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El sorprendente “revival” político de San Pablo

viernes 12 de diciembre de 2008, 22:12h
En un reciente artículo publicado en la New York Review of Books, Mark Lilla, teórico social norteamericano en alza al que habrá que seguir de cerca tras la aparición de sus dos últimos y muy sugerentes libros, Pensadores temerarios y El Dios nonato, reflexiona sobre el aterrizaje nada menos que de San Pablo en ciertos corrillos académicos euroamericanos, deseosos de recuperar consistencia doctrinal tras largos años de apuntarse complacientemente a una moda “post”, proclive al galimatías y a la banalidad. De toda la confusión postmodernista, postestructuralista y deconstruccionista, prosigue Lilla, habrían surgido sólo estrellas fugaces amantes de la verbosidad y la logomaquia que, además, harían guiños poco disimulados hacia los viejos tiempos del arbitrismo autoritario de izquierdas. En concreto, al autor señala a Toni Negri, cuyos tristes orígenes político-ideológicos son bien conocidos y al esperpéntico Slavoj Zizek, cuyo virtuoso cruce de psicoanálisis lacaniano y leninismo sorprende al lector desprevenido.

Puestas las cosas en esos términos, concluye Lilla, si de lo que se trata es de recuperar sólidos asideros organizativos en la filosofía política, ¿por qué no remontarse aguas arriba hasta el campeón de la Iglesia universal que fue San Pablo? Eso es justamente lo que ha hecho con prolijidad Alain Badiou, entre otros, dando pábulo a que las Epístolas paulinas, al parecer, hayan saltado en la actualidad de la hermenéutica teológica a los seminarios universitarios más exquisitos.

De entre los grandes santos intelectuales de la Iglesia católica, destacan sin duda los conversos San Pablo y San Agustín por su carácter audaz, sus convulsas trayectorias y la circunstancia de ser ambos inquietos buscadores de la verdad (sin menoscabar, por supuesto, a otros santos profesorales como Santo Tomás de Aquino, políticos como Santo Tomás Moro o literatos como Santa Teresa y San Juan de la Cruz). La aceptación filosófica de San Agustín tiene ya una larga historia –pensemos por ejemplo en la influencia que ejerce sobre Hannah Arendt-, fácil de comprender si del obispo de Hipona retenemos la apasionada defensa del género autobiográfico, la identificación entre certeza y gozo y el canto al tesón y dignidad de las opciones de vida. Sin embargo San Pablo, sin dejar de ser recordado como el formidable estratega que “gentilizó” el cristianismo, sacándolo de los límites de la comunidad judía, no figura precisamente en el canon de la filosofía occidental.

Por tanto recurrir filosóficamente a él ahora, queriendo ver en su obra una suerte de criptoleninismo sacralizado y libre de toda sospecha, a mí al menos me parece un empeño pueril. Por supuesto que las Epístolas de San Pablo, al margen de su peso teológico, constituyen textos valiosísimos para la reconstrucción de la Antigüedad imperial romana. Pero de ahí a utilizarlos como cosa interpuesta que sustituya y camufle la reprimida nostalgia por el autoritarismo político de izquierda –o, dicho con mayor claridad, la nostalgia por el Partido- media todo un abismo.

Nadie discutirá jamás la fuerte impronta eclesiológica de San Pablo (y, para demostrarlo, basta mencionar que dos de los grandes Papas del siglo XX eligieron su nombre, en todo o en parte). Tampoco regateará nadie al apóstol su mérito al otorgar a la caridad (o amor) el primer puesto entre las virtudes teologales (aunque sería de desear que no se abusara ad nauseam de este pasaje paulino, cursilizándolo, en las bodas religiosas). Pero no creo que haya que releer a San Pablo con las lentes laberínticas del esnobismo intelectual de París o la Costa Este de los Estados Unidos. Una vez más: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

José Enrique Rodríguez Ibáñez

Catedrático de la UCM

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