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Ocultar a Rosa Díez no es labor de los periodistas

Entre las acepciones que el Diccionario reserva al verbo ocultar figura la siguiente: “Callar advertidamente lo que se pudiera o debiera decir, o disfrazar la verdad”.

Pues bien, en este año que inauguramos, abundante de comicios electorales, los columnistas y, en general, los periodistas que opinan e informan en los medios escritos convencionales tienen un reto: no repetir el triste papel que hicieron sus colegas de profesión en las últimas elecciones autonómicas catalanas. Fue entonces cuando, salvo unas pocas excepciones, primero ocultaron y más tarde distorsionaron lo que suponía la aparición de Ciutadans. Un dato menor si se quiere. En el sentido de que no modificaba nada sustancial en la práctica política y administrativa catalana - ¿o quizás sí? De todos modos, y dado su carácter radicalmente exótico, la candidatura que encabezaba Albert Rivera era una circunstancia nada despreciable que hubiese merecido mejor suerte en materia informativa. En rigor, podríamos llegar a distinguir entre los medios y los profesionales que lo hicieron, eso de esconder y desfigurar, a conciencia, de aquellos otros que se movían por pura ignorancia. Da igual; unos y otros quedaron retratados.

Por aquel entonces, de hecho hace como quien dice cuatro días, los ambientes periodísticos del resto de España tuvieron la excusa perfecta: eso es cosa de los catalanes. Ya se sabe cómo las gasta el nacionalismo. A los inadaptados, ni agua. A su vez, siempre cabía, por parte de los plumíferos barceloneses, la posibilidad de despistar: no hemos sido nosotros los que nos hemos negado a ver. O bien la ciudadanía no era honesta al declarar sus intenciones, o bien las empresas demoscópicas y sus servidumbres políticas habían adulterado las previsiones.

Bueno, es evidente que algo de todo ello hubo. Como también lo es que los protagonistas pacientes de esa ominosa combinación de silencios y mentiras venían a quebrar la tranquilidad secular del coto. Lo hacían como especies no previstas por parte de los gestores del vedado. El ecosistema estaba en peligro. Constituían el equivalente político del cangrejo americano, el mejillón cebra o el mosquito tigre.

Lo hicieron saber muchas voces. Incluidas la de los periodistas, claro está. Esta segunda dimensión, que deriva de la asunción por parte del periodismo de una preocupante dependencia respecto del establishment político, no es una excepción catalana. No es un rasgo identitario y singular. Pudiera perfectamente darse en todo el país y en relación a la presencia mediática de UPyD ante las próximas elecciones vascas, gallegas y europeas. No digo que vaya a ocurrir, pero más vale curarse en salud.

En estos momentos, los estudios de opinión apuntan un par de datos significativos: la aprobación dada al papel jugado por Rosa Díez en el Congreso y la posibilidad de que los candidatos de su partido se hagan un hueco, pequeño, en los parlamentos regionales antes citados. No sé si, a estas alturas, se contempla la eventualidad de que un personaje de la altura y rigor intelectual de Francisco Sosa Wagner entre en el parlamento europeo. Lo que, por cierto, no le iría nada mal al legislativo comunitario.

Renunciemos a esta última contingencia. Limitémonos a lo que sí sabemos. De la suma de los dos datos –popularidad y expectativas- se colige que, incluso en el caso de que el fenómeno sea limitado, lo que no debería ser, por decencia profesional, es obliterado. Ni por parte de los periodistas, ni por parte de los analistas políticos. Esa es una labor, en todo caso, que corresponde, en exclusiva, a los adversarios en las elecciones de Rosa Díez y de UPyD. Me parece, vamos.
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