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TRIBUNA

Siria, rubor de sangre inocente y versos discordantes (II)

martes 21 de diciembre de 2021, 20:51h

Aunque uno no pinche ni corte —a Dios gracias—, y aunque no pretenda inmiscuirse siquiera analíticamente en razones y sinrazones ajenas, puede sentir, sin mucho esfuerzo, el dantesco escalofrío que ha recorrido las entrañas de Siria, nación hermana que llegó a plantar aquí esquejes de sabiduría que aún retoñan.

¿Quién duda que una de las mejores joyas arquitectónicas de inspiración divina en nuestro país es la Mezquita Aljama de Córdoba? El emirato cordobés independiente, del incipiente al-Andalus, de extracción siria, quiso recuperar el aliento interrumpido de la Gran Mezquita de Damasco, violentada vengativamente por los abbasíes cuando se instauró el califato de Bagdad.

En la Mezquita de Córdoba, un creyente cualquiera —no sólo musulmán— siente —deseo místico-poético— que puede tocar la gloria de Dios —la vasta horizontalidad de Dios— con los dedos, tal como dijo el príncipe Constantino de Baviera haber sentido en la Capilla Sixtina un día de 1952.

Aunque a uno le llene de alegría la alabanza y gratitud para con Dios —verdad misma, principio de sí misma y virtud trascendente para con todos los hombres—, comprendo, hasta un punto, que experiencias de frustración absoluta como las bélicas sean causa de rebeldía existencial para muchos hombres y mujeres, no sólo de pensamiento y poesía, en cualquier rincón del mundo.

Muchos de estos asesinan al Dios padre en sus corazones después de haberse perseguido a su enviado —Islam— o derramado en sacrificio la sangre del Hijo —Cristiandad— por predicar una verdad de concordia: amar al prójimo. Parece ser una ecuación mal resuelta, aunque Heidegger trataba de resolverla razonando lógicamente que aquel que ha experimentado la muerte de Dios no puede ser otra cosa que un sin-dios.

Pero mi interés y comprensión por el escepticismo racionalista no deriva en absoluto de una controversia con lo divino —creí siempre en Dios haciendo uso de mi razón— sino de una desconfianza para con lo humano: lo ilógico de su comportamiento, de un lado, y, del otro, una admiración por el libre albedrío, que no es un mérito de los hombres pues parece venir de serie.

No podría llegar a pactar incondicionalmente un contrato espíritoexistencial con mujeres y hombres escépticos —tengo el estigma del creyente— y, sin embargo, me despiertan más interés que muchos creyentes en su aberrada forma de creer; lo que me resulta más emocionante es la grandeza de quien nos ha hecho tan libres que ha subordinado los peligros-para-la-fe a la libertad. Por ello, alabo las razones poéticas de las actuales poetisas sirias, Shukair, al-Masri, Hammoud… que exponen ante el mundo, con valentía, el cadáver del dolor sufrido y la añoranza de lo perdido. Y, ciertamente, no parece la venganza un clamor propio de la poesía.

Sé por lecturas del libanés Amin Maalouf que al-Ma’arri, poeta sirio de al-Marra —Ma’arat al Nu’man (Idlib)—, a caballo de los siglos X y XI, mentaba —libérrima actitud dentro del Islam— la irreversibilidad del destino de los hombres, el cual, llegado el momento de hacerse añicos por el infortunio, se quedaría roto para siempre como una jarra de vidrio que se rompe.

Aquel al-Ma’arri —un sindiós— no soportaría la lectura de los profetas —logos intermediaros— que anunciaban una salvación eterna para el hombre de fe y bondad; la resurrección de la carne, la misma de la que habla el Corán y que Dios anunció a Ezequiel —Vaticinare de ossibus istis (profetiza que estos huesos secos volverán a la vida)— debía resultarle a al-Ma’arri una suerte de fábula como aquella del caballo de ébano de Las mil y una noches, por poner un ejemplo fabuloso que tal vez leyera el poeta.

En el célebre cuento, un corcel mecanizado —téchne literaria que se haría realidad con los siglos— transporta a un apuesto príncipe persa de un reino al otro con solo accionar un botón. Es la fantasmagoría poética de la que hablaba María Zambrano. Supongo que algo parecido debían parecer los profetas a al-Ma’arri en su libérrima racionalidad.

A mí los profetas me fascinaron desde muy joven. Para los místicos sufíes, son el gozne entre Dios y los hombres. Para el poeta contemporáneo sirio —aún vivo— Adonis (Ahmad Said Esber), los profetas vinieron a complicar las cosas, bien claro lo deja siempre y con especial determinación en poemas como El nuevo Noé, donde su autor incide en un afán de desafío para con la idea de Dios; prefirie hundirse en el “gélido mar de hierro” de la existencia, en su “cita con la muerte”, razón poética de impronta pesimista, del jaez de un Schopenhauer, que Adonis no reconoce como tal.

Adonis culpa a los profetas de mucha lección mal impartida o mal entendida y halla en la verticalidad racional de la poesía una alternativa a Dios, tal como éste es conocido. Aboga por una nueva versión divina pues, según dice, el hombre debiera haber tenido la oportunidad de escapar a “este Mundo, su Señor y su Infierno”; por el contrario —se lamenta el poeta—, se ha visto forzado a experimentarlos “nada menos que dos veces”.

Tal vez, toda esa, cuando menos aparente, pesimista racionalidad —esa racionalidad misma— tenga raíces antropológicas de humanísima desconfianza. Quizá, ésta no deje ganas, a muchos, de ahondar en dogmas y sí de abrazar la plenitud de las cosas, de la que habló María Zambrano. Para mí, desde joven, Dios y poesía suponen espíritu puro que desciende al foro de nuestra razón.

Parece evidente que el poeta al-Ma’arri, cuyas estatuas han sido mutiladas en Iblid por quienes no comulgan con su descreimiento, quedó marcado por las monstruosidades cometidas a manos de los ejércitos cruzados en las ciudades sirias, allá en los comienzos del siglo XI. Maalouf narra en páginas escalofriantes el sitio de la ciudad natal del poeta. El malditismo actual que sufre éste último podría derivarse de su concepto del hombre religioso como ser “descerebrado” según dejó escrito con cierta intolerancia.

Quien se aferra orgullosamente a su fe parece no ser capaz de comprender la decepción que sufre el descreído. Para éste, lo decepcionante está en la incapacidad —minoría de edad— que se atribuye aún a la razón en determinados ámbitos… El sapere aude (Atrévete a saber), todavía en rodaje para muchos.

“Porque está (la palabra divina) sobre la razón es tenida como contraria, y esto no es posible”, concluyó Santo Tomás de Aquino.

Dedico estos párrafos a Mohamed Samir Assaleh, creador sirio de Alepo que se vino a la Sevilla pre-Expo‘92 una década antes del evento— por expreso deseo de su abuelo, arquitecto homónimo, y se hizo amigo mío. Sabe alternar la bellísima caligrafía árabe de sus pensamientos poéticos con una creación contemporánea audazmente expresiva de cariz universalista. Es un sirio del siglo XXI… O más allá.

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