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EL TORNADO DE UN POETA CATALÁN

sábado 04 de octubre de 2008, 19:55h
Es tanta la correspondencia provocada por el artículo que sobre el poeta catalán Pere Gimferrer publiqué en “El Cultural”, la revista de referencia en la española república de las Letras, que se distribuye con “El Mundo”, que, a petición de numerosos lectores de EL IMPARCIAL, lo reproduzco a continuación:


El poeta encuentra en la voz de la amada su principio y su fin. Ella es un murmullo de nieve penetrada, la rosa blanca de la amanecida, la noche de Walpurgis en la almena de oro de su cuello, en el avispero dorado de su pubis, en la danza de la fertilidad. Le duele al enamorado la herida de las batallas pálidas. El viento de ayer remueve en los cabellos de ella a un león dorado que erecta en su cuerpo la profecía del jazmín.
Tiene la amada la piel en llamas cuando yergue la espalda de espigas en caliente mármol aradas. El amado se anega en el azul del aire que a borbotones le depara la luz encendida. Hay como una pradería de recentales en la hogaza caliente de sus pechos, en sus ojos de añil crepuscular, en su cegado ajuar de mariposas, en las aguas oscuras del olivo, como el gánguil en la cosecha del aire despeinado, mientras empalidece la luz desvencijada y el pájaro de nieve planea para sembrar la claridad.
Pere Gimferrer se ha instalado en la cumbre más alta de la poesía española, hoy. Ganará para España el Premio Nobel de Literatura por su obra en catalán, esa lengua maravillosa que es un vaso de agua clara. La lengua de Pla y Maragall. Escribí hace años que la poesía de Gimferrer es el polvo de estrellas de los sexos vueltos a la mar mediterránea, el furor y la miel de los vientres desnudos, el esplendor de los muslos soleados, los escotes de fruta fresca, las rotundas caderas rientes y tersas, la suntuosidad de la carne, en fin, que se eriza indiferente a las cenizas inhóspitas, a la zozobra de los hombres de buena voluntad. No me equivoqué. En Tornado, Pere Gimferrer se ilumina con un fulgor de amor y pasión por la amada nueva, a la busca del tiempo perdido, tras el Rimbaud de Jugurtha y Le bateau ivre.
El poeta bebe en la copa dorada los cálices del aire, cabalga sobre los cuatro corceles de azul, se estremece ante las ojivas caídas de la noche, ante la pálida rosa del vivir. En los ojos cerrados del amor se le derrama el tarot de los cuerpos azufrados. Canta entonces sobre los pliegues de la luz desnuda. El cuerpo a cuerpo del amor en vilo, como el Alberti de los poemas de la pasión incierta, se convierte en noche de luna agarena. Asomado al brocal del vientre de la amada, el poeta palpa su clítoris de seda, la zarza ardiente de su pubis rubio, el cuerpo nevado que llamea.
La boca destrenzada de ella ofrece un país de pétalos de arcilla, la ciudad de Octavio Paz, piedra de sol y párpados quemados, cuando los pechos de la enamorada son dos iglesias donde oficia la sangre sus misterios paralelos. Hierve la doncella de perfume azul. La pinza nevada de los dedos amados apresan las dádivas del rayo. Tiene ella los ojos mismos del agua y su cuerpo es la castidad definitiva. Es Galaad.
Las sílabas del viento, en fin, se esconden en su mirada. Empalidece en sus ojos la tarde de grana. Arde en su cuerpo el mar y en su mirada de viento late el fuego final. Es otra vez San Juan de la Cruz, que vuelve, con su llama que consume y no da pena, Aminadab encapuchado, atizando a ciegas la emboscada nocturna del sexo y la caballería que, a vista de las aguas, desciende por los versos de Gimferrer hasta la unidad en ella de Vicente Aleixandre y el gemido último de la consumación del amor.

Luis María ANSON

de la Real Academia Española

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