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Obama y la nueva Pax americana

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Obama ha ganado y Obama es presidente. Todo el mundo habla de él, pero ¡Qué difícil es opinar y posicionarse ante el discurso audaz del presidente Obama! Y no es una cuestión que se dirima entre el optimista y el pesimista, ni entre partidarios o adversarios. Sino que se trata de entender, comprender e interiorizar el verdadero mensaje del primer líder indiscutible del siglo XXI.

El que se posiciona a favor de Obama es el que cree en la fuerza de la imaginación para crear utopías hacia las que acercarse progresivamente, con valor, determinación y fe (si no en Dios, si en la capacidad del ser humano de realizar sus sueños). Estar en contra es mantenerse en el gatopardismo de aquellos que, si apoyan el cambio, es para que todo siga igual. Eso es lo que Obama denuncia y lo que apoya su llamamiento a la ciudadanía para que cambien y trabajen con él.

Obama ha ganado la carrera a la casa Blanca reinterpretando uno de los principios que rigen la comunicación política contemporánea: un candidato debe presentarse aportando una diferencia característica respecto a sus oponentes. Se puede diferenciar haciendo de la debilidad del contrincante su mayor fortaleza o destacando sus cualidades personales y curriculares, o bien descalificando continuamente al candidato opuesto.

Y ¿Qué ha hecho Obama? Ha hecho casi de todo, pero, si bien su eslogan ha sido siempre el cambio, su fortaleza reside en alinearse con la tradición de los padres fundadores de EEUU, en los que se inspira y de los que se proclama heredero. Por eso está más allá de las condiciones coyunturales, está ya en la Historia por el camino, la misión y la promesa que se ha autoimpuesto.

La diferencia con la que se presenta es un cambio de marco para la política, de conceptos, problemas, prioridades e instrumentos. Saber diagnosticar los problemas del presente y del futuro le ha dado el apoyo de un pueblo que se siente escuchado, frente a sus adversarios que están sumidos todavía en el maniqueísmo simplista del o conmigo o mi enemigo.

Su discurso de investidura es el fin del sueño que queda como la promesa de la campaña, de las primarias y de las elecciones generales. Si lo elegían, él tenía un plan. Pero ahora, ya presidente, el sueño ya está comprado y tiene que empezar a materializarse.

No se trata del sueño febril de un iluminado, es el sueño de un hombre pragmático que conoce las miserias de los suburbios de Chicago y de las aldeas keniatas e indonesas. Es el sueño de un hombre que conoce la complejidad del mundo actual y que ha propuesto a los americanos cambiar desde la política y desde la ciudadanía para modernizarse. Imaginar para innovar, más allá de las convenciones, hacia la nueva era que estamos construyendo a base de sustos e incertidumbres.

“Nueva era de paz”. Lo repite hasta tres veces en su discurso a raíz de diferentes motivos. Paz entre tribus y entre religiones, con la ley y los derechos humanos por bandera, como hicieran los constructores de la primera unión de Estados a finales del siglo XVIII. Dando ejemplo al resto del mundo y pateando el tablero de la historia.

Con la ley, los derechos humanos, y sus ideales revolucionarios promete una nueva era de respeto al otro y a su soberanía territorial, a sus recursos, a los problemas ambientales, energéticos y económicos que afectan a todo el planeta, y a que cada uno decida su futuro libremente y en igualdad. Hacer futuro para uno mismo y para los otros con los otros. Nada más y nada menos.

Estar al lado de Obama, después de su discurso de investidura, es creer que el sistema de gestión y de valores que ha esgrimido la política de EEUU en los últimos decenios, puede cambiar. Cambiar primero por dentro para cambiar por fuera.
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