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El zapatazo de Bush

domingo 28 de diciembre de 2008, 18:50h
Que levante la mano quien no alucinó con los reflejos y la templanza que demostró George Bush esquivando el zapato que le lanzó hace unas semanas un periodista iraquí. Porque, reconozcámoslo, si yo fuera el responsable de haber desbaratado un país llevándolo de guatemala a guatepeor por una mentira reconocida a sotto voce y me encontrara en ese mismo lugar, en el que cada día mueren decenas de personas víctimas de una guerra acallada, me acongojaría, por no decir algo peor, cada vez que alguien hiciera un gesto brusco o amenazante cerca mío.

Por más seguridad que le proteja, nadie pudo evitar que no uno, sino dos zapatos volarán directamente hacia la cabeza del presidente saliente y si no se estrellaron en ella fue por sus admirables reflejos. Y es que él no sólo no saltó como una damisela histérica –que tire la primera piedra quien no lo hubiera hecho creyendo que te acaban de lanzar una granada-, sino que no pudo reprimir una sonrisa traviesa -¿y comprensiva?- cuando el primer objeto volante no identificado se le vino encima y reaccionó con encomiable sangre fría cuando el segundo siguió al primero.

Bush no es santo de mi devoción. Se va dejando una horrible herencia al pobre Obama, que se las va a ver y desear para salir de todos los entuertos en los que su antecesor ha metido al país. No sólo abandona la Casa Blanca dejando a EEUU –y, en consecuencia, al mundo- en una de las peores crisis económicas que se recuerdan, sino que lo ha sumido en una especia de crisis existencial de valores y dignidad. Los estadounidenses se han sentido avergonzados de serlo en estos últimos ocho años porque las políticas de George Bush, internas y externas, paradójicamente, se han saltado toda la escala de valores que sustentan el nacionalismo estadounidense.

El pueblo americano, optimista por naturaleza, necesita creer que sus acciones, por duras que sean, tienen un buen fin. Por más que se les critique, el cinismo no está entre sus defectos. Otra cosa es que pequen de una ingenuidad perversa, que les impida ver todos los males que pueden causar en su defensa de sus valores básicos.

Pero supongo que lo más sorprendente es la estupidez de la que han adolecido las políticas de Bush. Insisto en que, por más que lo parezca y a pesar de Oliver Stone, dudo que George Bush sea un hombre tonto y mucho más que sus asesores no tengan una pizca de inteligencia. Por eso, precisamente, me llaman tanto la atención errores estratégicos garrafales como la guerra de Irak. Porque, incluso aunque la ética que rige al resto de los mortales sea una quimera para un gobernante –que se lo pregunten a Maquiavelo-, la inteligencia y la razón son elementos indispensables de un buen gobierno. Se puede ser un optimista irredento, pero no tonto, y cuando tienes una responsabilidad tan grande como es el gobierno de los EEUU, has de medir las consecuencias de todas tus decisiones y no tomarlas a golpe de inspiración de cowboy texano.

Precisamente esa inteligencia que le ha faltado a Bush en estos ocho años es la que, me imagino, le hace ser consciente de que se va siendo considerado uno de los peores presidentes de la historia de los Estados Unidos. Quizás es la melancolía de esa certeza la que le llevó a reaccionar sin miedo en los microsegundos en los que cualquier persona en su situación hubiera dudado de si el objeto lanzado era una bomba o un inofensivo zapato. O quizás esté equivocada y ese cowboy absurdo fue incapaz, una vez más, de ver el peligro que se le podía haber venido encima y puede que realmente sea posible que hasta un tonto puede llegar a ser presidente de los EEUU.
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