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PRESENTA 'CARNAVAL SIN FIESTA'

Iñaki Ezkerra: “Ayuso está más cerca del espíritu del Decamerón que toda la tropa de Podemos”

Daniel Villagrasa
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danielvillagrasaelimparciales/17/6/17/29
miércoles 27 de octubre de 2021, 16:48h
Iñaki Ezkerra: “Ayuso está más cerca del espíritu del Decamerón que toda la tropa de Podemos”
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(Foto: Diego Morales)

Este jueves, 28 de octubre, a las 20,00 horas, Iñaki Ezkerra presentará en la editorial Huerga y Fierro (c/ Sebastián Herrera 9) su nuevo libro de poemas, “Carnaval sin fiesta”, en el que toma esa figura alegórica del baile de las caretas y los disfraces para denunciar la mascarada sin alegría que -según él- caracteriza a nuestra época. Comienza el libro con un gran desfile de máscaras, unas máscaras “de antes de que las mascarillas quirúrgicas/ cubrieran el rostro del planeta”. No son las caretas propias del carnaval clásico, que permite el libertinaje, sino unas máscaras que conducen a una serie de prohibiciones. Es un carnaval triste, “Un carnaval sin fiesta”, como titula el libro.

P.-“Hemos llegado a la meta”, dice en el poema que abre el libro. ¿Ha sido la pandemia mundial de la Covid un acelerador de procesos que ya venían fraguándose años atrás?

R.-En efecto. Una situación como la que se inició en febrero de 2020 exigía, sin duda, medidas restrictivas. El problema no está en las mascarillas, que, por cierto, se desaconsejaron en los momentos más dramáticos. Está en las máscaras que las siguieron y que estaban aquí de antes: las máscaras de la corrección política, las de la falsa moral contra la corrupción, las de la sensibilidad social que no es más que fariseísmo e impostura, las de la preocupación por el cambio climático que fingen tener los que luego no se bajan del coche, la moto o el avión (incluido el Falcon presidencial), las máscaras de las ideologías que ya han perdido todo su prestigio y credibilidad, pero se siguen utilizando de manera interesada para la farsa de la política y para meter ruido. Y está también el indisimulado entusiasmo de prohibir por prohibir y durante el máximo tiempo posible; de paralizar toda la vida empresarial del país. Creo que la profilaxis ha sido una máscara del rencor social contra el que tenía un negocio próspero y también un disfraz de la inconsciencia de una clase política parasitaria del erario público que ignora lo que cuesta abrir una empresa, un bar, un restaurante, y lo fácil que es arruinarlo.

P.-El libro se lo van a presentar Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia, y el escritor Daniel Múgica, hijo del que fue Defensor del Pueblo, fallecido durante la pandemia. ¿Por qué esos dos avales para su poemario?

R-Esteban es un hombre comprometido, desde toda la vida, con las libertades, la convivencia, la aceptación del diferente, la inmigración, los sin papeles, pero sin demagogia populista. Es quien más ha luchado desde su Movimiento contra el odio ideológico. Y en los años del Foro Ermua y de la lucha contra ETA siempre lo tuvimos como aliado y como compañero. Eso no se olvida. En cuanto a Daniel, es un escritor que va por libre y a su aire, que tiene sus ideas socialistas, pero al que éstas nunca le han llevado a dejar de luchar por la democracia y contra el terrorismo. Es otro compañero de lucha de siempre y además se acaba de estrenar como poeta social. Recomiendo su poemario “Rabia a rabia”.

P.-Usted hace crítica literaria. ¿Qué más libros recomendaría?

R.-En poesía recomendaría también “Carne de caimán”, de Manuel Madrid, en ensayo, “Ateísmo ideológico” de Ángela Vallvey y “Panfleto contra la trapacería política” de Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes. También “Escombros”, la novela autobiográfica del colombiano Fernando Vallejo. Son autores que no se casan con nadie.

P.-De todos modos, aún en este ‘Carnaval sin fiesta’, hay una gran apertura al optimismo, dentro de la desgracia. Se revisitan otras grandes epidemias: la peste de Florencia que inspiró el Decamerón de Bocaccio, las cuarentenas de Londres, en las cual Shakespeare escribió varias de sus obras maestras. En otro lugar se menciona a Montaigne, el escritor aislado en su torre. “Si todo esto sirviera para un Rinascimento”, escribe… ¿Cree que en este caso la epidemia puede marcar el comienzo de una nueva época?

R.-Debería ser así. No hay crisis más devastadora que la de una guerra, pero, tras la Guerra del 14, hubo una explosión de creatividad sin precedentes, surgieron todas las vanguardias. Y tras la Segunda Guerra Mundial pasó otro tanto; surgieron los existencialismos, los neorrealismos, la fiesta de nuevo en los cines, los teatros, los cafés… La crisis económica del 2007 fue absolutamente estéril y la sanitaria que aún padecemos no ha servido de momento más que para potenciar el desarrollo de la informática y de la ciencia médica. Hay un puritanismo ideológico de signo laico que constriñe cualquier creatividad y la necesidad de celebrar el reino de este mundo. Es un puritanismo tan fanático como el religioso que habíamos dejado atrás. El presentismo que destruye monumentos y la corrección política que censura libros y películas es el Savonarola de hoy que quiere destruir las obras de arte de los Médici porque son ricos. La izquierda está obsesionada con el sexo, cuando la sexualidad es sólo una parte de la identidad del individuo. Es una izquierda que me recuerda a los curas de mi infancia obsesionados con los tocamientos.

P.-Critica el abuso de “esa plural y vaporosa tercera persona” en el lenguaje de las redes sociales y la política. Bien sabe usted que esa tercera persona del plural, el "ellos", así como la primera, el “nosotros”, son muy poderosas en poesía. En la parte “metasocial” de su libro, hay abundantes ejemplos.

R.-El plural en tercera persona al que me refiero es el “ellos”. Ellos nos persiguen, nos manipulan, nos explotan… Esa manía de echar siempre la culpa a unos poderes fantasmales que se parapetan en la sombra. Esa denuncia imprecisa y en el fondo poco comprometida, nada problemática, me recuerda mucho a la de Franco y su conspiración judeomasónica. Las actuales novelas distópicas nacen de esa falsa denuncia que a la hora de la verdad es reaccionaria. La distopía ha llegado con la Covid y ha dejado en ridículo a ese subgénero literario. No soporto el “nos han robado el mes de abril”. ¿Quién nos lo ha robado? Me lo robas tú dándome la brasa con ese lamento cursi. El problema no es el mes de abril sino los muertos. Ésa es una experiencia demasiado fundamental como para liquidarla con apelaciones a las flores y los pajaritos.

P.-"La libertad, el desarrollo y el dinero/nos han disgregado"... es uno de esos versos en primera persona del plural. Los versos es mejor no explicarlos, pero sobre este me gustaría conocer alguna reflexión, alguna impresión.

R.-Creo que España es un país de “nuevos ricos ideológicos”. Se desprecia la Transición, la entrada en la Europa libre y próspera, la clase media que construyó las generación de la posguerra, que es la que ha caído sola y abandonada en los pasillos de los hospitales y de los geriátricos. Se desprecia y se va contra la hostelería que es nuestro gran tesoro y que debería ser declarada Patrimonio de la Humanidad. Se desprecia el turismo, que va unido a la hostelería y que es nuestra gran fuente de riqueza. Mal que nos pese, vivimos de una idea que tuvo Fraga en los años sesenta: el “España es diferente”. La gente que ahora hace cursillos de cata de vinos se ha olvidado de que hace dos días tomábamos vino peleón de garrafa. Se ha olvidado de lo que le ha costado salir a este país de la verdadera miseria y de una historia de guerras civiles. Y cada vez que logramos levantar un poco la cabeza económica, volvemos a votar propuestas suicidas que arruinan lo que habíamos avanzado.

P.-Ha hablado de la hostelería. ¿Qué piensa de la relajación de este sector en la capital de España?

R.-Creo que es uno de los grandes aciertos en un paisaje de errores políticos y administrativos. Y no sólo por el apoyo a ese sector al que hay que proteger sino por su repercusión social, por la necesidad que tiene el ser humano de reunirse, de verse con los otros, de charlar, de reír y de disfrutar de una conversación, de una copa, de un buen plato. Los bares y los restaurantes son el ágora griega de nuestro tiempo. Ir contra ellos es ir contra la democracia y contra la vida. Creo que Ayuso está más cerca del espíritu del Decamerón que toda la tropa de Podemos.

P.-Creo entender que ese "nosotros", ese compromiso con la sociedad, viene de ese momento “exacto de la vida” en el que a uno “no le bastan los cielos/ y los océanos en el atardecer”. ¿Me podría decir cuál fue el suyo?

R.-Pues viene de las experiencias colectivas de crisis: la crisis política de los populismos, la crisis sanitaria, la económica que nos lleva a una situación peor que la del 2008… Viene de este tiempo de mascaradas en que nos quieren salvar de lo que no existe, unos del comunismo y otros del fascismo. Esos diagnósticos hiperbólicos deforman la realidad. No hace falta volver a las tragedias totalitarias que regaron de sangre el siglo XX para hacernos la vida difícil. Basta con crear una situación de deterioro de la vida pública y con embarrar la imagen exterior de nuestro país para que huya la inversión. No hace falta llegar al Infierno para ser desdichados. Podemos lograrlo quedándonos en el Purgatorio de las demagogias, los populismos y los “totalitarismos blandos”.

P.-Su voz es la del poeta comprometido, pero desencantado. Evoca a la generación de la poesía social, que ahora se ha dado también en llamar poesía civil, como dice, y entiendo que los recuerda con cariño, pero con cierta distancia ya. ¿Cómo es su relación con estos poetas?

R.-Es de deuda pero también de crítica. Por eso llamo a mis poemas “metasociales”, porque hay en ellos contenido social, pero también una reflexión implícita sobre aquella poesía. Pese a que la generación del 50 tuvo un tono pesimista incurrió en muchos casos, paradójicamente, en la ingenuidad de la creencia utópica y en el adoctrinamiento ideológico como consecuencia de ésta. Mi actitud es la de mirar alrededor como lo hicieron ellos, pero también de puesta al día, de tratar de eludir sus ingenuidades y sus excesos. En cierto modo esa poesía es más necesaria hoy que entonces porque hoy no hay una esperanza tan simple y naïf en el cambio. Hoy no creemos que con tirar un régimen vamos a ser felices y todo va a poder cambiar.

P.-En el libro hay una sensación de no encajar del todo, de haber buscado la verdad, la justicia, las causas nobles, pero no haber encontrado sino desencanto. Un constante sentimiento de malentendido, de desazón. Pienso en el tono que adquirió en algún momento de su vida Luis Cernuda, un poeta que a mí todavía me sigue fascinando. Usted nombra a Gil de Biedma, en buena medida discípulo del sevillano. ¿Qué le dice Cernuda a día de hoy?

R.-Cernuda es un poeta al que tengo siempre muy presente por lo que tiene de reflexivo y porque esa reflexión no contradice ni lima su temperatura lírica. Reflexión sobre la vida, sobre la muerte, sobre su sociedad y su tiempo, sobre nuestro país. En los últimos tiempos, me vienen a menudo a la mente unos versos suyos, los dedicados a los asesinos de García Lorca: “el español terrible que acecha lo cimero con su piedra en la mano”. ¿Por qué será que me acuerdo de esas palabras? También me vienen a la cabeza con mucha frecuencia citas de Machado, que lo dijo todo de España y al que deberían leer nuestros políticos. Por poner una nota optimista a esta conversación, diré que vivimos un momento emocionante e inédito en la historia de la Humanidad: en menos de un año salieron cuatro vacunas contra la Covid-19. Esto no tiene precedentes históricos. Sin embargo, hay quien sólo busca el legado negativo -los intereses de las farmacéuticas- para arremeter contra la economía libre de mercado. Hay quien cree que pensar así es muy progresista, pero es lo peor del carácter español. Mientras hay gente trabajando día y noche en laboratorios por salvar a sus semejantes, hay quien sólo se dedica a criticar o a hacer chistes malos en las redes sociales, gente que no aportada nada y que ya la describía Machado cuando aludía al “español de espíritu burlón y de alma quieta”.
Como ve, paso enseguida del optimismo al pesimismo.

P.-Sobre toda esa amargura, es difícil no hablar de algo que está a flor de piel y es la situación en el País Vasco, el blanqueamiento de la izquierda abertzale y la violencia etarra. ¿Podría comentarme algo sobre esto?

R.-El verdadero blanqueamiento no es el de ETA ni el de la llamada izquierda abertzale sino el del PNV. Esos sí que están siendo blanqueados y exonerados de sus responsabilidades. Nos dan lecciones a todos, pero han creado un País Vasco de silencio. Si el PNV quisiera, se acabarían los homenajes a etarras en 24 horas. Creo que hay mucha gente a la que le gusta hablar de ETA para no hablar del PNV.

P.-En la última parte, ‘Poemas de la revisión’, se acentúa el desencanto, la sensación de reflexión inevitable sobre la vida pasada, natural durante el parón de la cuarentena. Vivimos una especie de examen de conciencia colectivo en esos días aislados. El balance que usted hace no es muy alentador. Supongo que la vida, cuando se detiene, queda así de inconclusa, como un gran malentendido. ¿Cómo lo vivió?

R.-Ya digo que el problema venía de antes. Las cuarentenas han venido a ser unos ejercicios espirituales que pueden resultar provechosos si no sirven para valorar lo que tenemos, para celebrar las libertades que hemos conquistado, para rebelarnos con el ultranormativismo y el ultraintervencionismo moralistas que se quieren meter en nuestras vidas privadas, en nuestro lenguaje, en nuestra manera de sentir y de pensar. La última tontería que he oído es la del cursillo para tener perro. Esto ocurre en un país en el que al presidente le han regalado un doctorado y al jefe de la oposición un master. Por otra parte, ésa es una iniciativa que denota la improvisación en la que se mueve esta gente. Si la medida saliera adelante –que no creo que salga- sólo serviría para que muchas personas renunciaran a tener un perro en casa y para que muchos animales acabaran siendo abandonados. Conseguirían algo tan rocambolesco como llenar todo el país de perritos vagabundos. En fin, una idea propia de “La cena de los idiotas”.

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