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RESPUESTA A PHILIP PETTIT

jueves 14 de febrero de 2008, 22:28h
Le agradezco mucho su carta, mi querido Philip Pettit, y aún más que sea lector de EL IMPARCIAL. La publicamos conforme a la tradición de este periódico en lugar destacado. Me llena de satisfacción que un académico de su prestigio lea nuestro diario electrónico y dedique tiempo a analizar mis artículos. Para empezar, quizá uno y otro debamos evitar lo que llaman ustedes personal remarks, en la medida en que las descalificaciones personales hurtan espacio al razonamiento sin aportar nada al argumento. En este sentido, acepte de antemano mis disculpas si se ha podido deslizar en mi artículo alguna afirmación ad hominem, pues la brevedad de tiempo y espacio priva a veces de la matización adecuada. Vaya por delante, el respeto que profeso a su labor académica y el interés con que hace tiempo he seguido el desarrollo de sus ideas sobre el republicanismo cívico que -para un monárquico, liberal y demócrata como yo- hacen intelectualmente compatible la institución secular con la defensa activa de los derechos individuales. De ahí mi sorpresa al ver a académicos solventes e independientes de su calibre atrapados en la maquinaria de marketing de un político -en mi opinión y en la de no pocos socialistas auténticos- de cuestionable solvencia intelectual como el señor Zapatero.

Comprendo y disculpo que su Examen sufra de un desconocimiento de la Historia y realidad españolas, natural en quien no es especialista en el área. Un problema que, quizá, se hubiera solventado evitando lo que se conoce en el periodismo anglosajón como one-sided sources. Unas fuentes más variadas y equilibradas le hubieran evitado errores tan elementales, entre otros, como el que parece desprenderse de su texto y en el cual la lengua castellana pareciera ser un idioma importado y minoritario en Cataluña. No es así. El propio Cervantes ya reconoce el castellano como lingua franca en la Barcelona de su tiempo. Hoy día, es el idioma propio de, aproximadamente, la mitad de la población catalana. Todos los habitantes de Cataluña, por otra parte, hablan castellano y sólo la mitad conoce el catalán. Los principales periódicos se editan en castellano. Y, en esta línea, una selección un poco más plural y escrupulosa de sus fuentes -muchas de ellas fácilmente accesibles entre la izquierda no zapaterista- le hubiera permitido certificar el hecho, contrastable, a poco objetivo que sea el Examen, que partidos nacionalistas (los cuales no hacen ya un secreto de sus objetivos secesionistas ni de sus prácticas extremistas) están desarrollando políticas de "limpieza lingüística", contrarias a la Constitución Española y en violación de los derechos individuales de una parte sustancial de la población. Políticas -permítame que aporte sombríos recuerdos personales a este debate- muy similares, aunque en el sentido inverso, a las perpetradas por el dictador Franco (otro nacionalista impenitente y autoritario): multas a los comerciantes que rotulen en castellano, coacciones a los profesionales para obligarles a utilizar la lengua regional, conculcación del derecho a recibir la enseñanza -no ya del sino en- castellano (como exige el 82,4% de la opinión española), etc. Los abusos son frecuentes y persistentes; a veces, grotescos -si no fueran lacerantes- como el hecho de castigar a los niños que en el recreo se expresan en nuestra lengua común. A la violación de derechos -que es lo principal- se añade, en este caso, un dolo de hecho porque es, en efecto, un hecho incontrovertible que, al regatearles el dominio y maestría del castellano (un idioma de 450 millones de hablantes), se está marginando a los niños vascos y catalanes.

No voy a entrar, señor Pettit, en el asunto que usted despacha, quizá apresuradamente, con un optimismo contra facto -sobre todo tras el explosivo tema de Kosovo- de la posible "balcanización" de España, entre otras razones porque hechos y dichos, posteriores a la publicación de su Examen, todo hay que decirlo, se han encargado de despejar una duda legítima: la nueva oleada estatutaria que marca Zapatero no ha servido para integrar, sino para espolear a un nacionalismo crecientemente autoritario que maximiza poder en parecida proporción en la que disminuye derechos. Permítame simplemente señalarle, con el mayor respeto, que para los millones de ciudadanos no nacionalistas que sufren el acoso de sus libertades y la disminución de sus derechos en ciertos lugares de España, el buscar un chivo expiatorio de sus padecimientos en la reacción nacionalista a un fantasma centralista inexistente o inoperante (en la medida en que desapareció hace ya casi treinta años, barrido por el proceso de descentralización más intenso que se ha conocido en Europa desde el Imperio de las Dos Coronas) resulta esperpéntico. Me atrevo a recomendarle, señor Pettit, que diversifique sus fuentes, sugiriéndole que interrogue usted a académicos, periodistas y políticos procedentes de la cultura de izquierdas: pregunte usted a filósofos como Fernando Savater, sociólogos como Víctor Pérez Díaz, politólogos como Andrés de Blas, periodistas como Arcadi Espada, políticos como Joaquín Leguina o Rosa Díez. Pregunte y ya verá lo que le cuentan. Porque, de una u otra manera, le dirán que si hay un ejemplo de autoritarismo que haga saltar el mercurio político de su termómetro de no dominación ese es, sin duda, la política del autoritarismo nacionalista que padecemos en España. Política inexplicable e imposible sin el apoyo explícito del señor Zapatero. Por eso, puedo entender -y hasta compartir, en cierta medida- que el Gobierno saque buena nota en la asignatura de economía. Pero me resulta incomprensible que, en un Examen de derechos y libertades, no se denuncie la nefasta política nacionalista del señor Zapatero.

Este, mi querido señor Pettit, es un viejo país, con una interesante historia liberal y democrática, con frecuencia turbulenta, a veces traumática. Una historia a punto de cumplir doscientos años. La izquierda siempre entendió el alzamiento de 1808 -y la Constitución que le sucedió en 1812- como el nacimiento de una nación de individuos, ciudadanos libres e iguales (e hizo de la "soberanía nacional" su bandera hasta hoy), que no una colección de reinos neo-medievales y desiguales, resucitados por nacionalismos autoritarios. Todos los países tienen sus fantasmas históricos. A nosotros nos ha perseguido el de la intransigencia, la discordia y la violencia civil. Nuestra verdadera constitución no escrita ha sido, hace ya más de treinta años, el pacto de tolerancia -y el respeto a la alternancia- entre los dos grandes partidos que vienen representando más del 80% del electorado y su compromiso de consenso sobre algunos temas básicos, entre ellos, el de la cuestión territorial. Acuerdo éste respetado en el Estatuto catalán de 1979 pero conculcado en el de 2006, el más controvertido entre una subasta de estatutos, subproducto de profesionales del poder, que apenas ha interesado a un 4% de la opinión, obteniendo una participación media menor del 40% con un apoyo que no alcanzó el 33% del electorado. El señor Zapatero ha roto -para asombro de extraños y escándalo de propios- dos siglos de soberanía nacional y treinta años de consenso territorial. Sin avisar ni preguntar. Quizá su propuesta tenga -si es que la tiene- su objetivo y justificación, más allá de un plato de lentejas electorales. Pero, en todo caso, merece un Examen algo más profundo y preciso.

Espero, mi querido amigo Pettit, que su indulgencia sepa disculpar mi firmeza: quienes, desde la pluma y el periodismo padecimos el nacionalismo franquista hemos desarrollado cierta alergia a las patologías identitarias, vengan de donde vengan y quien quieran que fueren sus compañeros de viaje. Le quedo, en todo caso, muy reconocido por su atención y dejo las páginas de este periódico, de larga tradición liberal, a su entera disposición.
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