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TRIBUNA

Siria, rubor de sangre inocente y versos discordantes (I)

jueves 16 de diciembre de 2021, 20:31h

La sangre malvertida en Siria no sólo ruboriza sus propias piedras, más antiguas que la fábrica humana que las convirtió en arquitectura: barrios humildes y minaretes, hoy desplomados como estructuras de naipes. Me pregunto si después de tantos siglos de experiencia es lícito seguir asentando el futuro sobre sangre derramada.

Uno cree que la sangre seca será capaz de hallar algún día, en esa escombrera de desaparecidos, el camino de vuelta hacia la vida en paz. Dios aseguró a los profetas tenerlo todo controlado; vamos... que la carne se recompondría y los cuerpos resucitarían. Hay quien cree esto a pies juntillas y hay quien, como se dice en el mismo Corán, es “porfiador evidente”.

Y sin embargo, Santo Tomás de Aquino, que dio pábulo al aristotelismo del cordobés Averroes, aseguraba que “no puede ser que algo natural cambie y permanezca su naturaleza”.

El mundo entero ha debido enmudecer ante el devenir de los acontecimientos. Las someras crónicas diarias sobre la marcha de la guerra, de forzada perspectiva aunque siempre elocuentes, dejaban el corazón helado (vaya también, a todos los suyos, mi pésame abierto por Almudena Grandes, esa íntegra fortaleza).

Toda esa sangre que ya no desemboca... —habría podido decirlo Federico García Lorca—, que no desemboca en corazón alguno —sangre descartada y marchita—, debería tener otra oportunidad en alguna otra naturaleza por un principio innato de razón; además de tener en este mundo su consideración ética y poética más misericorde, que la saque a la vista de todos como lo que es y lo que dejó de ser o pudo haber sido, que todo eso puede la poesía, como supo ver María Zambrano.

El periodismo, que es capaz de estar en el lado mejor de la poesía —la bufonada suele estar en el malo (Carlos Rojas Vila dixit)—, se ha batido el cobre, y mucho más, en este asunto. Que periodismo y poesía tienen una razón esencial común lo demuestran creadores como el sirio-palestino Rami Al-Asheq, autor de Nadie advirtió que habías muerto o la también siria Shurouk Hammoud.

Lo peor de todo este estado de cosas ha estado y está en esas estadísticas que asoman su rostro demacrado en los medios, según las cuales miles de mujeres y niños inocentes han muerto estos últimos años como si en ellos recayese la culpa del mundo.

Un andaluz como el infrascrito, de lejano linaje fenicio —siriopalestino— tiene mucho más que sentir respecto a Siria y los sirios que ningún otro habitante de Occidente, amén de los nativos en la diáspora. Hay aquí mucho que sentir y orar —con permiso del poeta sirio-libanés, Adonis (Ahmad Said)—, pues no hay razón en puridad que contabilice y justifique los asientos de tanta pérdida, amén que ya se perdió la cuenta misma hace años. Pero parece evidente que la poesía tiene razones para hacerse oír, pues como dijo Paul Eluard “habla por todos aquellos hombres que se callan…”.

Para desvelar sobre el plano las razones de lo que viene ocurriendo, ya de largo, están los politólogos —expertos en geopolítica y otras derivadas— además de los antropólogos y doctores en psicohumanidades, que creen conocer bien los motivos y las implicaciones. Todo Debe ser parece estar supeditado allí a un momento evolutivo particular que subordina las consecuencias a las circunstancias.

No hace mucho, Bernard-Henri Lévy conminaba de nuevo a Europa a detener los terribles acontecimientos. Edmund Husserl, que vivió la Gran Guerra, advertía que el peor enemigo de Europa estaba en el cansancio y esto sin saber lo mucho malo que aún habría de padecer el Viejo Continente. Pero, indudablemente, ésta de hoy no es ya ni tan siquiera la Europa de la ceguera que visualizara Martin Heidegger tras la Segunda Guerra Mundial; la de ahora está viéndolas venir.

Parece cierto que Europa no puede vivir al margen de la cuenca toda del Mediterráneo pero… ¿Puede hacer algo la cuna de la democracia más allá de la diplomacia y el humanitarismo?

Acaso sea cierto que la poesía —que no es un juego floral como tanta gente sigue creyendo— tiene el don casi exclusivo de poder desenredar las madejas de dolor vivido y fomentar la empatía que la humanidad necesita, aherrojada, como está, en la caverna del rencor; tal vez sea la poesía la única razón capaz de sacralizar tanta correntía de sangre.

La oración que se eleva a Dios se supone yema espiritual de poesía; comprometidas con el presente están las flamantes de mons. Oliver Román. La poesía es, como cantó Celaya, un arma cargada de futuro: “(los asfixiados…) piden ley para aquello que sienten excesivo”. Esta ley no es sólo un artefacto jurídico, también es un ideal, un Debe ser como dijo don Ortega y Gasset.

Dedico estos párrafos a Mohamed Samir Assaleh, creador sirio de Alepo que se vino a la Sevilla pre-Expo‘92 una década antes del evento— por expreso deseo de su abuelo, arquitecto homónimo, y se hizo mi amigo. Sabe alternar la bellísima caligrafía árabe de sus pensamientos poéticos con una creación contemporánea audazmente expresiva de cariz universalista. Es un sirio del siglo XXI… O más allá.

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