www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Un sueño sin sueños

domingo 18 de enero de 2009, 19:53h
Julen Madariaga, fundador de ETA y actualmente dirigente de Aralar, comentaba en una entrevista en el Diario Vasco, publicada hace algunas semanas, que no estaba de acuerdo con la utilización del término “terrorismo” para referirse a las actividades etarras. Madariaga aseguraba que la “lucha armada”, que consiste en “un señor que se diferencia de otro que va paseando por la calle en que uno lleva armas y el otro no”, no tiene nada que ver con el “terrorismo”. En su opinión, los miembros de ETA “son gente que están luchando por sus ideas con las armas en la mano, pero yo a esa gente no les puedo acusar de terroristas sino de gente que está intentado llevar a cabo su filosofía política con armas en la mano”.

Si la mayoría de las palabras poseen un significado mutable y cambiante según quien las utilice, el término terrorismo no podía ser menos. No está tan claro a quién se le puede denominar terrorista. Para los palestinos por ejemplo, los suicidas que se inmolan en medio de una cafetería israelí no son terroristas sino mártires que dan su vida por la liberación de su pueblo, mientras que para Israel y el resto del mundo occidental sólo merecen el calificativo de terroristas.

Es decir, siempre estará presente la discusión sobre cómo definir lo que para algunos es terrorismo y para otros es una legítima ‘lucha armada’. De todas maneras, a pesar de la confusión, es de común aceptación que el terrorismo tiene una característica clara: siempre tiene fines o motivaciones políticas o ideológicas. Walter Laqueur lo define como “el uso ilegítimo de la fuerza para alcanzar objetivos políticos”. Ésta es la diferencia entre un asesino normal, y un terrorista. El primero no tiene más motivación o razón para matar que, por ejemplo, un ataque de celos, mientras que el terrorista elige a su víctima y el modus operandi en función de la consecución de un objetivo que va más allá que la pura desaparición física de la persona o personas asesinadas.

Cuando oímos la palabra terrorismo, o terrorista, al 99% de las personas, sea cual sea su origen, creencias o condición, le viene a la cabeza pensamientos acerca de maldad, brutalidad, violencia indiscriminada... Por eso, aunque los crímenes de un grupo se cometan para lograr una finalidad política, quienes los cometen y quienes los defienden prefieren utilizar el eufemismo “lucha armada”.

Es obvio, pensarán ustedes, que una persona que fundó ETA se resista a utilizar la palabra terrorismo para definir a sus ‘compañeros’ de lucha. La cuestión es que Madariaga es miembro de Aralar, un partido de izquierda abertzale que se emancipó de Batasuna precisamente por condenar el uso de la violencia para conseguir el objetivo político de lograr la independencia de Euskal Herria. Ni siquiera aquellos cuyo germen fundacional ha estado, precisamente, en desvincularse de la violencia terrorista tienen el valor de llevar hasta el final su valiente paso y siguen secuestrados por el hipnótico canto de sirena de la indulgencia frente a los crímenes etarras.

Pero el problema no sólo está en Madariaga. Cuando un miembro de un partido democrático, que en sus estatutos condena expresamente el uso de la violencia, declara sin pudor que considera legítimo que sus adversarios políticos puedan ser asesinados, coaccionados y acosados por “gente que está intentado llevar a cabo su filosofía política con armas en la mano”, el periodista que lo entrevista, ¿no debería considerar que es ahí donde realmente radica el quid de la entrevista? En lugar de seguir alimentando el laberinto de circunloquios, palabras vacías y realidades absurdas de la política vasca, ¿no debería estar en manos de los periodistas desenmascarar las palabras para mostrar la verdadera faz de todos aquellos que no son capaces de señalar sin tapujos a quienes realmente MATAN, con mayúsculas, como lo hacen los regímenes totalitarios con quienes se interponen en su camino hacia la construcción de la sociedad homogénea con la que sueñan?

Lamentablemente, Madariaga y el periodista que lo entrevistó están tan hipnotizados que han perdido la capacidad de comprender en toda su dimensión lo monstruoso de sus declaraciones. El primero habla alegremente en esos términos porque el miedo a que la “lucha armada” se cebe en su ser hace mucho que no le quita el sueño y el segundo no profundiza en el horror que se asoma tras las palabras del político, porque hace tiempo que eligió dormir tranquilo, aunque sea un sueño sin sueños.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.