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El nuevo Celtiberia show

lunes 20 de octubre de 2008, 22:11h
Luis Carandell, fallecido ahora hace seis años, popularizó desde 1970 en la revista Triunfo una sección en la que, bajo el título de “Celtiberia Show”, recogía hechos curiosos e insólitos que ocurrían en aquellos años finales de la dictadura. Más tarde Celtiberia Show –que Carandell definía como “las hazañas y andanzas de los celtíberos de nuestros días”- se convirtió en un libro de enorme éxito que logró alcanzar 18 ediciones Se reflejaba allí el agreste y arraigado paletismo de una España aislada y chata que orgullosamente se miraba el ombligo.

Europa, envidiada y anhelada más o menos vagamente, estaba todavía lejos aunque una minoría más consciente y viajada la contemplaba como el horizonte, tan necesario como imposible mientras durase la dictadura. Una minoría aquella dividida, no sé si por gala, en dos: el sector “progre” que veía como modelos a la Cuba de Castro cuando no a la Unión Soviética (que venía a ser lo mismo, en grande o en pequeño) y el más reducido sector de los liberales occidentalistas que no sentíamos ningún reparo en mostrar nuestras preferencias por las democracias, motejadas despectivamente por los primeros como “burguesas”, incluidos los Estados Unidos. Gracias al turismo y a la emigración y sus retornos nuestro país había llegado a una prosperidad relativa simbolizada por el 600, en muchos de los cuales se veían pegatinas del estilo de “Como en España, ni hablar”. Machadaniamente, aquella España despreciaba cuanto ignoraba, que era mucho. A unos y otros no nos cabía ninguna duda de que aquel celtiberismo rampante era el fruto de la dictadura y que desaparecería con ella. Llegó la Transición y, efectivamente, cambiaron los aires, aunque inevitablemente persistieron algunos restos de aquella caspa secular que, imaginábamos, se evaporarían con el tiempo.

Pero nos habíamos equivocado. Apenas llegó Zapatero aquel celtiberismo residual no sólo no terminó de esfumarse sino que se incrementó, hasta adueñarse del escenario nacional. Si Carandell hubiera vivido habría hecho las delicias de todos comentando en su “escaparate” –así llamaba a su sección- las hazañas de Blanco, de la anterior ministra de Cultura o de la actual de Igualdad y la de tantos otros que se han prodigados en este peculiar ruedo ibérico durante este ya largo mandarinato de Zapatero. El propio Presidente habría provisto a aquel agudo periodista de abundante material. Su rueda de prensa en el Waldorf Astoria neoyorkino, hace unas pocas semanas, (la de ya hemos superado a Italia y Sarkozy está acollonado y de los nervios) es la quintaesencia del celtiberismo más rancio y más estricto. Pero este hombre se supera un día tras otro, como muestra, poco después, su sumaria condena al fuego eterno del liberalismo y toda su producción libresca o su encendido ensalzamiento de una socialdemocracia de la que parece saber más bien poco y que, desde luego, no ha sido capaz hasta ahora de definir. No suele Zapatero ser muy preciso en sus definiciones, como mostró cuando se declaró “libertario” o cuando se enredó con la cuestión del “republicanismo”, que, por cierto, tiene que ver muy poco con su adorada II República.

La más reciente manifestación de este celtiberismo que se resiste a desaparecer y que habría ocupado un lugar de honor en la carandeliana sección es, sin duda, el ya famoso auto del juez Garzón que viene a representar algo así como una enmienda a la totalidad de la obra de la Transición. Este nuevo Robespierre quiere acabar con el pasado democrático que ha sido tan beneficioso para nuestro país. Aunque a falta de guillotina y de candidatos a la misma, renuncia a enterrar a nadie porque todos se le han muerto ya. Por eso se conforma con dedicarse a desenterrar, selectivamente, a las víctimas de aquella gran tragedia nacional. Su petición del certificado de defunción de Franco es la más sublime expresión de esta arraigada estupidez nacional, valleinclanesca por esperpéntica, como justamente se la ha calificado. Sólo en un país como este pueden florecer personajes de semejante calaña, aunque lo curioso no es que aparezcan, lo que puede suceder en cualquier parte del planeta, sino que se mantengan duraderamente en la cresta de la atención mediática, sin que nadie ponga fin a la estafa. Puro celtiberismo que ya, por supuesto, no se puede atribuir al franquismo, sino que parece obedecer al peculiar ADN de esta Celtiberia que no sabe ser otra cosa, porque la resbala la modernidad como al rústico la sabiduría. Baltasar Garzón no es, desde luego, Baltasar Gracián pero no le vendría mal al vanidoso juez leer algunas de las cosas que escribía el jesuita aragonés del siglo XVII. Aunque sólo fuera aquel capítulo de El Discreto en el que diferencia a las grandes hazañas (a las que elogia como, por cierto, había hecho ya su odiado Maquiavelo) de la “hazañería” que –escribía- “nace de una desvanecida poquedad y de una abatida hinchazón”. Garzón le habría servido de cumplido modelo a su tocayo jesuita para ilustrar su tesis sobre la “hazañería”.
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