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Humano, demasiado humano

jueves 22 de enero de 2009, 22:32h
Los habitantes de este tiempo tendremos que repensar el capitalismo. Antes de la crisis actual, tras una década de bonanza nos inclinábamos a creer, sobre todo los liberales, que el capitalismo es algo así como sobrehumano. En medio de la crisis, cuando todo parece derrumbarse, nos inclinamos a creer, sobre todo los socialistas, que estamos asistiendo a la agonía del capitalismo.

Pero, si debemos reconocer que el capitalismo ha producido la revolución económica más significativa de la historia, también debemos aceptar que es cíclico y plagado de imperfecciones. Que no es angélico ni diabólico sino “humano, demasiado humano”, en palabras de Nietzsche, como tantas otras de nuestras creaciones. Por eso cabría aplicarle al capitalismo la definición de la democracia que ofreció Winston Churchill cuando la calificó como “el peor de los sistemas políticos conocidos, si se exceptúan todos los demás”.

En sus memorias recientes, publicadas bajo el título de “Una edad de turbulencia”, el hoy tan vapuleado Alan Greenspan sostuvo que, muchas veces presentado como el triunfo de la racionalidad económica, el capitalismo también padece agudos ataques de irracionalidad. Uno de ellos, en tiempos de bonanza, es la euforia. El otro, en tiempos de crisis, es el pánico. De ahí que Keynes propusiera que el Estado acuda en su ayuda ahorrando cuando reina la euforia para prevenir tiempos difíciles y gastando cuando impera el pánico, para compensar la fuga de los asustados.

Max Weber sostuvo que el capitalismo debe buscar un equilibrio entre el mercado y el Estado. Pero aquí las ideologías meten la cola porque desde la izquierda, cuando el capitalismo parece fallar, se exalta al Estado cual si fuese la panacea mientras desde la derecha, cuando el Estado exhibe sus propias miserias, se idolatra al mercado. Ambas evaluaciones son insostenibles porque, cada cual desde su rincón, liberales y socialistas cometen el error de poner en un platillo de la balanza el ideal que conciben y en el otro la realidad que les duele. Cuando predomina el mercado con todas sus imperfecciones, los socialistas le oponen una idea rosada del Estado que en ninguna parte se da, en tanto los liberales hacen lo mismo desde el otro extremo cuando oponen al Estado ineficiente y corrupto que se ve el mercado ideal que no se ve. Porque comparan peras con manzanas, ambos enfoques están equivocados.

En su discurso inaugural, Barack Obama reafirmó lo que es: un conservador que no se hace ilusiones ni está asustado. Algunos supusieron que, porque es negro, sería el portador de un antiguo resentimiento. Pero el nuevo presidente norteamericano no representa a los más humildes de su raza sino a una fina capa de hombres y mujeres de color que, habiendo alcanzado los más altos niveles de la educación universitaria y la excelencia profesional, forma parte por sus propios méritos de la elite norteamericana, a la que ya no acaparan los tradicionales WASP (Whites, Anglosaxons, Protestants) porque ahora también la integran figuras sobresalientes como Colin Powell, Condoleeza Rice y Clarence Thomas, el ministro más conservador de la Corte Suprema.

Cuando uno imagina a Obama como un conservador y no como un revolucionario, varias piezas del rompecabezas caen en su lugar. Primero, la prioridad que le dio a las mejores tradiciones y al orgullo nacional en su mensaje a partir del exaltado recuerdo de los Padres Fundadores y la constante reafirmación de una trayectoria institucional que lleva nada menos que 220 años de ininterrumpida vigencia. Por eso a este presidente negro lo votaron los blancos.

Además, Obama integró su gabinete con republicanos en Defensa y clintonianos en Economía. No anunció milagros, sino un manejo firme y sereno en medio de las agudas dificultades que lo esperan en la Casa Blanca. Despidió con honores a figuras como el maltrecho Bush, el conflictivo Cheney y el heroico Mc Cain. Después del prematuro optimismo que siguió a la victoria norteamericana en la Guerra Fría, será interesante observar de cerca, de ahora en más, el paso de los Estados Unidos de la pretensión imperial que los excedía a la búsqueda más realista de la posición de “primus inter pares” que está al alcance de los cuatro a ocho años que aguardan a Barack Obama.

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

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