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TRIBUNA

Rayan como Julen: el inocente tropiezo del Ángel

miércoles 16 de febrero de 2022, 19:42h

Marruecos ha invocado sin descanso el poder de Dios: “Alá es grande”. Y Dios habrá sabido abrazar el alma del ángel cuyo cuerpito rescataron los hombres con gran esfuerzo. Yo estuve contagiándome al unísono de la enorme carga empática del dolor de los marroquíes y de sus plegarias. Se me encogió el corazón como una granada que implosiona en el cabo de su rama preñadísima de espinas y va sangrando día y noche, día y noche, día y noche... Hasta rezumar todo el dolor que aprisiona.

Así hemos vivido muchísimos la tragedia marroquí. Los creyentes sabemos que Rayan ha estrenado su nueva vida, surgida del fondo de su desgracia.

Como humanos, nos indignamos ante la mala praxis de no taponar los pozos y las vidas que se malogran con ello. Ya nos pasó con el niño Julen, fallecido en aquella pedanía de Málaga, hecho que nos hizo rebozar mentalmente las peores pesadillas nocturnas; también las diurnas.

Entonces me empequeñecí muchísimo anímicamente; lo viví con gran miedo. Me veía a mí mismo, de pequeñito —¿quién ha estado libre de caer?—, y no sólo en sueños, empotrado en aquella tubería pétrea, angostísima y obscurísima como los dominios de la fatalidad.

Fue un horror muy vivo el que experimenté psicológicamente en aquella ocasión y el único fin de aquel martirio angustioso diario, al minuto — lo descubrí después cuando pude serenarme— fue la voluntad de compartir conscientemente una mínima aproximación al infortunio que aquel niño sufría; como se dice en otras latitudes, estaba tratando de ponerme en sus zapatitos. Imagino que casi todos lo hicimos.

De igual modo, ¿cuántas veces no habré soñado que me hundo en las profundidades abisales? Y siempre como parte de una travesía marítima tormentosa e indigna: miserable crucero hacia una tierra de promisión. Jamás he soñado con el naufragio de un viaje placentero como tampoco lo he revivido conscientemente en ejercicio empático alguno.

No se trata de un proceso masoquista —Dios me libre— sino de una práctica afín a la vieja Ley de oro moral, o al más reciente Imperativo categórico kantiano, de uso adaptativo personal, que en mi caso requiere no escaquearse de probar a nivel de consciencia qué se siente experimentando casi lo que otros han sentido en situaciones funestas que no han elegido, o sobrevenidas en un tiempo adelantado a lo esperable.

Es lo más normal del mundo que un ángel chiquito, casi un querubín, enrede, patosee, y casi saltimbanquee entre lomas y rocas, trepe a troncos truncados y se arroje pendientes terrosas abajo: ¿quién no lo ha hecho en su niñez y adolescencia en un domingo de excursión?

No son muchos, aunque no cesa el lento goteo, los que en una de esas inocentes maniobras caen a peso por el brocal siniestro de la tierra hasta el fondo de su propio abismo; el estrecho pozo donde la voluntad no existe, donde las alas de los pequeños ángeles quedan constreñidas por las sombras… Esas que cubren con su rigor final el nervio eufórico de una vida recién estrenada; una vida exultante, como es propio en un ángel que ha nacido para hacer uso radiante de su energía vital y su mágica luz. Ahí seguirán irradiando eternamente, al margen de sus cuerpos extinguidos.

Como todos sabemos, a Dédalo se le extravió su chiquillo, el inquieto Ícaro, mientras volaban ambos con sus alas de cera sobre el mar Egeo. El niño, con ingenua imprudencia, se acercó demasiado al sol, desobedeciendo la advertencia de su padre. El calor derritió las alas y el niño cayó al mar perdiendo su vida; el lugar donde fue enterrado recibió su nombre: Icaria.

El poeta Jesús García Calderón escribió que “los lugares son hombres, por perecer los nombran”, y un corresponsal admirable, desde el lugar de la tragedia marroquí, ha escrito que a estos pozos sólo se asoman los pobres. Bautizar aquel lugar de Marruecos como Rayan sería crear memoria de lo que no debe exisitir: Hay que taponar urgentemente todas las fauces voraces de la tierra; hay que hacerlo del mismo modo que vendamos nuestras heridas abiertas.

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