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A LORCA LE ESPANTARÍA QUE HURGARAN EN SUS HUESOS

jueves 16 de octubre de 2008, 14:38h
El juez Garzón ha ordenado que se cave la fosa de Federico García Lorca, en contra de la opinión y el deseo de la familia del poeta. Reproduzco a continuación la carta pública que dirigí el pasado 28 de septiembre al polémico magistrado.

Mi querido juez Garzón…

Como tantos españoles, he dedicado muchas horas de mi vida a la lectura de las obras de Lorca. He dedicado también muchas horas a conversar con los que le conocieron bien, con los que fueron sus mejores amigos.

Hablé largamente de Federico con Pablo Neruda. El poeta chileno me encomendó el rescate de los Sonetos del amor oscuro, cosa que conseguí diez años después de su muerte. Con su publicación, según testimonio de José María Areilza, el ABC verdadero se apuntó el mayor éxito cultural de la historia de nuestro periodismo. Tal vez por eso, la Fundación Neruda me encargó el prólogo al soberbio libro de las relaciones entre los dos poetas, obra que, además, presenté en Santiago de Chile en un acto multitudinario.

Con Emilio García Gómez conversé muchas veces sobre Lorca. Recuerdo un viaje que hicimos desde Kabul hasta Bamiyán para ver las estatuas gigantes de Buda. Aquel intelectual, uno de los más sutiles del siglo XX español, diseccionó para mí el tejido espiritual de Federico García Lorca. También recuerdo con precisión las interminables conversaciones con mi gran amigo Rafael Alberti y con mi admirado José Caballero. El pintor fue durante los últimos años el colaborador más cercano de Federico. Martínez Nadal, en el restaurante Mirabel de Londres, me desmenuzó también la psicología del poeta, al que conocía como nadie. Mi inolvidado Luis Calvo me desveló todo lo que sabía sobre Federico, que era mucho, una noche, paseando de arriba a abajo por la calle Tu-Do de Saigón, la antigua rue de Catinat de las nostalgias francesas. Con Salvador Dalí conversé muchas veces sobre Federico. Unos meses antes de morir, acompañado por Robert Decharnes, estuve en Torre Galatea. El pintor me reveló algunas características personales del poeta. También hablé muchas veces de Federico con Pepín Bello. Una noche, en casa de Antonio Garrigues, Pepín me proporcionó datos reveladores sobre la psicología íntima del poeta. Y no se me olvidan las conversaciones inagotables con Alfonso Valdecasas y, sobre todo, con Luis Rosales. Una noche, cenando con Octavio Paz, el autor de El laberinto de la soledad le dijo al poeta: “El Lorca del que tú hablas es el que yo conozco, el que se desprende de la lectura de sus poemas”.

He leído, en fin, querido juez Garzón, una veintena de libros sobre la vida y la obra de Federico, entre ellos los de Ian Gibson, que son excelentes. Y todo ello me lleva a hacer la siguiente afirmación: “A Federico le espantaría que alguien hurgara en sus huesos”. Tal vez por eso la familia, y sobre todo esa actriz inteligente y responsable que es Laura, nunca han querido que se cavara la fosa en la que se enterró a Lorca tras el atroz asesinato del que fue víctima la entera cultura española.

Federico era un hombre que amaba la vida, que inundaba a todos de alegría, que era divertido hasta decir basta, que se reía sin cesar. Su llegada a cualquier reunión literaria o social levantaba los ánimos. Rego-cijaba a todos con el piano, tocado por sus manos sabias, y con su capacidad para la imitación de los personajes de la época. Su vitalidad era contagiosa.

Federico, además, fue siempre especialmente celoso de su privacidad, de su vida íntima, de su cuerpo y de su aspecto. Se moriría otra vez, asesinado no por los fascistas sino por los vanidosos, si alguien le hubiera dicho que se hurgaría en su esqueleto, que su calavera podía ser estudiada en un laboratorio, que sus tibias serían examinadas al microscopio y que harían pruebas de ADN de los huesos de sus manos. El alma sensible, el pudor permanente por su cuerpo, el culto a la privacidad que siempre le caracterizaron, no se pueden despreciar ahora. Créeme, querido juez Garzón, el poeta, allí donde se encuentre, estará horrorizado de la maniobra que se proyecta hacer con sus huesos. Si Lorca pudiera hablar, te pediría que le dejes descansar en paz. No tengo mucha esperanza de que así sea pero yo cumplo con mi devoción al poeta diciéndote, públicamente y por escrito, lo que pienso.

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