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LA REINA Y EL PRESIDENTE

sábado 08 de noviembre de 2008, 14:26h
Reproduzco a continuación, para conocimiento de los lectores de El Imparcial, la canela fina que ayer publiqué en “El Mundo” y que ha inundado mi correo electrónico de cartas y mensajes.



     Carmen Enríquez y Emilio Oliva, dos grandes profesionales del periodismo, han escrito un libro, Doña Sofía. La Reina habla de su vida, que es un ejemplo de objetividad, de información contrastada, de precisa documentación. En él, la Reina dice lo que piensa no lo que a los autores de la obra les gustaría que Doña Sofía pensara. El día 19 de octubre, es decir, antes de que se forzara la polémica sobre la Reina, dediqué una de mis cartas dominicales a elogiar la obra de Carmen Enríquez y Emilio Oliva.



     En el otro libro de actualidad sobre la Reina, el de la periodista Urbano, se pone en boca de Doña Sofía lo que a su autora le gustaría que pensara la esposa del Rey. La periodista Urbano pertenece a una institución religiosa respetada y admirable, el Opus Dei, que fundó un santo con el que mantuve largas e inolvidables conversaciones. Con entusiasmo recental, la periodista Urbano ha alineado a Doña Sofía, en las posiciones de la institución en la que milita y lo ha hecho empleando su propio y característico lenguaje, el de la autora no el de la Reina. La Casa del Rey, con conocimiento de Doña Sofía, hizo público un comunicado denunciando las graves inexactitudes que contiene el libro. Su autora se ha defendido como ha podido, a embestidas, del cachete que la Zarzuela le ha propinado.



     Ante la tormenta desencadenada en la copita de oporto de la periodista Urbano, el presidente del Gobierno podía haberse callado, podía haber atizado los fuegos encendidos. Ha cumplido de forma intachable con su deber de defender la justicia y se ha expresado inequívocamente en favor de la Reina, una mujer admirable que a lo largo de todo el reinado de Juan Carlos I se ha ganado el cariño del pueblo español. “La Monarquía -afirmó el presidente- es una institución extraordinariamente apreciada por los españoles y de manera singular lo es la Reina”.



     Sobresaliente, pues, para José Luis Rodríguez Zapatero. Y sobresaliente también y con matrícula de honor para María Teresa Fernández de la Vega, que ha rubricado las declaraciones del presidente de forma definitiva.



     En la Monarquía española -la Monarquía de todos que propugnó Juan III desde su exilio de Estoril contra la dictadura de Franco- la soberanía nacional reside en el pueblo no en el Rey y es el pueblo el que, a través de la voluntad general libremente expresada, hace las leyes, incluidas las que conciernen al Monarca. El Rey y el Príncipe, así como sus consortes, tienen la obligación no sólo de aceptar sino de defender las leyes emanadas de la voluntad popular. Yo, por ejemplo, tengo el deber ciudadano de acatar las leyes pero las puedo combatir porque carezco como el resto de los españoles de la alta representación institucional de Don Juan Carlos y Doña Sofía.



     Una novelista simpática y de fuste ha aprovechado el aquelarre mediático para descargar sus rencores, afirmando que la Monarquía es “conceptualmente monstruosa”, “una institución fosilizada y deleznable”. Seguro que hay gente que piensa como ella. Pero en la relación que hace la ONU sobre las 200 naciones que la integran por orden de calidad de vida y desarrollo, entre los diez primeros países del mundo figuran siete monarquías parlamentarias. Entre los quince primeros, once son monarquías parlamentarias. España ocupa el lugar 19. Seguramente a la novelista en cuestión le parecerá que el pueblo en Cuba es más libre y vive mejor que en Dinamarca o Suecia. Que cada uno opine como le plazca. Pero la realidad es, para la razón moderada, que las monarquías parlamentarias, desde Holanda a Japón, desde Noruega a Australia, se encuentran entre los países políticamente más libres del mundo, socialmente más justos, económicamente más desarrollados, culturalmente más progresistas.
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