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TRIBUNA

Honras fúnebres

Juan José Vijuesca
miércoles 14 de septiembre de 2022, 20:10h

El humor inglés tiene su aquél. Un lord de Yorkshire y Humber se levantó del lecho de muerte y se unió a los allí reunidos que animadamente conversaban mientras esperaban el desenlace del susodicho. Los tertulianos trataban diferentes temas de actualidad, ya saben, fútbol, el tiempo, la política y algún chiste que otro. Lo cierto es que el lord se mostraba hastiado y soltó su particular sentencia: “Damas y caballeros, les advierto a todos los presentes que la muerte es hereditaria; ahora me es muy grato tener que dejarles, pero me tengo que morir” Dicho y hecho. De manera que salvo expresos deseos del finado en cuestión, uno se muere y se reparten los pesares. Claro está que el rango de quien fallece obliga a la pompa y al boato, según deseos y/o costumbres.

No cabe duda que el fallecimiento de la reina Isabel II es un acontecimiento de orden mundial que acapara atenciones, pero que afecta por definición a los ingleses. Yo deseo que Isabel II goce de buena estancia donde el más allá sirva recibirla y en afanes fervientes del que suscribe descanse en paz eterna. Dicho esto y a mejor trato peor retrato, no tengo por más que destacar el insultante despliegue informativo de los medios españoles, y lo digo con la extrañeza de abordar una figura tan excelsa como lo ha sido Isabel II para el Reino Unido, mientras que aquí tenemos motivos más que sobrados para honrar a uno de los grandes intelectuales que por desgracia nos ha dejado. Me refiero a Javier Marías.

Voy a culpar de la escasa repercusión en los medios a que Javier Marías haya tenido la mala suerte de morirse casi al tiempo de hacerlo la reina Isabel II, circunstancia ésta que de manera incomprensible, tanto la prensa como las televisiones de España vienen formando un seísmo mortuorio exagerado. Al principio lo dije, la monarquía británica es a Inglaterra lo que a nosotros lo nuestro. Pues sí, alto y claro, ha muerto Javier Marías. Intelectual español como la copa de un pino. Y esa es la actualidad invertida, la que nos debe atrapar como noticia ante un referente español que nos deja una de las obras literarias más relevantes de los últimos 50 años.

Que sí, que los ingleses tendrán sus motivos para entender sus emociones, no digo que no, pero son de ellos y nuestras turbaciones para nosotros. Lean, si aún no lo han hecho ustedes Corazón tan blanco y recorran uno de los orbes novelescos imprescindibles. Javier Marías es un autor infinito, de pura raza y dueño de un estilo propio, virtudes éstas que, al menos para mí, son el motivo para degustar sus obras. Si no todas, pues digerir lo que de elocuente tiene Marías en sus novelas, a veces resulta cuesta arriba por ese punto de berrinche que se reservan los grandes escritores cuando escriben de manera intimista. La creatividad de los grandes nos inculca luces y sombras como sucede en la vida misma. Tengan cuidado porque estamos ante un autor muy ávido, muy vivido y su ficción se sube y se baja de la realidad personal al antojo del propio Marías. Es como transitar por una zona muy insegura en donde nunca sabes si continuar o dejarlo estar, pero si consigues salir airoso de uno de sus libros lo haces con una percepción más amplia del mundo que nos rodea.

Lo cierto es que una vez más la casuística del colorín, aunque la regia figura de Isabel II tenga cabida en nuestras vidas, ha creado ese halo de negocio mientras descuidamos una parcela de cultura de un escritor que ha sido bendecido por toda la crítica internacional, eterno candidato a Premio Nobel, pero que una vez más nos acogemos a la enmienda de esa costumbre tan española como lo es el bajo nivel de lectura que nos identifica.

Me quedo con una de sus frases: "En España, la carrera de un creador es la imagen de alguien que está en el agua y se esfuerza por salir mientras algunos le empujan hacia abajo".

En fin, los intelectuales siempre son necesarios, más en estos tiempos tan convulsos, llenos de fragilidad existencial por culpa del adocenamiento de masas, gobernantes de baja estofa y deterioro lingüístico; sin olvidar el pesebrismo político y las progresías de usar y tirar. Por eso ahora es, como vengo diciendo, cuando restar en ilustrados como Javier Marías nos dejan más cerca de la orfandad.

Mientras tanto y con arreglo a las circunstancias, los ingleses darán el nuevo grito de “God save the King Carlos III” mientras aquí, los españoles que amamos las letras diremos en voz alta: “Dios salve la obra de Javier Marías” A cada cual lo suyo.

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