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BARCELÓ Y SU TECHO POLÉMICO

sábado 24 de enero de 2009, 19:32h
El pasado viernes, Luis María Anson publicó en “El Cultural”, revista que se distribuye los viernes con el diario “El Mundo”, un artículo titulado Apocalipsis del abstracto. “El Cultural” es la publicación de referencia en la vida española de la cultura. Su directora es Blanca Berasátegui y su presidente Luis María Anson, presidente también de EL IMPARCIAL. Tal vez por la polémica que se organizó en torno al techo de Barceló, el artículo Apocalipsis del abstracto ha tenido un eco tan extenso en medios culturales españoles que lo reproducimos íntegro a continuación para conocimiento de los lectores de EL IMPARCIAL.

      “Es la apoteosis final del arte abstracto y, tal vez, su apocalipsis. Es un aguacero de campanas azules, de espinos enlunados, de estalactitas frágiles que cuelgan de ese ónfalo triunfal que es el techo de la Sala de los Derechos Humanos en el Palacio de las Naciones de Ginebra. Miquel Barceló lo ha convertido en una concha de mar del tamaño de un coso taurino.

     “Tiene el pintor la garganta llena de luz, con ritmo de música ca-llada, de soledad sonora. Siente en su carne el agua genital, la hiel abastecida de la desmemoria, las hendeduras de la ola y el terrizo. Hay algo de carne ebria, aleya de la luz, en los chorros ardientes de la pintura, y que gotea. Es el estupor de la mirada, la oquedad de la espátula, el lecho candente de la noche. Barceló ha aventado sobre el techo la desesperación de los cautivos, el jadear de la palabra deshabitada, la savia amarga de la yedra. Hay vírgenes furtivas entre las estalactitas y cumbres hoscas que se consumen en los rojos palpitantes. Se reflejan las estrellas imposibles mientras el mar, que es “una lágrima tan grande como el mar”, “trenza sus muslos verdes en el ocaso”. Sólo falta que llegue un día Tunga, el discípulo de Oiticica, y que arroje cabezas de mujer al agua para plantar sirenas.

     El artista mallorquín es el cantor de las heridas sin cicatrizar, el labrador del aire, el osario azul de los dioses extinguidos, entre las herrumbres de los tiempos nuevos. Enciende el pintor sus pinceles y se ciega con la cal y los puñales. Su pintura se hace tridimensional en el esqueleto de las resinas, de la fibra de vidrio que engendra estalactitas. Desde que Kandinsky desfloró la virginidad del abstracto con el Punkt und Linie zu Fläche, no se había rendido un homenaje a la descarga de emotividad del color como el que Barceló ha proyectado sobre el techo de la Sala de los Derechos Humanos.

     No quiero entrar en polémicas absurdas ni en el precio con que los necios confunden el valor ni en las posibles prevaricaciones de los políticos y la malversación de fondos. Apenas conozco a Miquel Barceló. Discrepo de muchos de sus planteamientos ideológicos. Pero ha pintado la capilla sixtina del abstracto. Acudí a verla con expectación, en un vuelo privado. Todavía me abrasa la apoteosis del color, la genialidad de lo que Barceló ha concebido. El pintor se evadió de los convencionalismos y, aunque el abstracto está ya superado, ha pintado en un techo gigante el canto del cisne de uno de los grandes hallazgos estéticos del siglo XX. El artbrut, el taller lunátic, la Documenta de Kassel, Miró en su vanguardia dura, las constelaciones vencidas, y, sobre todo, el inconmensurable Pollock, alientan en el techo de Barceló. En un libro fantástico, Rodrigo Rey lo explica con profundidad y Agustí Torres lo enaltece con soberbias imágenes fotográficas.

     La pintura que surca la memoria, polvo será y despojo mientras viva. Como si le estremeciera el día de la autodestrucción, el artista se ha instalado en la transgresión provocadora, en el estupor del río que se va lentamente al mar. Sus labios heridos apagan el llanto de la carne. Por las venas del techo pintado circula la sangre del desamor. Es el tiempo de la piedra derrotada, del agua que vuela, como en el verso de Aleixandre, hacia la región donde nada se olvida. Los despeñaderos actuales del arte han enterrado el abstracto. La quinta frontera de la vanguardia, el Cutting Edge y el Proyect Room, el filo de la navaja de Alicia Framis, la expresión canalla y emputecida, el orco turbador, abocetan un siglo XXI descoyuntado y contradictorio. No sé si Miquel Barceló será capaz de digerir el desafío de las nuevas generaciones, que, ahora desde Berlín, dentro de unos años desde Shanghai, definirán las líneas quebradas del arte que viene.

     El techo de la Sala de los Derechos Humanos, en todo caso, pintado por Miquel Barceló, tal vez tenga un punto decadente, pero me parece una obra absolutamente genial. Y es de justicia reconocerlo así. Tristán Tzara, que vivió sus nostalgias en una casa construida por Adolf Loos, escribió un verso para la capilla sixtina laica de Barceló: “Capitán, haz guardia a los ojos azules”. Los ojos azules del mar embravecido, que se desploma como el tiempo que vivimos.
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