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Sexo

domingo 21 de septiembre de 2008, 16:35h
Hablamos tanto de sexo, sin reparo ni censura alguna, que estamos empachados de él. El sexo ha pasado de ser un morboso tabú al que recurrir como evasión, a ser un deber de la bienpensante sociedad sigloveintunina. Y no es que me queje –últimamente me han acusado de no dejar de protestar y quejarme por cualquier cosa a través de estas líneas-. Al contrario, me encanta el ambiente liberal, que no libertino, que caracteriza a los días que vivimos. Me divierto mucho hablando de sexo, me encanta ver cómo cada cuál desarrolla su libertad sexual de la manera que más feliz le hace –por supuesto, siempre respetando los límites obvios de respeto a los demás- y creo que muchos de los traumas que antaño afectaban a la personas se han superado gracias a la desaparición de las férulas que antes omprimían los instintos.

Sin embargo –sí, aquí es cuando llega la queja- el exceso y el foco de luz continuo amenazan con destruir uno de los componentes fundamentales del sexo: la aventura, la emoción, el secretismo, el oscurantismo… en definitiva, el aura de ruptura de las normas, de baile con los prohibido que convierte en única cada una de las historias que merecen la pena ser contadas o, mejor dicho, recordadas, en lo más recóndito de ese rincón que reservamos en nuestra mente para los pecados de los que secretamente nos enorgullecemos más que de nuestras mejores acciones.

Hoy en día es más fácil que nunca acostarse con una persona. Sólo hay que acercarse a cualquier antro, garito o discoteca, beber unas cuantas copas y bajar el listón. El polvo –con perdón- está asegurado. Pero claro, el sexo es algo más que un ejercicio atlético o automatizado. O al menos debería serlo, ¿no? Porque, si no, qué sentido tendrían los kamasutras y demás preciosismos amatorios, desarrollados e imaginados tras miles y miles de años de evolución. El sexo es un arte y banalizarlo o convertirlo en un mero ejercicio físico es robarle el ingrediente que lo convierte en el motor del mundo.

Así como Austin Powers no es nada sin su mojo, el sexo sin morbo, misterio e imperfección es un mero intercambio de fluidos, una necesidad biológica destinada al aburrido instinto de perpetuar la especie. Y ojo, que no estoy hablando de amor o compromiso. Hablo de atracción, pasión, locura y entrega, aunque sólo sea durante unos minutos, de miradas, imaginación, morbo, sensualidad… Para alimentarnos nos bastaría con una de esas pastillitas concentradas que los astronautas se llevan en sus viajes espaciales, pero estamos de acuerdo en que la textura de un buen rape bien cocinado eleva a la enésima potencia el aburrido acto de ingerir nutrientes. Pues eso… que en un mundo acostumbrado más a contar que a valorar, hay cosas que es mejor seguir midiendo por calidad y no por cantidad.

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