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Miedo en el País Vasco

domingo 08 de marzo de 2009, 13:07h
Hace poco leí un libro cuyo argumento transcurría en un hipotético futuro en el que la humanidad se regía por un sistema religioso que basaba su control en el miedo de los hombres a lo desconocido. No se confundan. El miedo que daba poder a esta religión no era un miedo palpable a una posible represión violenta al estilo inquistorial. No, el miedo se introducía en el día a día de los ciudadanos a través de un complicado sistema de supersticiones, leyendas, rumores y mitos cuya autenticidad no estaba demostrada pero que nadie se atrevía a probar… por miedo. De esta manera, la humanidad vivía paralizada, con la sensación constante de que lo peor estaba por venir. No hacían falta hogueras ni cazas de brujas porque el manejo de los terrores irracionales de las personas bastaba para aprisionarlas en su propio interior.

Algo parecido es lo que pasa en el País Vasco. Durante estos 30 años el motor de la sociedad vasca no ha sido otro que el miedo. El miedo a morir o padecer la violencia de ETA, por supuesto, pero también un miedo irracional y sibilino, sin fundamento, a lo desconocido, al cambio, a quiméricos enemigos y consecuencias inimaginables, alimentado por un partido que se olvidó de su condición mortal y acabó creyéndose dios.

El lenguaje delata a quien lo utiliza y los nacionalistas “democráticos” lo hacen cuando dicen cosas como que es “antinatura” que salgan del Gobierno Vasca. Por supuesto, lo es en el mundo imaginado por ellos, en un mundo en el que el pueblo vasco, en colectivo, está destinado por mandato divino a ser “libre” –sin que quede muy claro en qué consiste la libertad colectiva- guiado por la mano firme de los mesías jeltzales. Por supuesto, que un tal López se ponga al frente de la Sagrada Lehendakaritza es un sacrilegio y su investidura será percibida por muchos como una auténtica misa negra. Sin ninguna duda, que el PNV abandone el poder y con él, todas sus bondades terrenales, es “antinatura” en el mundo según Arzalluz y eso es lo que llevan 30 años susurrándonos por las noches, provocándonos pesadillas sobre las siete plagas que vendrán si nos saltamos el mandato de Dios y quitamos el poder a sus elegidos. Tan bien lo han hecho, tan eficaces han sido con sus discursos –el ultracatólico PNV ha tenido una magnífica maestra que lleva 2000 años aplicando el método con gran éxito-, que todos, nacionalistas y no nacionalistas, lo hemos acabado creyendo. Hasta el pasado domingo.

Ahora, por primera vez en mi vida, siento mariposas en el estómago cuando pienso en la política. Por primera vez creo que las cosas realmente pueden cambiar y que todo ese miedo, esa resignación y esa alienación que he respirado desde pequeña pueden desaparecer. La victoria moral de Patxi López ha abierto una pequeña ventana en la gris buhardilla de mi cinismo político. Sus palabras de esta semana, diciendo exactamente lo que muchos vascos cansados de la religiosidad nacionalista pensamos, respondiendo al PNV como un demócrata convencido de que la alternancia y la pluralidad son la base de un sistema eficaz, mitigaron la sensación de hastío que me invade respecto a la clase política. Aún más, por primera vez sentí que mis representantes hablaban de verdad con mi voz, poniendo un altavoz en lo que muchos pensamos.

Está en manos del dirigente socialista, por el que yo nunca he sentido especial aprecio, lo reconozco, enmudecer el canto de sirena que lleva 30 años ensordeciendo a todo un pueblo. 30 años en los que lo negro se ha vuelto blanco y lo blanco negro, en los que un miedo y angustia irracionales se han apoderado de las personas, ensombreciendo su capacidad de ver y razonar.

En el libro del que les hablaba al principio, los protagonistas acaban descubriendo que todo su sistema religioso estaba basado en interpretaciones de un libro de Lovecraft que se habían ido extendiendo a través del boca a boca, a través de miles de años, hasta convertirse en autos de fe. Todo ese miedo que habían ido construyendo se disolvió descubriendo una verdad tan simple y estúpida como que una sociedad entera había pasado cientos de años temiendo y limitando sus actos por las fantasías de un escritor de ficción.
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