La jugadora española volaba hacia la final cuando se dañó la rordilla. Se marchó llorando, reviviendo fantasmas pasados.
A Carolina Marín sólo le frenan las lesiones. Esa es la sensación que pobló este domingo el estadio de La Chapelle cuando la estrella española se tuvo que retirar de una semifinal que estaba dominando. La andaluza había convertido este partido en un trámite, pues estaba gobernando sin dudas a la china Bing Jiao He, pero la mala fortuna se volvió a cruzar en su camino. Se dañó cuando el marcador ilustraba un elocuente 21-14 y 10-6.
Entonces se dio el lance lamentable. En una maniobra eléctrica, como son casi todas las del bádminton, fue a por el volante y su rodilla derecha no resistió la exigencia. En ese momento enmudeció un recinto que se ha volcado con la española en esta semana de competición. Ha jugado tan bien y con tanta autoridad que era imposible no aplaudirla. Por eso dolió tanto verla tumbada en el suelo, inmóvil ante el temor de revivir la tortura que empezó en 2019.
Otra lesión descorazonadora
Acudió de inmediato a asistirla su entrenador, Fernando Rivas. Trató de transmitirle calma mientras que los médicos hacían su trabajo. Esa labor duró varios minutos y consiguió que Carolina se dirigiese hacia su banquillo. Se colocó una rodillera y volvió a la pista para intentar seguir jugando. Para evitar que las desesperación volviera a su mente. Pero fue imposible: jugó dos puntos sin agilidad y decidió rendirse a la evidencia. No estaba en condiciones de seguir. Hasta ahí llegó su excelso recorrido olímpico en París.
Lloró sin consuelo a continuación. Se arrodilló sobre la cancha y se acurrucó, rota. El público le dedicó una larga ovación, con el corazón tan compungido como el de los aficionados españoles. Porque no sólo se ha escapado una medalla, una de las mejores deportistas de la historia se ha vuelto a lesionar. Justo cuando había levantado el vuelo tras recuperarse de una rotura de ligamento cruzado en cada rodilla -la segunda no le dejó competir en los Juegos de Tokio 2020-, cae de nuevo. Ahora con 31 años.
La dureza mental que ha exhibido en todo este tiempo para dejar atrás los infortunios descritos y el fallecimiento prematuro de su padre vuelve a ser examinada. En todo caso, ha evidenciando que es capaz de volver triunfal. En estos Juegos ha rendido como en sus mejores años. Sólo había cedido un set en los cuatro partidos disputados (en octavos de final) y esta mañana volaba hacia la final con una autoridad sobresaliente.
En su mejor momento
Marín, campeona olímpica y tres veces campeona mundial (es la única jugadora no asiática en triunfar en el circuito), arrancó el partido con aplomo para gestionar los largos intercambios de hasta 24 golpes. Aceleró después de haber contenido el arreón inicial de la china y a partir de ahí inauguró su dominio. Se puso 11-7 en el marcador y no volvía a estar en desventaja.
Sin pestañear, Carolina estiró su rendimiento hasta un 16-7 prometedor. He quiso responder con cinco puntos seguidos pero la inteligencia de la española le cortó la racha y cerró el set con oficio desde el saque. Ya tenía el duelo encarrilado y en la segunda manga compareció la onubense con todo su potencial. Aplastó a la sexta cabeza de serie con un 9-3 que auguraba una victoria plácida. El plan físico y táctico dejó sin argumentos a la asiática. Y así discurrió el parcial hasta que el infortunio devastó todo. Sólo una lesión apartó a Marín de su segunda final olímpica.