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Mis cinco principales

domingo 29 de marzo de 2009, 16:10h
¿Se han puesto alguna vez a pensar acerca de sus ‘cinco principales’? Quienes hayan visto y/o leído la película y/o el libro “Alta Fidelidad” sabrán a qué me refiero. La lista de los ‘cinco principales’ se puede aplicar a cualquier ámbito: sus comidas favoritas, las pelis que más le han marcado, sus canciones preferidas, sus mejores novios/as… Sé que es complicado resumirlo todo en tan poco espacio y, más aún, clasificarlo de mayor a menor, pero el ejercicio es divertido y nos ayuda a recordar momentos, personas, sentimientos, olores, sabores u objetos que teníamos olvidados. Aprovechando la ocasión, esta semana he elaborado la lista de mis cinco discos principales y al igual que John Cusack en “Alta Fidelidad” me he decantado por el orden autobiográfico –que no tiene porque ir en consonancia con la calidad de los discos-. ¿Empezamos?

En el número uno, situaría al “Urban Hyms” de The Verve, año 1997. ¿Por qué? Pues porque se puede decir que fue mi gran puerta de entrada al mundo de la música. Enorme, casi mística. Créanme, pasar de los gorgoritos de Gary Barlow en Take That –dicho con todo respeto- a un Richard Ashcroft en plena forma tras sus años oscuros, supuso un cambio total en mi manera de percibir la música y, de paso y aunque suene un poco exagerado, el mundo y a mí misma. Por primera vez, el ejercicio de escuchar un disco se convirtió en una actividad completa que exigía una dedicación total, una atenta escucha de los acordes, de las letras, los instrumentos y las sensaciones que en mí se despertaban. Un amigo me explicó hace mucho que nuestro cerebro percibe las canciones como ejercicios matemáticos que debe resolver. Las buenas canciones son más complicadas y por eso necesitamos escucharlas una y otra vez para desentrañar su misterio. El día que lo conseguimos, que las hacemos nuestras, dejan de fascinarnos tanto y, por ello, hastiados, las relegamos como a viejas amantes. Pues bien, desde “Bittersweet symphony” hasta “Come on”, las 13 canciones de “Urban Hymns” se convirtieron en una obsesión desconocida a la que me entregué con fruición, escuchando el disco una y otra y otra vez durante meses y meses hasta que llegó el día en el que mi cerebro lo hizo suyo.

Después de perder la virginidad con Richard Ashcroft, el terreno estaba abonado para que Crispian Mills, líder de Kula Shaker, le diera en el año 1999 un sentido más personal y trascendental a la música. Donde The Verve me había dejado melodías y letras nihilistas, Kula Shaker con su psicodelia guitarrera y sus letras entre espirituales y combativas, encontró a la oyente perfecta en aquella niña de 14 años que se prometió a sí misma alcanzar ese “dawn of another meaning” por el que clama Mills en “The Great Hossanah”, la grandilocuente canción que abre “Peasant, Pigs and Astronauts”, el segundo álbum de mi lista autobiográfica. Podría pasarme horas y horas hablando de un grupo que aún hoy me emociona escuchar, que tanto marcó en mi vida y que en otro tipo de ‘cinco principales’ ocuparía sin ninguna duda en el primer lugar, pero he de continuar.

Con los oídos, la mente y el alma bien abiertos le llegó el turno al “Sergeant Peppers Lonely Hearts Club Band” de los Beatles, aunque, para ser justos, éste tercer puesto podría ocuparlo casi cualquiera disco de los fab four. No es lo mismo oír los discos de los Beatles de tus padres durante toda tu niñez que escucharlos haciéndolos tuyo. A o largo de 2000 mis ansiosos oídos le hincaron el diente a toda la discografía de los de Liverpool, entendiendo en carne propia porqué John Lennon, Paul McCarthney, George Harrison –mi favorito- y Ringo Starr han pasado a la historia con mayúscula.

El cuarto puesto es para Beck y su “Odelay” que, aunque se publicó en 1996, yo descubrí en 2001. La trascendencia, el corazón, la psicodelia y las ganas de cambiar el mundo resultan agotadores y el cuerpo te acaba pidiendo un descanso. Beck es un placer para cualquier amante de la música por si misma. No quiere cambiar el mundo, no quiere enamorarnos, no quiere pasar a la historia. Simplemente es un genio curioso, un tipo capaz de hacer un disco en el que intercala el funky con el pop, el hip hop, el hard core o el country, ¡incluso en una misma canción! “Odelay” es, en mi humilde opinión, uno de los discos más divertidos y sorprendentes del siglo pasado y el ejemplo perfecto del problema matemático que mencionaba antes. Escucharlo puede resultar agotador porque es un desafío constante a la lógica del que Beck sale victorioso, pero que exige un escuchante activo. Hasta el momento, he sido incapaz de desencriptar su misterio y cada vez que lo escucho “Odelay” vuelve a sonarme a nuevo.

Y en quinto lugar, sin ninguna duda, “Ritual de lo Habitual” de Jane’s Adicction. El álbum, publicado en 1990 y que llegó a mis manos en 2004 gracias a una amiga, es uno de esos discos que debes escuchar de principio a fin, ininterrumpidamente, porque hacerlo de otra manera sería un sacrilegio. En cuanto se escuchan las incitantes palabras del principio, “señoras y señores…”, estás perdido. La función ha empezado y sabes que la Juana’s Adicción se ha apoderado de ti. Hay quien no puede soportar la voz atiplada y burlona de Perry Farrel o las guitarras excesivas y barrocas de Dave Navarro, pero si pasas la prueba de “Stop”, la primera canción del disco, sabrás que “Ritual de lo Habitual” será de ahí en adelante uno de tus ‘cinco principales’.

Por supuesto, ha habido muchos más discos, antes, después y durante estos ‘cinco principales’. Cientos de discos y grupos que no por no estar en esta lista han sido menos importantes en mi vida, pero es lo que tiene ordenar y clasificar: gran parte del mundo se queda fuera y el cuadro queda incompleto… Por cierto, ¿han pensado ya en sus ‘cinco principales’?
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