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Salvador y Fidel: dos hombres y un destino

martes 17 de febrero de 2009, 23:07h
El 10 de diciembre de 1972 aterrizaba en La Habana, como etapa final de la que fue su gira exterior más importante, Salvador Allende. Después de intervenir ante la Asamblea General de la ONU, y tras una breve escala en la Argelia de Boumedienne (entonces uno de los miembros más activos del Movimiento de Países No Alineados), Allende había pasado por Moscú, donde se entrevistó con Leonid Breznev.
Sin embargo, su visita a Fidel Castro no representaba otra reunión oficial más entre dos jefes de estado ideológicamente afines, sino el último de una serie de encuentros mantenidos a lo largo de los años, en los que se fue labrando una relación de amistad y mutua admiración.

La primera vez que ambos mandatarios se vieron las caras fue, de hecho, durante los primeros días de 1959, después de la victoriosa entrada en La Habana de los guerrilleros de la Sierra Maestra. Allende, entonces senador, se encontraba en Venezuela para la asunción del poder por parte de Rómulo Betancourt y decidió viajar a Cuba, donde conoció, además de a Fidel, a Raúl Castro, a Ernesto Che Guevara y a Camilo Cienfuegos. Este momento fue recordado en su famoso discurso pronunciado 13 de diciembre en la Plaza de la Revolución de La Habana horas antes de regresar a Chile: “Vine, por vez primera, en enero de 1959 y prácticamente todos los años, hasta 1968, concurrí a Cuba para estar junto a su pueblo y ver cómo se afianzaba su conciencia revolucionaria”.

No hay que olvidar que en 1970, apenas una semana después de asumir la Presidencia de Chile, Allende anunciaba el pleno restablecimiento de las relaciones diplomáticas, consulares, comerciales y culturales con la isla, interrumpidas en 1964 a instancias de la Organización de Estados Americanos. Para reafirmar el acercamiento entre los dos gobiernos, Fidel Castro visitó Chile en noviembre de 1971 en lo que en principio sería un viaje de solo de 10 días, pero que se extendió durante aproximadamente un mes, tiempo que el cubano dedicó a recorrer gran parte del país (lo que la oposición conservadora consideró como una provocación).

Todos estos gestos de aproximación entre el régimen castrista y el de quién se presentaba como el primer mandatario marxista del mundo elegido democráticamente, habían convertido a Allende en una figura de gran popularidad en Cuba. Por lo tanto, no fue de extrañar que a su llegada a La Habana, ya como presidente chileno, hubiese una explosión espontánea de simpatía generalizada, con cientos de miles de personas que, desde el aeropuerto hasta el centro de la capital, desbordaron las principales avenidas para recibirlo.

No obstante, Allende siempre defendió la vía chilena al socialismo, dejando claro que la realidad de Cuba era muy distinta a la de su país, con problemas propios y características particulares. Sin embargo, en el contexto de la Guerra Fría, su estrecho contacto personal con Castro no le hizo ningún favor para rebajar el nivel de tensión política y polarización social que vivía Chile. Menos de un año después de su histórica visita a Cuba, Salvador Allende se quitaba la vida con un fusil AK-47 que, con macabro simbolismo, le había obsequiado el mismo Fidel Castro. También se abría de este modo un nuevo paréntesis histórico en las relaciones entre ambos países. Hasta hoy.
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