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Detrás de la careta democrática

lunes 08 de diciembre de 2008, 23:06h
Probablemente el observador externo actual de la circunstancia venezolana (y alguno nacional) no se hayan percatado del significado de las modalidades de acción y los comportamientos presentes en una contienda política atiborrada de acontecimientos y anécdotas siniestras que dura ya más de diez años. La toma de conciencia, conceptualización y tipificación clara y distinta de estos hechos –por otra parte- no es fácil. Se revelan a diario en el proceder y actitudes de un presidente llevado al poder democráticamente y de sus partidarios frente a sectores e individuos que adversan “su proceso”. Ante algún desentendimiento, se prefiere proceder a acallar, acorralar y “vencer al adversario” (al “enemigo”, en términos de Schmitt) como si el objetivo primordial de la acción fuera humillar, victimizar y aniquilar a quienes piensan diferente. Ha sucedido por años (y este “proceso” lleva ya diez) en muchos casos trágicos o humillantemente emblemáticos como ocurrió con el desalojo arbitrario y vejatorio de los empleados de la petrolera venezolana (PDVSA) del campamento de Los Semerucos en 2003, caso que corre hoy en instancias internacionales. En estos días post electorales, en la comparecencia del recién electo alcalde de Maracaibo, dirigente fundador de Un Nuevo Tiempo ante la Asamblea Nacional para ser interpelado en razón de supuestos delitos cometidos durante su gestión como gobernador del Estado Zulia recién desempolvados con aviesa intención. Los parlamentarios inquisidores lo interpelaron en forma extemporánea y torpe con argumentos mal formulados jurídicamente y peor instrumentalizados políticamente. Con ésta y otras amenazas y montajes (lo más reciente un atentado contra una conocida periodista opositora) se sigue dando a entender que contrariar al Führer y adversar el “proceso” es estar irremisiblemente expuesto a la amenaza para acabar amedrentado, vejado y abatido. Poner en práctica el propósito implica echar mano de alguna de las formas primarias de realizarlo, a saber, bien toscos procedimientos violentos y viscerales como las prácticas de terror urbano instaladas en la llamada “esquina caliente” de la Catedral de Caracas donde el ciudadano incauto sospechoso de ser opositor difícilmente sale indemne; bien estrategias aparentemente más sofisticadas de dudosa legalidad como la mencionada; bien cotidianas tácticas dialécticas deliberadas y aprendidas como “la reversión del discurso” en virtud de la cual se asumen frente al interlocutor político fórmulas de argumentación y procedimientos discursivos destinados a confundirlo o a entorpecer su expresión, para convencerlo de que lo que pudiera manifestar su contraparte es argumento boomerang que refleja más bien lo que él mismo debería merecer. Se ha visto cómo el mismo presidente y sus partidarios listos y menos listos utilizan constantemente como pauta de marcha con suficiente y eficiente destreza esta receta aprendida para aplicársela hábil y recurrentemente a tantos interlocutores desaprensivos. Esas y otras formas de acción violentas y oprobiosas como –entre tantos terribles testimonios del pasado reciente- la indignante aprehensión y encierro de los Generales Carlos Alfonso Martínez y Francisco Usón, no menos que la privación de libertad y los interminables y agotadores juicios políticos todavía abiertos contra los Comisarios Simonovis, Vivas y Forero por su supuesta participación en los sucesos de abril de 2002. El talante de realización de dichas prácticas se inserta en una trasnochada estrategia revolucionaria movida por “resentimientos” que retrotraen a las viejas recetas de acción revolucionaria heredadas de los activistas de la vertiente de los siglos XIX y XX. Muchas de ellas se actualizaron en la segunda mitad del último siglo por movimientos como la revolución cubana. Rescatadas durante los últimos años en Venezuela por el régimen personalista de Hugo Chávez, precisamente gracias a la interesada influencia castrista, esas modalidades de acción (a las que se suma la perversa influencia goebbeliana para convencer mediante la intoxicación deliberada de la propaganda) han privado en la actualización del “proceso” para instalarse no menos deliberadamente en el comportamiento y proceder de los partidarios y seguidores del carismático, discrónico e infatigable autócrata. Con el secuestro abusivo de las transmisiones de los media a través de las “cadenas”, esos procederes despóticos se destinan, en el país, a impulsar al sistema hacia el “socialismo del siglo XXI”. Fuera de él, a promover y difundir la imagen seductora para muchos soi disants progresistas de izquierda, entusiastas partidarios del modelo al que se apunta. Pero no para actualizarlas en sus respectivos contextos donde no tendrían futuro, sino para auparlas irresponsablemente en países donde subsiste una admiración beata frente a supuestos intelectuales del primer mundo. Esa actitud ha alimentado una suerte de “concepción heterónoma del bien” (todo lo que viene de fuera es mejor que lo propio) en virtud de la cual a estos personajes les resulta más fácil y cómodo operar. Así, la chequera del régimen crea y alimenta a propagandistas y partidarios en el extranjero –en realidad “socios y cómplices” -como hace más de medio siglo apuntaba Miguel Ángel Asturias para algún otro caso- que nutren fama y bolsillos mientras custodian frente al contexto externo el prestigio político y social del fascinante comandante millonario que presume de beneficiar a los menesterosos del país y del mundo. Ello así, para impulsar un mito del progreso en versión “revolucionaria” y “social” capaz de provocar irresponsable e impunemente la destrucción institucional y moral de Venezuela para refundar la realidad desde tabula rasa apoyándola en propuestas ideológicas anacrónicas comprometidas con una rígida y retrógrada visión del cambio histórico. Y todo realizado ante los ojos desprevenidos e ingenuos, por un lado, de la sufrida y cada vez más resistente sociedad venezolana engañada e incauta que comienza a tomar conciencia del esfuerzo que exige enfrentar la dimensión de la falacia que la adversa, y por otro, de un mundo indiferente que desconoce ese empeño, incapaz de comprender el significado de fenómenos que, como éstos, pueden tener un alcance global merecedor de mayor atención y de análisis.
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