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Zapatero en el “New York Times”

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 13 de octubre de 2008, 21:14h
A uno de mis mejores y primeros amigos americanos, Stephen Greenblatt, le conocí en el verano de 1966 en Blaubeuren, un pueblo del Sur de Alemania, cerca de Ulm, donde intentábamos aprender alemán con la ayuda del Goethe Institut. Mi amigo, que con el tiempo llegaría a ser catedrático de Harvard y uno de los primeros especialistas anglosajones en Shakespeare, era entonces muy critico con la política exterior americana y en torno a ese y otros muchos temas del momento –la guerra fría, la división de Alemania, los derechos humanos en el mundo, el futuro de España después de Franco- construimos una amistad conversacional que ha llegado hasta ahora mismo, manteniendo una fluidez en la relación que ambos consideramos milagrosa. Stephen es hoy tan crítico de la política exterior americana como entonces lo fuera. Y tan orgulloso de ser americano como siempre lo ha sido. En aquella su primera experiencia europea debió armarse de coraje y de paciencia ante los que confundían lo circunstancial con lo permanente en la realidad de los Estados Unidos para defenderse vigorosamente del antiamericanismo primario que muchos practicaban en nuestro continente.

Al leer la amarga y despectiva columna que Roger Cohen le ha dedicado a Rodríguez Zapatero en el “New York Times” del 9 de Octubre no he podido por menos que recordar mis conversaciones, de antes y de ahora, con mi amigo Greenblatt. A Cohen, como a Zapatero, no le gusta Bush. E incluso se manifiesta contrario a las razones que han llevado al inquilino de la Casa Blanca a mantener cerradas sus puertas durante cuatro años al Presidente del gobierno de un país miembro de la OTAN, en una decisión que seguramente no tiene precedentes ni comparaciones. Cohen, que califica al Presidente español de “circunspecto” en cuestiones relativas a la libertad, es claramente partidario de la política predicada por Obama de hablar con todo el mundo. Zapatero sirve al columnista para publicitar sus desacuerdos con Bush y, de paso, tomar posición en contra de McCain. Y para ello utiliza la reproducción de una llamada telefónica entre jefes ejecutivos que nunca debió ser desvelada o la sarcástica afirmación, entre cínica y despechada, que Zapatero profiere agradeciendo a Bush haber posibilitado sus triunfos electorales.

Pero la coincidencia en la crítica a Bush no le basta al periodista americano para comulgar con las opiniones del Presidente español. Más bien al contrario: al establecer las diferencias que les separan, el periodista americano confiesa que al hablar con Zapatero recordó las razones por las que, a pesar de haber sido educado en Europa, decidió ser americano. Y enumera las dudas que el Presidente español le suscita: su relativismo moral; su insuficiente creencia antitotalitaria; su visión reduccionista y cautelosa de la OTAN, parecida a la de Putin; y su incapacidad para comprender que la existencia de los Estados Unidos se justifica en la proclama de Lincoln en Gettysburg: el empeño para asegurar que “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la faz de la tierra”. Tanta es la distancia que marca Cohen de Zapatero que la recomendación para que Obama –al que el periodista da por vencedor en las elecciones- le reciba en la Casa Blanca es claramente un giro irónico que en castizo traduciríamos por “a ver si se entera”. O, dicho de otra manera, no todo Obama es orégano.

Los medios de comunicación españoles han subrayado un pasaje del texto de Cohen que dice mucho y aceradamente del inquilino de la Moncloa y de sus conmilitones ideológicos –“un socialista con esa costumbre de los socialistas europeos de encontrar diversión en casi todo y de no comprometerse con casi nada”- y, según las inclinaciones, lo han tratado con desenfado o estupor. Confieso que a mi todo el texto del “New York Times” me ha producido desazón y pena. Llevado seguramente por factores emocionales y atragantado en plataformas ideológicas que estaban envejecidas hace cuarenta años, el Presidente del Gobierno español ha puesto en manos de un periodista americano – al que por ser de izquierdas creyó cómplice- una letanía de tópicos que dicen poco de él y del Gobierno que encabeza. La emoción del momento debió nublarle el juicio. La columna de Roger Cohen no presta ningún servicio positivo a España o a su Presidente. Pero aclara los términos en que las izquierdas americanas ven a su país y al nuestro. Me acuerdo de Stephen Greenblatt. Y de Pete Seeger, cuando cantaba aquello de “¿aprenderán alguna vez?”.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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