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TRIBUNA

El metro de Sevilla te inspirará un racimo de oraciones únicas, parece haber dicho Dios a monseñor Oliver Román

miércoles 19 de enero de 2022, 20:50h

Miguel Oliver Román no quería que en su nuevo libro Oraciones para rezar en el metro (Editorial Bubok, 2021) apareciese la más mínima información curricular, ni académica-teologal ni sacerdotal, sobre sí mismo.

Un libro que nace como soporte generoso para el creyente que desea elevar su plegaria a Dios tiene tres protagonistas unívocos: el propio Padre eterno; Jesús, su Hijo unigénito y rey de la gloria, como se dice en el Te Deum; y su madre, santa María la virgen, a la cual, el autor llama “singular orante”. A esta otra trinidad, con su gran poder y tantísimas advocaciones, dedica Oliver Román las más tiernas “llamadas de auxilio” y gratitud para el rezo del hombre contemporáneo.

A mí me parece que la tercera persona de la Santísima Trinidad, reconocida esencialmente en el Concilio de Constantinopla después de ser largamente intuida, estaría sobrevolándolo, rociándole su gracia, mientras creaba este bello rosario de plegarias y súplicas.

El Espíritu —Señor y dador de vida— da pruebas históricas de su incombustibilidad y en monseñor Oliver, como en tantos hombres de fe elegidos, el Espíritu arrecia hasta la plétora, lo cual nunca es en balde, como parece haber demostrado él desde que, siendo un zagalillo, fuese inspirado por la vocación sacerdotal que quiso anidar en su corazón.

Aquel momento existencial conllevaría el acto libérrimo de ese anticiparse-a-sí mismo que razonase Heidegger, cuando el niño Miguel se vió, en el espejo del sastre, orgullosamente vestido para el seminario menor como “un cura en miniatura”, en sus palabras.

Su libro tiene otros, muy pocos, protagonistas de la tradición católica. De San Francisco, Il poverello di Asissi, Oliver Román recoge algunas citas de su Cántico del hermano sol o Alabanzas de las criaturas, del siglo XIII, donde se loa al Señor por su creación universal con todas las criaturas que habitan la tierra. También se alude a los Reyes Magos, en el prólogo de la obra, por un recuerdo vivido en la infancia del autor con ocasión de su efemérides festiva.

Por lo demás, del autor sólo consta su nombre, en la cubierta y portadilla, e iba a salir tan pequeño que se le aconsejó que lo ampliase; un claro ejercicio de humildad que ya advertí desde los primeros días de la concepción del libro cuando, allá por 2018, me dio a leer el manuscrito, aún por terminar. Sí que nos queda patente, por explícita confesión suya, la deuda espiritual de este libro con otro, de mediados del siglo XX, Oraciones para rezar en la calle, de Michel Quoist.

Es voluntad mía y sólo mía, contar quién es monseñor Miguel Oliver Román a quienes no lo sepan. Prefiero hacerlo antes de hablar de su libro, que a eso he venido aquí, fascinado por su sencillez y su misión generosa en emociones y en su propósito de ayuda al hombre que busca conectarse con la gloria de Dios en otra red más espiritual que cibernética; más inmediata, aun, que la cuántica.

Nació el 12 de enero de 1935 en Los Molares, un pueblito sevillano

que no hace mucho le dedicó una plaza reafirmando el gran amor que siempre le tuvo desde que salió muy pequeño hacia el seminario menor para volver en 1961, ya ordenado sacerdote por el cardenal Bueno Monreal, días a los que se refiere como “efemérides inolvidables” en su vida. Los vivió junto a sus seres queridos —su hermana Isabel de todos los Santos, ataviada de mantilla para la ocasión— y el pueblo entero en su primera misa celebrada en el lugar que le vio nacer.

Su llamada al sacerdocio fue, según confiesa, más que precoz, jugando ya a celebrar la misa con sus hermanos y amigos, y viviendo en aquellos primeros años muchas anécdotas de feliz inspiración cristiana para su poquísima edad, alguna digna de película. Se podría decir que fue un niño prodigio vocacional y, también, intelectual, tal ha demostrado en su larga vida eclesial.

Que yo sienta por él tanto cariño y admiración desde que Dios me puso en su camino, allá por 1990, no condiciona la objetiva descripción de los hechos que han conformado su vida como sacerdote y como teólogo, recompensada, la primera, por Juan Pablo II con el título de prelado de honor de su Santidad y, la segunda, con la concesión de la medalla de oro del Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, del que fue rector y profesor de Escritos de san Juan; es conocida su trilogía exegética sobre el Libro del Apocalipsis.

Esos títulos académicos que no ha querido lucir en las páginas de su último librito —menudo en tamaño y grande en inspiración— son diplomaturas y doctorados en Teología —diversas ramas— por la Universidad Urbaniana, el Pontificio Instituto Bíblico, la Universidad Lateranense, todas instituciones romanas, ciudad donde residió en los años del Concilio Vaticano II, y donde fue bibliotecario del Colegio Pontificio Español y donde colaboró en Radio Vaticana.

Luego se diplomaría en Teología por el Pontificio Instituto ‘Lumen Vitae’ de Bruselas y cursaría estudios de Ciencias Sociales y Psicología en la Universidad Gregoriana de Roma y la Universidad de San Bernardo de Madrid. A todo esto añado —admirado desde siempre—, su dominio absoluto de varios idiomas.

En 1993 dirigió, como secretario general, el 45º Congreso Eucarístico Internacional de Sevilla, después de haber sido durante muchos años delegado nacional de la Conferencia Episcopal para los Congresos Eucarísticos Internacionales. Ha sido rector de la Iglesia sevillana del Corpus Christi y es, para concluir esta semblanza, canónigo magistral de la Catedral de Sevilla, donde nos casó a Rosa y a mí en 1992, delante de la Virgen de los Reyes. Fue en estos años como canónigo de la Catedral hispalense cuando en su trayecto diario en el metro-centro, desde su hogar, le llegó la inspiración de este libro que nos ocupa.

Presentado nuestro autor, quiero comenzar mi crónica sobre Oraciones para rezar en el metro, con una revisión de las palabras de Santa Teresa cuando asegura en el Libro de la vida el gran alborozo de alabar a Dios: “Ya ya se abren las flores, ya comienzan a dar olor”. Tanto gozaría el alma de la santa alabando a Dios que “aquí querría que todos la viesen y entendiesen su gloria para alabanzas de Dios y que la ayudasen a ella y darles parte de su gozo, porque no puede tanto gozar”.

Ese enorme júbilo le parecía a Santa Teresa que “devía sentir el admirable espíritu de el real profeta David cuando tañía y cantava con la arpa en alabanzas de Dios”.

Una alternancia de alegría y compunción he sentido yo leyendo este librito de oraciones. Salvando las enormes distancias con los grandes místicos, feliz ante la posibilidad de ensanchar mi diálogo con Dios; dolorido, también, por las consabidas tristezas del mundo, con las que el autor empatiza. Consciente, siempre —eso sí— del gran beneficio de rezar en cualquier momento del día —en el tránsito diario de practicar la vida misma— elevando a Dios, como dice el mismo autor, “las preocupaciones y esperanzas de los hombres” de tal modo “que la religión y la vida vuelvan a encontrarse como para volverse una misma cosa”.

Lo más hermoso que tiene la oración es que siempre cuenta con la reciprocidad del cielo; lo decía muy claro, allá por el siglo IV a. C., el sabio autor del Libro de Zhuangzi, uno de los gérmenes del Taoísmo: “el cielo favorece a quien trabaja en el sentido del cielo”. Del cielo no se corre el peligro de recibir calabazas como ocurre en los negocios humanos; evidentemente, no hablo de las capas de gas que envuelven la tierra y amasan las tormentas que tanto daño causan al hombre; ¿Qué tendrá que ver el Espíritu con la electricidad?

Por esto y lo demás, tengo la impresión de que quien se enfada con Dios ante circunstancias calamitosas no ha entendido el verdadero sentido de ser creyente.

Estas oraciones del padre Oliver Román son, unas veces, gemidos y, otras, cantos, y van dirigidos a quien sabe escucharlos y acusar recibo espiritual. Seguimos siendo tan históricamente infantiles que aun querríamos oir la voz patente de Dios resonando rocosa en nuestra habitación cuando su voz no es sino esa permanente y discreta certeza de no estar solos. Entre nosotros sí que abundan voces amplificadas, impostadas y sabuesas, y a tantos decibelios que se deforman y apelmazan en un ruido estéril, sin sustancia. ¿Quién aquí abajo atiende nuestras súplicas sin salvoconductos?

No se libran de ese chasco los elegidos; el propio Pío XII, —Pacelli— se lamentaba de “haber recogido solo ingratitud” entre los hombres. Tal vez, lo más parecido en la tierra al diligente oído de Dios sea la gran templanza de la mujer y su amor de madre. “Toda mano de mujer es mano de madre”, clama Agustín en el drama Soledad, de Unamuno; J. S. Bach supo expresar perfectamente en su Magnificat la grandeza de Dios en el júbilo de María.

Monseñor Oliver Román se acuerda muy especialmente de las mujeres en sus oraciones y pide por ellas, por todo lo que sacrifican y ofrecen: como seres maltratados —no sólo ellas, también sus hijos—; como madres, con esa enorme capacidad de amar y edificar; como seres desafortunados, sin techo ni futuro; como garantes de la paz y el progreso; como profesionales de la medicina, buenas samaritanas, con y sin pandemia; como personas privadas de libertad —reclusas— necesitadas de todas las garantías constitucionales, humana compasión y divina misericordia, mientras viene a citar las palabras del papa Francisco en plegaria a Dios: “Te conmueves (Dios padre) y enterneces como una madre cuando toma en sus brazos a su niño, deseosa solo de amarlo, protegerlo y ayudarlo”.

Queda pendiente, a mi entender, la resolución universalista total de la naturaleza de la mujer, como ya, en su día, supieron resolver en la teoría intelectuales feministas como Simone de Beauvoir o Luce Irigary, al hilo de Jacques Lacan, entre otras.

Quizá, de todas las oraciones del libro, el zenit de la emoción lo detente esa que Oliver Román dedica a las madres difuntas. Y no puedo sustraerme al recuerdo de aquellas madres muertas junto a sus bebés que pintara tan peculiarmente Egon Schiele.

Este ramillete de oraciones actuales, contemporáneas —el autor no desea que oración suene como palabra “vieja y gastada”—, no se olvida de ningún género y edad, etapas de la vida; casi de ningún estamento de la sociedad moderna: el Estado y sus poderes, la familia, la Iglesia misma —pueblo de Dios, sacerdotes…—, los medios de comunicación, las organizaciones humanitarias, el mundo del deporte y los artistas... “¡Artistas que luchan, almas fatigadas que subsisten en la sombra del frío desdén!”, en palabras certeras de Okakura Kakuzo; “Tus hijos”, los llama Oliver Román, en su interpelación por ellos.

Hoy, estos últimos, más que estamento —el arte lo es del espíritu— parecen pueblo a la deriva; Oliver ruega a Dios: ”Ten compasión de su debilidad y pobreza”, y me hace pensar, sobre todo, en los creadores independientes, a quienes la artista cubana Tania Bruguera, flamante ganadora del premio Velázquez de las artes, ha donado, con gran altruismo, el importe de su premio.

Finalmente, Oliver pide a Dios por los excluidos del bienestar del mundo.

El libro termina con un viacrucis de oraciones dedicadas a Cristo en su camino al calvario. El autor escribe en su introito: “¡No abandones la cruz, ella te llevará! El viacrucis quiere avivar en nosotros el gesto de asirnos a la cruz de Cristo a lo largo del mar de la vida”.

Últimas palabras explanatorias del autor antes del epílogo: “prosigamos, pues, nuestro viaje en el metro, símbolo de la vida” elevando nuestras oraciones como “una sinfonía que, repitiéndose muchas veces, siempre es nueva, sugerente y vital.”

… Amén, decimos nosotros ante palabras tan inspiradas que parecen reveladas al hombre y más que necesarias en estos tiempos.

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