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Txeroki

domingo 23 de noviembre de 2008, 15:29h
Viendo esta semana las imágenes de la detención del dirigente etarra Garikoitz Aizpiazu, Txeroki, y escuchando a los presentadores del telediario hablando de penas de hasta cuarenta años de cárcel para él y su novia, volví a pensar una vez más en la absurda y horrible situación del País Vasco. Observando la cara avejentada del etarra y el rostro desencajado de su pareja, Leire López, chillando a favor de la independencia de Euskal Herria, me inundó de golpe una profunda desazón por todo el dolor y destrucción que provoca una quimera absurda, falsa y vacía.

¿Sabrá Leire que esos fueros que se supone son el sustento de la independencia vasca poco o nada tienen que ver con el protonacionalismo que los nacionalistas actuales pretenden insuflarles? ¿Se habrá planteado Txeroki, cada vez que ha apretado el gatillo contra la cabeza indefensa de un ‘enemigo’, que quizás esa muerte sólo emborrona la solución del ‘conflicto vasco’? ¿O es que el odio acérrimo contra quien se interpone en el camino hacia la independencia puede más aún que el sueño de la autodeterminación? ¿Pensará ahora Leire, en la oscuridad de una cárcel francesa, que ella no es más que un eslabón de una cadena que otros que nunca se manchan las manos manejan? ¿Sola en su celda llorará pensando que, en el fondo, el amor a la patria vasca no vale tanto como el amor a Garikoitz? Supongo que ahora ya da igual, porque es la suma de ambos la que le ha llevado a la situación actual.

Por un sueño ajeno, que nunca ha sido de nadie, pero que hoy en día lo es menos aún, esa pareja que esta semana entraba en un avión cegada por una manta, mientras un grupo de policías los fotografiaba como trofeos, ha destruido su vida, la de sus familiares, y la de un montón de semejantes, a quienes han asesinado u ordenado matar. Txeroki y su novia tendrán que pagar por sus crímenes con casi cuarenta años de cárcel, cuarenta años en los que sólo la ensimismada tozudez en excusar el horror causado con leyendas acerca de tierras irredentas y libertades inalcanzables, podrá ayudarles a superar la soledad de una celda y, lo que es peor, el aguijón de su conciencia.

Mientras tanto, la mitad de esos vascos por los que Txeroki y Leire López ‘sacrificaron’ su libertad espiritual, de pensamiento y de movimiento, seguirán temiendo que aquellos que tomarán el relevo de los primeros, no cesarán en su empeño ciego de matarlos por el bien del pueblo. Una cuarta parte de los vascos se lamerá las llagas de la conciencia repitiéndose que las víctimas son de un lado y de otro y que, si bien matar no está bien, el conflicto y la opresión que ahogan a Euskal Herria desde los inicios de los tiempos, bien merecen el derramamiento de sangre, por más dolor que les cause. La otra cuarta parte de los vascos, seguirá mirando a otro lado mientras los muertos no sean ‘uno de los suyos’, condenando las armas, pero cargándolas con balas de palabras y argumentos con los que seguir alimentando al monstruo atemporal que lleva más de cuarenta años devorando a sus hijos, física y espiritualmente.
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