www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

"El derecho a la pereza"

domingo 15 de marzo de 2009, 21:07h
Les quiero recomendar hoy una lectura, breve, divertida y muy sugerente para la reflexión y la crítica de lo que hoy pasa en el mundo. Se trata de un texto escrito en 1880 (y que nadie empiece a bostezar todavía), escrito por el yerno de Marx (sí, sí, el que escribió “El Capital”), llamado Paul Lafargue.

El texto se titula “El derecho a la pereza”, y no es un llamamiento a rascarse la panza y mirar a las musarañas todo el día, sino que es una crítica, muy contemporánea, a la forma en la que trabajamos, léase, la forma de trabajo que impuso la burguesía capitalista, que cristaliza ya en el siglo XIX y que no hace falta explicar porque todos la conocemos: trabajamos la mayor parte del día y el resto, intentamos sobrevivir sin aburrirnos. Es un texto que en el 68 se leyó como si fuera un fragmento de la Biblia y que hoy circula libremente en internet.

Paul Lafargue no quiso esperar a que la revolución de Marx se materializase, sino que propuso que ante las crisis recurrentes del capitalismo que cada tanto tiembla por un exceso de producción que no es capaz de vender, la solución no es tanto la revolución sino modificar el tiempo y la importancia que tiene el trabajo en las sociedades capitalistas.

El razonamiento sigue esta línea. Si hay exceso de producción es porque durante un periodo corto de tiempo se ha trabajado en exceso (15, 18 horas diarias algunos obreros, mientras otros mueren de hambre por no poder trabajar) y entre tanto, los burgueses se llenan los bolsillos mirando desde sus poltronas cómo se deslomaban en el trabajo de fábricas, minas y campos los hombres, mujeres y niños.

Y Lafargue piensa, si se ha trabajado en exceso, ¿por qué no disminuir ese trabajo? Si todos, todos y cada uno de los hombres y mujeres en edad de trabajar lo hiciesen 3 horas al día (Kroptkin hizo el mismo razonamiento y en sus cálculos propuso jornadas de 4 horas), nunca se llegaría a la saturación de los mercados, nadie se deslomaría y con todo, se produciría lo necesario para alimentar a toda la población y para mantener el nivel de vida. Es decir, no afectaría ni a la cantidad ni a la cualidad de los productos.

Propone descentrar el papel que el trabajo tiene en nuestras vidas, y desarrollar el tiempo restante la pereza. Para él, la pereza es el goce de los vicios, de las pasiones y de las necesidades que ocuparían el resto del día. Este ocio sin embargo, no era el que tenemos hoy, que no es sino otra manera de consumir y de mantener la máquina del capitalismo activa a todas horas. Este ocio al que se refiere Lafargue es un ocio de conocimiento, de fiestas colectivas, de grandes y buenas comidas regadas por los mejores vinos de Francia. Propone que saltinbanquis, actores, músicos…, recorran el país (Francia o el mundo entero) alimentando y enriqueciendo el ocio de sus conciudadanos. Pero también quiere que juristas y sabios hablen a la gente y les enseñen la historia, las leyes, los derechos y las obligaciones.

Pero no se refiere a los Derechos Humanos, que para él no son sino la justificación de la obsesión por el trabajo y la promulgación de la individualidad como ideal moral y práctico. Para él, una buena moral tiene que ser colectiva, como los Common Fields, en que el trabajo de todos juntos no es la suma de los trabajos individuales sino mucho más. Cuando en Inglaterra se decretó la división de los campos colectivos empezó la revolución agraria y se consumó el capitalismo. Con el tiempo, muchos terrenos dejaron de ser cultivados porque las familias emigraron, porque porque porque…por muchos porqués, y las tierras se convirtieron en campos sin cultivos que no alimentaban a nadie. Antes o después tuvieron que vender sus parcelas y al final unos pocos se quedaron con lo de la mayoría Moraleja: la división del campo empobreció a unos y enriqueció a otros.

Lafargue no quiere dejar a cada uno a su aire, sino que apuesta por una integración social, donde la armonía entre el cuerpo y el alma (mens sana in corpore sano) y la armonía entre los vicios, erradique de cuajo el malsano vicio del trabajo que no nos deja tener otros vicios.

Contra un sistema económico que nos reduce, nos empobrece por dentro y por fuera, que fabrica cosas adulterándolas (cosas y valores) para que se agoten antes y vuelvan a producir consumo (ya lo describe él mismo en 1880), que ha producido un sin fin de guerras que se disputaban nuevos territorios donde imponer productos (la del Opio, la s africanas…), que desestructuraban la vida de otras culturas (la India que luego reclamara Gandhi por ejemplo), contra ese capitalismo de guerras y de acumulación obsesiva, Lafargue dice basta. Con ideas y con hechos. Lafargue y la hija de Marx se suicidaron juntos. No quisieron vivir de cualquier manera. Ni antes del suicidio ni en lo que les hubiera quedado de vida.

Mariana Urquijo Reguera

Filósofa, profesora e investigadora.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (10)    No(0)

+

0 comentarios