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Del don y del Vd.

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Sendos testimonios de dos personalidades muy diferentes salvo en su –relativa- coetaneidad, devuelven al articulista a un tema al que, en otro tiempo, prestara recurrente atención. En la España del primer tercio del siglo XX, periodo en el que la Institución Libre de Enseñanza dejase su mejor huella, la adquisición legítima – y, a menudo, esforzada- del título de “Don” entrañaba unas virtualidades y una trascendencia social muy difíciles de imaginar desde la coyuntura presente. Resulta así, desde luego, en extremo arduo de entender el eco e impacto que en cualquier ambiente obtenía la flexible y noble jerarquía establecida por su posesión, suscitando en la colectividad un vivo sentimiento de respeto y hasta incluso, en ciertas ocasiones, de veneración, en especial, en los estamentos humildes, privados secularmente de su alcance. –En las décadas inaugurales de la centuria, la plaga del analfabetismo alcanzaba casi hasta un 40 % de la población…-

Los textos que a continuación se reproducen muestran con patencia cómo la natural satisfacción subjetiva por parte del titulado se conjugaba e incluso cedía al paso al simbolismo social, sin contenido servil alguno, del lado de sus conciudadanos carentes del mencionado título, sino manifestado como espontánea reacción de admiración ante la superioridad otorgada –teóricamente…- por la cultura. El primero, no obstante la celebridad de su autor –uno de los pocos ministros dimisionarios de los 119 que integraron los 16 gabinetes del franquismo-, es tal vez más opaco y menos vibrante que el segundo, pleno de expresividad y emoción, debido a la pluma de un gran investigador de la Medicina, decano de la Facultad de Córdoba y Secretario General de Fundación “Gregorio Marañón”, Antonio Fernández de Molina.

“A fines de mayo de 1920, días después de la emocionante cogida y muerte de Joselito en la plaza de Talavera, una tarde, al filo de las cinco, nos dieron la última papeleta del curso, la de Química. Como el título de Bachillerato llevaba aparejado el tratamiento de “don”, todos los muchachos, con grande alborozo, comenzamos a llamarnos a gritos : ¡don Paco¡, ¡don Manuel, ¡don Gregorio, don José¡ ¡Cómo nos contemplaban los alumnos de los otros curso¡ Encendimos pitillos” (J. LARRAZ, Memorias. Madrid, 2007, p. 32).

“Por fin en mayo de 1935 terminé el bachillerato (en el muy prestigioso Instituto Nacional de Enseñanza Media de Cabra). Aquellos días se creó el Examen de Estado, una nueva prueba de acceso a la Universidad, que me hizo pasar todo el verano estudiando menos unos días que acompañé a mis padres a Lisboa y una excursión por el Sur de Portugal, ¡qué hermoso país y qué buenas gentes! Recuerdo que aquel verano, cuando llegué Bujalance de vacaciones, Manuel me saludó con un “Don Antonio, mi enhorabuena por ese Bachiller que ha terminado”. Extrañado le increpé, “Manuel, ¿tú y yo seguimos siendo amigos, no?”. “Sí, siempre amigos, pero desde ahora Ud. Será siempre Don”. ¡Qué grandeza de alma, qué dignidad y que cariño el que tuvo siempre! (La ruta de un investigador. Bujalance, 2003, p.20.)

¿Otra España? Sin duda; pero más no por ello debe sometérsela -al menos en el punto abordado- a la flagelación descarnada o la censura presuntuosa e ignara, a la moda del día. Cuando un principio de jerarquía humanizada se acepta con tanta carga de afección y naturalidad, es incuestionable su legitimación histórica y democrática. Las relaciones sociales no tienen porqué regularse de acuerdo con un igualitarismo impositivo gubernamental o mediático, innumerables más veces acartonado y artificial que el modelo o código al que pretende sustituir. La universalización del tuteo no conduce indeficientemente ni en línea recta ni en quebrada a la felicidad generalizada y a la igualdad auténtica.
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