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¡Heil Fidel!

lunes 02 de febrero de 2009, 21:50h
El domingo al mediodía me acerqué al barcelonés Paseo de Gracia. Frente al consulado de Cuba, algunos exiliados, emigrados políticos o como les quieran llamar habían convocado una concentración de protesta por lo que ha sido medio siglo de ignominia. Me parecía que debía acercarme. Escuchar qué tenían que decir y marcharme después a pasear.

Barcelona no es Madrid y la comunidad de cubanos es menor, en cantidad, y espléndidamente caótica, por lo que vi, en términos organizativos. Bueno, tampoco importa. El caso era ir, decir en voz alta que toda tiranía es intolerable, que es bello vivir en libertad y que es jodido, muy jodido, estar sometido a una dictadura. En consecuencia se trataba también de exigir, a los representantes consulares, que transmitiesen a sus superiores la conveniencia de que, en la isla, se abra un proceso de transición real a una democracia sin añadidos, sin etiquetas que oculten y desvirtúen el sentido primigenio del término. ¡Qué ingenuidad!

Antes de llegar, a un centenar escaso de metros, empecé a oír voces. Pensé que el acto había empezado antes de la hora prevista y que los cubanos no eran tan pacíficos como pregonaban. Giro la esquina y me encuentro de frente con un grupo de briosos militantes comunistas. Por Dios, qué hacen ahí. Pues nada, defender la Revolución. En rigor, defender la portería del consulado de la Revolución. De quién, se preguntarán. De la gusanera, claro está.

La tal gusanera no era otra cosa que unas pocas decenas de personas –el número se ampliaría con el paso de los minutos. La mayoría cubanas. Poetas, periodistas, artistas, hombres, mujeres, blancos, mulatos… Un poco de todo. Junto a ellos, algunos catalanes y españoles. Figuraba también una señora del PP con una banderola que la identificaba y que dio mucho juego al piquete castrista. Cuando no éramos agentes de la CIA, los allí concentrados éramos fachas del PP.

Visto lo visto, y oído lo oído, unos pedían libertad y los otros se mostraban horrorizados por ello; unos exigían que no hubiesen presos de conciencia y a los otros les parecía bien que los hubiese; unos denunciaban que Reporteros sin Fronteras consideran Cuba, junto a China, como la mayor prisión de periodistas que, hoy en día, hay en el mundo y los otros decían que los Estados Unidos retienen a cinco espías castristas –gran paralelismo, sí señor-; unos clamaban por elecciones libres y los de enfrente entendían que eso eran gilipolleces, con perdón; unos pedían que se dejase de vigilar, torturar y conculcar derechos y los otros parecían entusiasmados con la posibilidad de que les encargasen a ellos mismos dichas tareas. Hay gente que tiene vocación de verdugo.

Saben qué es lo realmente grave del caso. Y les escribo ahora como catalán. Pues que entre los que manifestaban un odio tal a la libertad de los demás estaba Jordi Miralles. De hecho, los pastoreaba convenientemente. El tal Miralles es el coordinador de EUiA. Es decir, Izquierda Unida en Cataluña. Yo no creo que la socialdemocracia catalana sea liberticida. Me niego a creerlo. Me niego a creer que no se acuerden de lo que significaba, hace treinta años, reclamar Amnistía y Libertad. Me niego… pero tienen a su lado, aupándolos en el Govern, a gente que desprecia abiertamente la libertad de sus congéneres; a líderes y militantes políticos a quienes la experiencia del exilio, la tortura, el ostracismo, la prisión, los trabajos forzados… les parece razonable si se hace en nombre de sus ideales. Sentí asco de que esta gente forme parte del gobierno de mi comunidad.

Sólo les faltó gritar ¡Heil Fidel! para acabar de retratarse. No pudieron, sin embargo, evitar ese grito obsceno de ¡Patria o Muerte! –trasunto del autóctono ¡Viva la Muerte! Y es que, aunque no lo sepan, esos comunistas que nos cerraron el paso, y que procuraron que no se nos oyera, eran eso, totalitarismo en estado puro. Millán Astray de rojo. Y en el corazón de la Barcelona burguesa, liberal, catalanista y endomingada.

Pena de paseo. Tristeza de país.
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