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El Estado no es la solución

Lorenzo Bernaldo de Quirós
domingo 21 de septiembre de 2008, 16:32h
Ante este trágico panorama, la solución es el activismo fiscal, financiero y regulador del gobierno. Esta es la tesis sostenida por un número creciente de sectores de la opinión pública mundial y lleva camino de convertirse en una falsa verdad popular. Sin embargo, la realidad no es esa. La tormenta que sacude la economía y las finanzas globales tiene su origen en un monumental “fallo de Estado” protagonizado por el banco central estadounidense y, sorpresa, por su excesivo celo regulatorio. Esta aparente paradoja merece un comentario y ofrece lecciones sustanciosas a los partidarios de aprovechar la crisis para aumentar las funciones y el poder del Estado.

La política monetaria desplegada por la reserva Federal desde su creación en 1913 ha sido el factor determinante de todos los ciclos de auge y depresión así como de los procesos de “exuberancia irracional” primero y desplome después experimentada por los precios de los activos en los EE.UU. Esta tesis se ve apoyada por una extensa literatura económica y por una abrumadora evidencia empírica. Las inyecciones de liquidez realizadas por la FED en “todas” las crisis registradas por la bolsa norteamericana desde 1987 han impedido que el mercado depurase los excesos cometidos en las sucesivas fases expansivas y ha alimentado comportamientos irresponsables de los gestores ante el convencimiento de que la FED correría en su socorro. El instituto emisor norteamericano ha alimentado esas dos dinámicas con su política de dinero barato, lo que sólo ha servido para postergar su inevitable corrección. El drama es que, a medida que los desequilibrios se han acumulado, su purga se ha vuelto cada vez más dolorosa y su efecto contagio mayor. Sin embargo es bastante patente que el villano de este drama no son las finanzas sino la intervención estatal en la economía, protagonizada, en este caso, por la Reserva Federal.

Con independencia de los indudables efectos benéficos sobre la actividad económica producidos por el binomio liberalización-innovación financiera (diversificación del riesgo, suministro de liquidez, capacidad de atracción de inversión extranjera etc.) es importante señalar un hecho fundamental. Los impulsos más importantes al desarrollo de las innovaciones financieras han venido siempre de la regulación y de los impuestos. Estos alteran los diferenciales de rentabilidad y en consecuencia crean nuevas oportunidades para que los innovadores las exploten. En otras palabras han sido los excesos regulatorios de los gobiernos -nueva sorpresa- los responsables principales del nacimiento y el desarrollo de los mercados e instrumentos financieros que hoy protagonizan la crisis. Esta tesis se ve sostenida por la experiencia y también por la moderna teoría de las finanzas. Por eso, un fortalecimiento de la regulación no arreglará nada. Los cortesanos del rey vikingo Canuto le pidieron que utilizara sus poderes para contener las mareas. Obviamente fracasó. Los reguladores que persiguen utilizar el poder del Estado para controlar la marea de la innovación financiera no tendrán mayor éxito.

La situación norteamericana es un caso paradigmático del fracaso del activismo del gobierno y del banco central norteamericanos para restaurar la confianza. Ni el recate subvencionado de Bear Stearns ni la nacionalización billonaria de las gemelas Freddie y Fanny han servido como cortafuegos al incendio ni tampoco lo harán las transfusiones a AIG. Las únicas y limitadas soluciones son las provenientes del mercado –liquidación de activos, fusiones y adquisiciones y quiebras- o convertir, como ha escrito Charles Buiter, a los EE.UU. en la Unión de Repúblicas Socialistas de América mediante masivas nacionalizaciones de los activos insolventes o a una socialización total de las pérdidas de las víctimas del tsunami económico-financiero cuyo coste sería inasumible para la economía americana y demoledor para la pervivencia y credibilidad del modelo de capitalismo que representa.

Las medidas keynesianas y el endurecimiento de las regulaciones no son el camino adecuado para superar la crisis como no lo han hecho nunca en el pasado. No fue el New Deal sino la Segunda Guerra Mundial quien sacó a América de la Gran Depresión y han sido los excesos regulatorios del gobierno los que han dado nacimiento a esos mercados e instrumentos sofisticados y opacos a quienes hoy se acusa de ser el origen de todos los males.
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