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TRIBUNA

Siria, rubor de sangre inocente y versos discordantes (III)

jueves 23 de diciembre de 2021, 19:59h

Estaban tan desprovistos de seguridad militar los reinos sirios de la Edad Media que los invasores extranjeros propagaron sus violentas razzias por todo su trayecto hacia Jerusalén. Siria se llevó una malísima parte a lo largo de la Edad de oro del Islam (siglos VIII al XIV), desmembrada su unidad política en pequeños territorios encerrados en sí mismos y, muchas veces, en discordia; no otra cosa ocurría en los siglos X y XI entre Damasco y Alepo, cuyos príncipes no tenían relación alguna aun siendo parientes.

Dice Amin Maalouf que la guerra por principios de fe era algo a lo que sólo recurrían los príncipes en apuro... Que aquellos reinos, en definitiva, fueron presa de la pura y cruda rapiña de los extranjeros. Por la misma razón, los sarracenos asolaban Europa y, después, los armenios de Cilicia, los mongoles, los mamelucos, los mismos cruzados darían la puntilla a Siria en el siglo XIV. Es la vieja historia ecuménica de la codicia enmascarada de justificados y elevados propósitos.

Resulta del todo revelador que el mismísimo Saladino reconociera la “falta de ardor” religioso de los ejércitos musulmanes.

Uno de los estigmas de la poesía épica árabe clásica, desarrollada en Siria a lo largo de la Edad de oro por poetas como al-Mutanabbi es, según Adonis, su espíritu panegírico, servicial para con el Estado y sus líderes. Era un estigma común a toda la poesía islámica clásica, desde el propio al-Mutanabbi a Wallada bint al-Mustakfi, la bella poetisa de al-Andalus.

Precisamente en el verso laudatorio halló al-Mutanabbi el fuelle de su medra, que le llevó de triunfo en triunfo hasta Alepo, emirato independiente pionero en una Siria que, como todo el Islam, formaba parte entonces del califato abbasida con capital en Bagdad; llegó a ser epicentro del mundo con el califa al-Rashid y su Casa del saber, transitada por sabios de todas partes antes de ser destruida por los mongoles en el XIV. Entre tanto panegírico, Al-Mutanabbi caería en desgracia tras unirse en Siria a la herejía de los Cármatas e incurrir en calumnia.

Se suele armonizar con la vida y el mundo a través de la poesía; se puede reconciliar uno con lo perdido, pero también se puede rebelar uno contra el destino. El verso es una verdad abierta a todos los frentes. Está el verso que trenza guirnaldas de gloria temporal y el que sopesa las ramas abatidas del llanto; y el que busca una totalidad soñada, computando el ritmo esencial de las cosas, tanto las que son como las que no son, y podrían tener el privilegio de ser, como lo vió María Zambrano… En este último verso se condensa en certeza —en gran probabilidad— lo inexplicable.

La música también es un vehículo mágico para el trámite humano de trascender el umbral de la normalidad. Para los místicos sufíes, con los que une muchísimo a Adonis, la música es vehículo que acerca a Dios; no en vano el sufismo, ese afán de las prácticas internas del Islam, es aseo y gimnasia espiritual que purifica y fortalece el alma. Cosa así dijo sentir nuestra santa Teresa de Jesús: “porque toda fuerza exterior se pierde y se aumenta en las de el alma para mejor poder gozar de su gloria” (El libro de la vida).

No siempre hubo lance místico en la gran poesía árabe, ya lo hemos visto en los sirios al-Ma’arri y Adonis. Un contemporáneo del primero en al-Andalus, El rey poeta de la taifa de Sevilla, al-Mut’amid Ibn Abbad, escribió una poesía épico-erótica que habría desnortado a la mismísima Safo; en el Islam, los versos de amor eran trance común.

Al parecer alejado de toda práctica interna, el rey poeta sevillano sí que supo conciliar con total naturalidad el panegírico —autobombo en su caso— y la sensualidad con el dolor de su destino en cautiverio. Su flagrante abandono de los preceptos religiosos sería más efecto de enajenación en placeres mundanos que fruto de descreimiento.

La dinastía abbadí tenía ascendencia de tribus preislámicas sirias. Según aprendí en mi juventud de la malograda profesora María Jesús Rubiera Mata, sus antepasados más inmediatos habían llegado a la Península Ibérica en el siglo VIII en una de las muchas oleadas migrantes provocadas por la caída del califato omeya de Damasco, con una onda expansiva de excluídos del nuevo imperio califal abbasida que barrió todo el norte de África.

Dos siglos después, Al-Mut’amid llegaría a conquistar Córdoba en medio de la debacle de su califato y narraría líricamente los hechos con la misma erótica de poder con que solía glosar sus lances de amor en el harem. Su profana visión del mundo poco tuvo que ver con la de los Abderramanes de Córdoba —el tercero de ellos se hizo llamar “el que hace triunfar la religión de Dios”— y aún menos con la concepción piadosa y pura que los almohades bereberes tuvieron del Islam.

Mi amiga Magdalena Valor Piechotta, doctora medievalista de la Universidad de Sevilla —madrina de algunos de mis proyectos—, nos cuenta todo sobre la Sevilla almohade en su exquisito libro homónimo.

El libre albedrío, el mayor regalo de Dios a los hombres es su mayor razón discordante; el origen, muchas veces, de la sinrazón. Y, aun así, un don inigualable.

Quiero recalcar que esta modesta aproximación en tres etapas a la Siria de hoy y de ayer nace de una absoluta necesidad de expresar mi respeto por su pueblo y del profundo dolor sentido estos últimos años. Y está más cerca del corazón —con el permiso de Adonis— que de la verticalidad racional.

Desde el alféizar escarchado del invierno español, cuando la cuajada de azahar es un sueño lejano en las copas, sólo pretendo reflejar hacia el abatido pueblo sirio las fraternas palabras del poeta para con España, consciente de que solo la diplomacia y la razón pueden prosperar.

Dedico estos párrafos a Mohamed Samir Assaleh, creador sirio de Alepo que se vino a la Sevilla pre-Expo‘92 —una década antes del evento— y se hizo mi amigo. Sabe alternar la bellísima caligrafía árabe de sus pensamientos poéticos con una creación contemporánea audazmente expresiva de cariz universalista. Es un sirio del siglo XXI… O más allá.

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