico catalán (ni siquiera de sus parlamentos), iniciado con los indultos venales y continuado con la llamada ‘mesa de diálogo’: «La democracia comprende procedimientos y contenidos. Y del mismo modo que los representantes no pueden decidir más allá del marco de sus competencias, tienen que hacerlo en los órganos creados para ello. No son representativas las “mesas de diálogo” que pretendan sustituir a las Cortes».

Crecen las señales de que estamos adentrándonos —no solo en España y no solo por la situación política en España, ciertamente— en el gravísimo riesgo del totalitarismo de masas, guiados por mesías. Ahí está la preclara exposición de Talmon en Los orígenes de la democracia totalitaria, quien, a mediados del siglo XX, concluía ya que «la historia de los últimos ciento cincuenta años parece una preparación sistemática para la colisión precipitada entre la democracia empírica y liberal, por un lado, y la democracia mesiánica totalitaria, por el otro, en la cual consiste la crisis mundial de hoy».

Han pasado setenta años desde entonces. De lo que no cabe duda es de que esa colisión entre democracia y totalitarismo se ha venido padeciendo de forma creciente y sostenida en España desde 2004, sea en forma de baja intensidad o de amenazantes masas. También, casi en paralelo, en otras naciones de la Comunidad Iberoamericana y de Occidente. En los próximos meses, a la sombra de los monipodios de intereses de los distintos tiranos-mesías que padecemos en España, ¿se va a producir el choque frontal de tales opuestas concepciones de la vida en libertad y la vida en esclavitud o estamos ante el enésimo trampantojo como deforma de hacer política?

Ahora que citar a Gramsci parece haberse puesto de moda entre los iniciados y todólogos (de barra de bar, de mesa camilla o de tertulia televisiva y radiofónica), acaso convenga recordar que define el cesarismo, el mesianismo democrático, la tiranía populista en sus Cuadernos de la cárcel como característico de «una situación en la que las fuerzas en lucha se equilibran de modo catastrófico, o sea, se equilibran de manera que la continuación de la lucha sólo puede concluir en la destrucción recíproca».

Estos amados líderes nacionales y regionales, que ocupan actualmente, unos, la dirección política del Estado y, otros, parece que, perpetuamente, la dirección política de su comunidad autónoma, y que se montan unas mesas de juegos malabares, con gestos, flashes, pasarela y verborrea (postureo, en suma), como granadas de mano sin espoleta, se lo deberían hacer mirar por su bien y el bien de todos.

Daniel Berzosa

Profesor de Derecho Constitucional y abogado

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