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Velintonia, 3

jueves 19 de febrero de 2009, 00:11h
Éste, el nuestro, es un país absurdo. Un país en el que sus mejores hombres y mujeres son olvidados por las autoridades políticas y por nosotros mismos, la ciudadanía. Mientras tanto, eso sí, nos rasgamos las vestiduras por la falta de sentido moral de las nuevas generaciones o por la ausencia de compromiso de todas sus regiones y clases –disculpen los arcaísmos, pero son lo que son - con una esfera pública y un proyecto compartidos. Un país extrañamente cainita.

No sé los detalles de la larga historia de un combate destinado a salvar para la posteridad, y como recinto dedicado al legado poético y, en general, literario del siglo XX, a la que fuera casa de Vicente Aleixandre. Sé que resulta indignante que todavía, a los veinticinco años de la muerte de quien fuera Premio Nobel, el espacio que le podría retener entre nosotros, en la vida cotidiana de los madrileños, de los españoles y, en general, de las gentes de cultura, penda de un hilo. Vamos, que esté en cuestión su misma existencia.

Como tampoco sé los pormenores de la polémica, me abstendré de señalar responsabilidades. En realidad, por el momento y ya me disculparán aquellos que llevan décadas desgastándose en una batalla desigual con las administraciones, tanto da. Que si el Ayuntamiento, que si la Comunidad, que si el Ministerio… Lo cierto es que todavía tiene remedio. Falta la voluntad, el tomar la decisión. Los medios, seguro que pueden hallarse. La excusa, la tienen a mano. En un país que, cultural y políticamente, funciona a golpe de celebración, la del vigésimo quinto aniversario del fallecimiento del poeta resulta la coartada perfecta.

La casa de Velintonia es lo que los franceses considerarían un lugar de memoria. Tuvo que ser abandonada por Aleixandre durante la guerra. La Ciudad Universitaria se había convertido en frente de batalla. Con anterioridad, habían pasado por allí casi todos –vamos a ser prudentes- los integrantes de un mundo de escritores y artistas, profesores y filósofos que permiten a los eruditos caracterizarlo como la edad de plata de nuestras letras. Todos ellos, sin excepción aunque con matices, encarnaban las ilusiones y esperanzas de una generación que, en la segunda y tercera décadas del siglo pasado, creyó posible la forja de una España culta, liberal, moderna, europea. Como señalaba hace unos días en estas mismas páginas el profesor Octavio Ruiz-Manjón, ese ha de ser el patrimonio de todos. Debe serlo. En verano de 1936 Aleixandre creyó que todavía la utopía liberadora de la cultura estaba asociada a la esperanza republicana. Más tarde, en 1940, regresaría junto a su hermana al hogar familiar. Desde ahí conseguiría mantener con vida el hilo, siempre precario, de la cultura, del valor de la palabra, de la herencia liberal.

Ese sería el pasado. Para el presente corremos el riesgo que ese gran poeta, y por lo demás hombre discreto y recto –en palabras de Javier Marías- que fue Vicente Aleixandre quede asociado al nombre de una calle, cuando en realidad él siempre creó, a beneficio de todos, desde una casa. Urge salvarla. Velintonia, 3.
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