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No a la Declaración Universal

martes 09 de diciembre de 2008, 21:57h
Llega este miércoles de diciembre como un paso más en una carrera de un millón de kilómetros. Pero lo celebramos más que muchos otros porque se cumplen 60 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos, un borrón sobre un trozo de papel al que, entre el buenismo ingenuo e ignorante de la gran mayoría y la consciente manipulación de unos pocos, está siendo recordado como una piedra miliar en la historia de nuestra especie sobre la Tierra.

No lo es. No hablamos de las Tablas de Moisés ni de las Leyes de Solón, ni de la codificación del Derecho Romano por Justiniano, ni de la Carta Magna Libertatum, ni nada que se asemeje. El texto de 1948 es un programa político sin voluntad de cumplirse en todo lo que tiene de bueno, y manipulable hasta el punto de justificar los ataques más directos a los Derechos Humanos.

El origen de la fe en que la persona tiene derechos inalienables está en el pueblo judío y aquello de que “El hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios”. Esto supone reconocer una dignidad esencial en cada individuo. El cristianismo heredó ese valor supremo de la persona y lo hizo universal al extenderlo a los gentiles. Santo Tomás hizo suya la idea de Derecho Natural de Aristóteles y los estoicos y lo incardinó en la tradición de pensamiento cristiano, para que los profesores españoles de la Escuela de Salamanca la perfeccionaran para dar lugar al Derecho de gentes. Construyeron un pensamiento que, como dice Luis Suárez en un reciente libro, basaba los derechos de la persona en “vida, libertad y propiedad, con todos sus derivados”.

Esa tradición la recogió, engarzada con las libertades inglesas, la Constitución de los Estados Unidos con sus diez primeras enmiendas, y la Declaración de Derechos de Virginia. La de Francia bebe de las mismas fuentes, pero con un cariz muy distinto. Los derechos no le pertenecen a cada individuo en cuanto tal; no le son inalienables, propios e innatos, sino que le son otorgados en cuanto ciudadano, en cuanto sujeto de una Soberanía popular, luego nacional, que como se los otorgó se los puede retirar de nuevo o redefinir en cualquier sentido. Esta visión positivista y transformadora de los derechos es la que se rescribe, y muy mal, en la Declaración de 1948.

Pues lo que recoje no es ese poder exclusivo e inviolable que nace con cada persona y se dereva de su derecho exclusivo sobre sí mismo, no es esa breve lista de derechos del individuo en cuanto tal y que tiene un carácter eminentemente negativo. No. La Declaración Universal pretende ser fundamento de los derechos, y no mero reconocimiento de los que nos pertenecen esencialmente. E incluye derechos positivos, es decir, derecho a que el proceso político robe a unos para dar a otros ciertos bienes o servicios. La esclavitud frente al Estado y el robo son la clave del texto. E impone a los individuos el deber de obedecer al Estado. Si no me creen, lean el artículo 29: "Estos derechos y libertades no podrán, en ningún caso, ser ejercidos en oposición a los propósitos y principios de las Naciones Unidas". Esto es lo que celebra todo el mundo.

Que no cuenten conmigo.
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