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TRAS LA RENDICIÓN DE GARZÓN

jueves 20 de noviembre de 2008, 14:06h
Algunos medios de comunicación le hemos echado un pulso a Garzón y se lo hemos ganado. La victoria no deriva de la fuerza. Teníamos razón y el magistrado se ha dado finalmente cuenta de que estaba derrotado ante la opinión pública y ha cedido. Seguramente a regañadientes pero ha cedido. Cuando solicitó del registro el certificado de la muerte de Franco, la carcajada nacional resonó en toda Europa. No se puede caminar por el despropósito y la desmesura.

     Garzón tiene muchas y esclarecedoras cualidades. Y un gran valor personal. Lo ha demostrado en las decisiones que ha tomado sobre Eta y su entorno. Los terroristas han jurado volarle la cabeza. Pero el juez continuará impertérrito cumpliendo con su deber.

     La vanidad, que deforma la inteligencia, le ha llevado a emprender operaciones desquiciadas. Setenta años después de la guerra incivil, no corresponde a Garzón juzgar a Franco sino a los historiadores, muchos de los cuales están siendo objetivos e implacables. Paul Preston, en un libro clarificador, ha emitido un juicio definitivo sobre Franco y lo ha hecho con una autoridad intelectual de la que carece Garzón.

     Excavar la fosa de García Lorca y hurgar en sus huesos era una fotografía para dar la vuelta al mundo, colmando la vanidad del juez estrella. Pero hacerlo en contra de la voluntad de sus familiares no parece de recibo. Sobre todo teniendo en cuenta que al poeta le hubiera horrorizado la exhibición y el trajín con sus restos mortales.

     Bienvenida sea la rectificación de Garzón y, tras ella, que se prosiga con normalidad la exhumación solicitada por aquellos que desean enterrar dignamente a sus muertos, al margen de las numerosas asociaciones surgidas sin otro propósito que colgarse de la teta del Estado y chupar del bote.

Luis María ANSON

de la Real Academia Española

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