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Pacifismos inanes y otros

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
La defensa de la paz ha sido siempre seña de identidad del liberalismo. La guerra es el estiércol que hace germinar al Estado, el que le hace crecer con dimensiones desproporcionadas y formas monstruosas. La guerra es la sumisión de toda la sociedad a un fin, y esa simpleza moral y económica es lo más a que puede llegar al Estado, mientras que la sociedad no tiene propósito, y los fines que buscan quienes la forman son múltiples, caleidoscópicos, cambiantes y contradictorios.

Lo extraordinario es que la sociedad, a pesar de esa multiplicidad mutante de fines encontrados, coordina todos de un modo pacífico por medio del comercio. Ese comercio constituye lazos de unión entre los individuos, basados en el interés de cada uno de ellos, por lo que no es necesaria más que la libre voluntad de cada uno para mantenerlos. Y, puesto que esas uniones no son impuestas, sino buscadas por quienes las mantienen, viven en un entorno de paz. La guerra, a pequeña o gran escala, rompería ese intercambio capilar que da vida a la sociedad. Por eso se decía que la paz estaba atada por las dulces cadenas del comercio. La paz es un corolario de la libertad.

Curiosamente, esa realidad de las sociedades liberales se ha convertido en un poderoso objetivo político. Y, como otros valores liberales, ha sido secuestrado por ideologías que están en contra de la libertad, y por tanto de la paz. El pacifismo de izquierdas del XX sólo pretendía desarmar moral y militarmente a los enemigos políticos del comunismo, mientras por dentro se henchía de orgullo ante el brutal despliegue de los ejércitos soviéticos. Hoy ese orgullo se ha convertido en rabia, al comprobar dolorosamente que el antiguo imperio se desvaneció, ahogado en su podredumbre moral y económica, que es la misma. Le queda el consuelo de poder seguir enfrentándose a los ejércitos occidentales en nombre de la paz. O de servir de instrumento de los asesinos de las familias israelíes, otra de las formas más puras de ese pacifismo con instintos de exterminio, tan del XX. También ha habido un pacifismo inane, que pretende la eliminación de los ejércitos y de las guerras, pero que para ello no confía en la sociedad, sino en la iniciativa política.

Estos movimientos le han dado mala prensa al pacifismo; el término lleva al imaginario de la gente a radicales de izquierdas que distinguen entre víctimas merecidas o inmerecidas o en utopistas sin más ancla en la realidad que la suela de sus zapatos. Y por esa vía se están abriendo camino los viejos mensajes militaristas y, lo que es peor, sus prácticas más señeras. El falso pacifismo nos apesta, lo cual nos ha hecho perder el olfato para distinguir a los señores de la guerra y sus representantes en la política.

Tenemos que recuperar el aprecio por la paz, la desconfianza hacia la guerra como instrumento político, pero desde el respeto a la libertad de las personas, a su desarrollo abierto y libre. Es decir, desde el liberalismo. Tenemos que recuperar esa sana desconfianza en los mensajes alarmistas con que los políticos atizan nuestras almas. Todo para zarandear nuestras libertades y secuestrarlas pieza a pieza. Antes de que tengamos que esperar a que los espíritus más limpios tengan que recordarnos que algún día las tuvimos, y que hubiera merecido la pena luchar por ellas.
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